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“Letizia nos hacía ir a los saraos palaciegos para quitarnos el pelo de la dehesa”

Hoy sale a la venta Adiós, Princesa (FOCA, 2013), el libro en el que David Rocasolano, el primo de la Princesa de Asturias, revela detalles de la vida de quien fuera su mayor confidente. Además de los documentos sobre su aborto y las capitulaciones matrimoniales, adelantadas por Vozpópuli de manera exclusiva el sábado, Rocasolano cuenta los desencuentros y desplantes de la Corona a “la plebeya” familia de Letizia.

Si ya en la primera entrega publicada por Vozpópuli sobre Adiós, Princesa, de David Rocasolano, fue posible leer a un primo que pasó de confidente a verdugo –papeles sobre abortos, capitulaciones matrimoniales y arrebatos histéricos-, en esta segunda parte del adelanto del contenido del libro salta a la vista la pluma de un cronista interesado en hacer sangre.

Al primo de la princesa de Asturias le quedan muchas cosas por contar, y se relame haciéndolo. ¿Qué dice en sus capítulos siguientes? Pues relata, entre otras cosas, las estampas familiares del encuentro entre los Borbones y los Ortiz Rocasolano, una colección de bochornosas cuentas en un largo collar que hoy, a Letizia, debe de apretarle el cuello, y bastante.

Con una enjundiosa mala leche refiere David Rocasolano el apretado calendario de cenas, encuentros, fiestas, cumpleaños y comidas a los que fue invitada "la plebeya familia" de la periodista para confraternizar con “los augustos injertos” de su recién adquirido árbol genealógico.

A decir del primo, ahora muy irónico pero entonces no tanto, estas veladas le resultaban a él y a su esposa agotadoras y tediosas, no así al resto de los Ortiz Rocasolano, a quienes, en palabras del primísimo, aquellos saraos “les fascinaban”. Refiere así en las páginas cómo la Princesa de Asturias, entonces periodista en trance de alteza, “controlaba férreamente la situación con admoniciones constantes y rigurosa supervisión, sobre todo, de los atuendos femeninos”.

"Letizia controlaba férreamente con rigurosa supervisión, sobre todo, de los atuendos femeninos”.

Una Letizia "histérica", un "maleducado" monarca y una rigurosa etiqueta palaciega aliñan las cuitas de una familia política a la que se le instruyó no sólo para usar correctamente los cubiertos , algo aceptable y previsible, sino también en el seguimiento estricto de la principal advertencia de Letizia en las comidas: en Palacio no se deja nada en el plato. Hay que comerlo, todo. Así arranca esta colección de pintorescas instantáneas familiares.

Paletos que comen gambas congeladas con las manos

El primero de los muchos incidentes bochornosos que se narran en Adiós, Princesa es la celebración del matrimonio de Abigaíl Rocasolano, hermana del autor y prima de Letizia Ortiz:“Aquella boda fue un circo desde el principio. En primer lugar, porque mi hermana Abigail se negaba a invitar a Letizia. Nunca se han soportado. Letizia siempre la trató con unos aires de superioridad cuyo motivo nunca alcancé a comprender”.

Letizia Ortiz, ya comprometida con Felipe de Borbón, no tenía pensado asistir a este “modesto enlace de pueblo” sobre el que la entonces aspirante a princesa obligó a hacer modificaciones de última hora para que el convite estuviera a la altura de su recién adquirido estatus. “Palacio exigía, además, un lugar distinguido junto al altar y muy cerca de los contrayentes. ¿Lo hizo Letizia para humillar a mi hermana? No lo sé. Pero le salió el tiro por la culata”.

"Se regodearon en el hecho de que Felipe, como un paleto asturiano más, comiera langostinos congelados con la mano”.

La presencia de Letizia y su prometido atrajo a docenas de periodistas que después, en sus crónicas, “hicieron escarnio descarnado de los familiares de la futura princesa”. Y aquí carga David Rocasolano contra todo y contra todos: “Se mofaron de nuestra forma de vestir. De los escasos dientes que lucen nuestras abuelas. Del menú. Del restaurante. De la orquesta. Incluso, para demérito de la grandeza de España, se regodearon en el hecho de que Felipe, como un paleto asturiano más, comiera langostinos congelados con la mano”.

El caso, dice el primo de la Princesa, es que mientras su familia restaba importancia a los dardos de los cronistas sociales, a Letizia aquellas críticas “la sacaban de quicio, la enervaban hasta la histeria, la desencajaban”. Por eso su empeño, escribe Rocasolano, en que la familia asistiera una y otra vez a saraos palaciegos. “Para que observáramos y nos instruyéramos, como hacía ella. Para que nos quitáramos el pelo de la dehesa y aprendiéramos a comportarnos conforme a nuestra recién adquirida dignidad”.

"A mi tía Paloma sólo le faltó limpiar los zapatos de la Reina con la lengua"

David Rocasolano concede al Rey párrafos entusiastas en los que arremete contra el carácter y las conductas del monarca. No así con doña Sofía, a quien retrata cual santa, paciente y conciliadora consorte de un hombre poco cortés que fuma Habanos Cohíba de 25 centímetros mientras sus comensales todavía no han terminado con la cena.

“El rey no respeta nada ni a nadie. El rey es un maleducado. El rey pasa de todo"

“El rey no respeta nada ni a nadie. El rey es un maleducado. El rey pasa de todo. He leído y escuchado en muchos sitios que Juan Carlos mantiene una relación poco cordial con Letizia. Que se llevan mal, en resumen. Yo no lo percibí nunca así. El trato que el rey le dispensa a Letizia es parecido al que le ofrece a Sofía, a sus hijos o a sus nietos. En las numerosas ocasiones en las que los he observado, jamás he visto de Juan Carlos un gesto de cariño o afecto hacia su hijo. Ni hacia nadie. Juan Carlos trata a todo el mundo por igual, no debe ser clasista, con una indiferencia y un des- dén tan palpables que impresionan. Como si estuviera por encima del bien, del mal y de nosotros. Como una deidad a un insecto”.

Pero se equivoca quien pueda creer que las críticas son sólo para los Borbones. En absoluto. En Adiós, Princesa salen mal parados todos: monarcas y plebeyos. David Rocasolano no deja títere con cabeza e incluso echa por tierra con algunas anécdotas las supuestas simpatías republicanas de los Ortiz Rocasonalo, las cuales quedaron aparcadas en lo que parece un deslumbramiento real :

"A mi tía Paloma, que a veces raya en el simplismo, toda aquella parafernalia real la superó. Poco faltaba para que le limpiara a la reina los zapatos con la lengua"

“En cuanto a mi familia, a veces me avergonzaba del exceso de vasallaje que mostraban. A mi tía Paloma, que es una mujer sencilla que a veces raya en el simplismo, toda aquella parafernalia real la superó desde el principio. Era patético observar cómo se dirigía a Sofía: «Señora, ¿cómo está usted?». Y poco faltaba para que se agachara un poco más –la famosa genuflexión– y le limpiara a la reina los zapatos con la lengua. Lo de Letizia tratando de majestad a Juan Carlos incluso en la intimidad, a pesar de ser su suegro, no es tanto vasallaje como estra- tegia. «No olvido que soy plebeya», parece comunicarle cada vez que pronuncia las tres sílabas”.

Pullas para Peñafiel

Era, en principio, una tarde dominical de fútbol. Sólo eso. El Rey, doña Sofía, sus consuegros y una tensa Letizia que ese día dudó entre morirse o matar a su padre. Tras una llamada del presidente del Valencia a quien el rey extendió una calurosa felicitación por un partido que no había visto, al padre de la princesa de Asturias se le ocurrió, a decir de Rocasolano, animar un poco el cotarro. Decidió entonces empezar a hablar del oficio, es decir, de periodismo. El pasaje revela a un monarca que aún conserva odios dentro del Cuarto Poder y a una nerviosa Princesa, que prefiere hacer mutis por el foro.

“No sé quién rompió el guión de las buenas formas y maneras y se empezó a tratar el tema del periodismo y de los periodistas. En el transcurso de la conversación, como siempre, no faltó alguna pulla chusca de Juan Carlos hacia Jaime Peñafiel, el periodista que cobra por lo que calla, según él mismo se define. Letizia permanecía en silencio, a pesar de ser, junto a Chus, la única del gremio presente en la mesa", escribe Rocasolano.

Letizia usa los libros para decorar la estantería  

Uno de los aspectos que más se ha encargado de resaltar la Princesa de Asturias de cara a la opinión pública ha sido el perfil de una mujer culta, inteligente, interesada en los hechos políticos y sociales y, por supuesto, el de una intensa lectora. Así lo demostró en la Feria del Libro de Madrid del año pasado cuando, sin consultar siquiera a los libreros, se hizo con un ejemplar deLibertad, la novela del estadounidense Jonathan Franzen que había deleitado a la crítica española.  Su primo, sin embargo, cuenta todo lo contrario. Las aficiones lectoras de Letizia no son más que una leyenda alimentada por los medios.

“Mi prima no ha leído jamás otra cosa que periódicos, algún bestseller tipo Grisham o los libros que le obligaron a leer en el colegio”

“Uno de los mitos más divertidos que ha aireado la prensa lacaya sobre mi prima es el de la voraz lectora. Mi prima no ha leído jamás otra cosa que periódicos, algún bestseller tipo Grisham o los libros que le obligaron a leer en el colegio y en la facultad. Durante el tiempo que yo trabajé en una conocida firma editorial, era frecuente que le regalara algún clásico ruso, recuerdo Guerra y Paz, o alguna reedición lujosa de literatura americana. Digo lujosa porque yo era consciente de que el libro iba a ir directamente como adorno a una estantería, ya que a Letizia jamás la iba a arrebatar el impulso de leerlo”.

Al momento de golpear, David Rocasolano no escatima ocasiones. A la manera de un púgil insistente, se ceba con Letizia y su familia, hasta llegar al punto de poner en duda e ironizar sobre su dominio de los idiomas. En Adiós, Princesa, su autor  asegura que la decisión de su prima de estudiar en México se debió más a sus carencias idiomáticas que a sus inquietudes intelectuales: “Cuando Letizia se fue a México a hacer aquel doctorado que nunca terminó, eligió el país por el idioma, ya que no tenía ni pajolera de inglés. Ella hubiera preferido Estados Unidos”

Adiós, Princesa, un minucioso retrato con el que David Rocasolano busca quedarse a gusto. Y parece que lo consigue. En las páginas de este libro, su prima, ahora Princesa de Asturias, queda transfigurada en el perfil de una mujer intransigente y nerviosa. Alguien interesado en calzar, a toda costa, en un entorno real del que su autor reniega con la misma fuerza e insistencia con la que lo hace con su prima, de quien se despide con un elocuente título y una colección de trapos sucios.


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