Internacional

El odio que aleja la paz en Tierra Santa

El conflicto que enfrenta a israelíes y árabes parece no tener fin. Si bien Israel firmó acuerdos de paz con Egipto y Jordania, sus principales vecinos, la solución al enfrentamiento con los palestinos parece imposible de alcanzar.

El Presidente israelí, Rubén Rivlin, junto al féretro del policía druso asesinado por terroristas palestinos
El Presidente israelí, Rubén Rivlin, junto al féretro del policía druso asesinado por terroristas palestinos

El conflicto que enfrenta a israelíes y árabes parece no tener fin. Si bien Israel firmó acuerdos de paz con Egipto y Jordania, sus principales vecinos, la solución al enfrentamiento con los palestinos parece imposible de alcanzar.

Sobre una superficie de casi 30.000 km2 –un 6 % del territorio español- dos pueblos exigen soberanía. Israel la obtuvo en 1948, al haber aceptado la resolución de las Naciones Unidas de 1947, mientras el pueblo palestino la rechazó y comenzó una guerra con apoyo de los estados árabes.

 Si los árabes palestinos hubieran aceptado, al igual que lo hicieron los judíos palestinos, la división del territorio entre ambos pueblos, hoy existirían desde hace 66 años dos estados conviviendo lado a lado. El rechazo a aquella solución, en la cual tuvo tan destacada participación el embajador uruguayo Rodríguez Fabregat –una calle de Israel lleva su nombre- fue el primero de una serie de errores trágicos de la dirigencia palestina. Ya durante la Segunda Guerra Mundial el Mufti de Jerusalén fue un aliado de la Alemania nazi y visitó a Hitler en Berlín. Decía un destacado Canciller israelí –Aba Eban- que “la historia palestina demuestra que nunca han sabido aprovechar la oportunidad de alcanzar un acuerdo total”.

 Israel declaró su independencia en 1948, derrotó a los ejércitos invasores, y peses a todos los desafíos creo un país democrático y avanzado que asombra con sus logros en todas las áreas. Desde su creación fueron integrados millones de inmigrantes, al principio cientos de miles de sobrevivientes del Holocausto. La población de Israel superó en 2014 los 8 millones de ciudadanos, y cabe destacar que es el único país de la región donde se respeta plenamente la libertad religiosa.

 Del lado palestino, la guerra de 1948 provocó el éxodo de unas 700 mil personas. Si la causa principal fueron los llamados árabes a dejar el espacio libre para la invasión armada, el temor o el triunfo militar hebreo, es un tema que causa serias polémicas ente los historiadores. De todos modos lo que resulta evidente es que si el bando árabe hubiera aceptado la división del territorio, este hecho nunca hubiera ocurrido.

 Es importante mencionar otro éxodo, este si consecuencia indudable de la decisión de las naciones musulmanas. Es la expulsión y confiscación de todos los bienes de las comunidades judías locales, que vivieron allí por cientos de años, y que fueron en su casi totalidad recibidas por Israel. Estamos hablando de casi 800 mil personas.


 Más allá entonces de los aspectos territoriales a resolver, donde Israel exige fronteras seguras –y esto es clave pues antes de 1967 el ancho del país lo hacía prácticamente indefendible- se necesita un cambio de mentalidad. Un cambio que internalice el derecho de cada pueblo a tener un estado cuyas fronteras deben ser fruto del diálogo. Así como Israel necesita una frontera segura, lo cual geográficamente implica el control del valle del Jordán, los palestinos precisan una continuidad territorial entre las zonas que gobierna la Autoridad Palestina con sede en Ramallah.

 Jerusalén es un tema de tanta sensibilidad que debería dejarse para el final de la agenda. Y el control que ejerce el grupo terrorista Hamás en Gaza, con una ideología mezcla de islamismo fanático y nazismo, es un desafío agregado.

Quizás el ejemplo más reciente del cambio de mentalidad que se precisa lo comprobamos con el atentado a una sinagoga el último martes. Cuatro judíos, un policía druso y los dos terroristas palestinos murieron. Y al conocerse la noticia , relató el semanario israelí en español “Aurora”:

“En el barrio Jabel Mukaber de Jerusalén, los familiares de los primos Uday y Gasan Abu Jamal celebraron efusivamente tras haberse enterado que ambos habían asesinado a cuatro judíos e hirieron a otros ocho con hachas, cuchillos y pistolas en una sinagoga en el barrio de Har Nof, de la ciudad capital.

“Respondimos con gritos de alegrías cuando recibimos la noticia de sus muertes”, dijo Ala Abu Jamal, sobre sus primos. “La gente aquí repartió caramelos a los invitados que nos vinieron a visitar y hubo regocijo y alegría. El crimen fue elogiado por Hamás y la Jihad Islámica”.

  Esta mentalidad, este odio brutal que hace festejar el asesinato de gente inocente, es la muralla más fuerte que debe derribarse para lograr la paz. Porque si bien es cierto que la paz se hace entre enemigos, para que esto suceda debe existir primero la voluntad de paz de ambas partes.

 Reconocimientos como el del Congreso a un “estado” palestino virtual, serían un aporte a la paz si al mismo tiempo los israelíes notaran una empatía con su causa. Esto no se nota, salvo excepciones, en países como España. A pesar de ello el 80 % de los niños israelíes son fanáticos del Barca y del Real Madrid. Claro, ellos no leen la prensa española ni ven los “informativos” de TVE.


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