La vida una semana después de la masacre

Psicosis, metralletas y migrañas... París ha dejado de ser una tarjeta postal

Algunos no pueden parar de llorar. Otros no se atreven a salir de casa o a tomar el metro. Los hay que no encienden la televisión por miedo a volver a ver las imágenes o que al contrario, no se despegan de ella. Son las secuelas de los atentados que ensangrentaron la capital francesa. "París muestra hoy una cara de peligro que hasta ahora no había sido tan notoria".

Soldados y policías participan en una operación en Saint Denis cerca de París (Francia)
Soldados y policías participan en una operación en Saint Denis cerca de París (Francia) EFE

El dueño del bar al que Delphine suele acudir con frecuencia ha muerto. Al igual que seis de sus amigos que celebraban un cumpleaños en el café La Belle Équipe, uno de los cuatro locales emblemáticos atacados el pasado viernes en París. Una semana después de los atentados que ensangrentaron el centro de ocio de la capital francesa y el Stade de France, esta profesora de piano intenta retomar su vida en las calles de los malparados distritos X y XI, barrios antiguamente obreros que en los últimos años han sido "colonizados" por estudiantes, jóvenes profesionales y familias Bobo -concepto que define a la burguesía bohemia-. Los mismos distritos que también albergan el restaurante Le Petit Cambodge, Le Carillon y la sala de conciertos Le Bataclan.

"Vivo aquí. Estamos todos aturdidos. Además de los que perdieron la vida, otra amiga resultó herida en el abdomen y el hijo de mi vecina se encontraba en el Stade de France cuando comenzaron a estallar los artefactos", cuenta Delphine Biechler. "Durante toda la noche del viernes se escuchaban explosiones y disparos, muchos amigos se tuvieron que quedar a dormir fuera de casa porque no podían volver a las suyas", dice. Pero al día siguiente, la joven tuvo que atravesar una París desierta para acudir al conservatorio de las afueras en el que imparte clases.

"Los bares están menos llenos y la gente está leyendo constantemente el periódico en sus móviles", apunta María

En contra de lo que hicieron el resto, su escuela mantuvo las clases. "Ahora abren los bolsos al entrar tanto a los alumnos como a padres y profesores, a quienes también nos obligan a rellenar una hoja para saber en qué aula nos encontramos en cada momento", explica. Y añade: "Los padres no pueden acceder a las salas, se tienen que quedar en los bancos de la entrada". Según Biechler, la vida de los parisinos ha transcurrido esta semana entre el pánico provocado por las alertas y falsas alarmas y lasganas de recuperar la rutina a base de trabajo y conciertos. En ello se encuentra el mexicano Yonatan Ramírez, que regenta junto con tres amigos una charcutería y bodega de cerveza artesana. A él, que viene de un país "en el que se vive bajo un estado de pánico constante", los atentados le han cambiado de golpe y porrazo la forma que tenía de ver París. "Ha dejado de ser la tarjeta postal que fue. Hoy esa postal también muestra una cara de inseguridad y de peligro que hasta ahora no había sido tan notoria", se lamenta.

"Mi calle ya no está llena de gente alegre"

Aunque menor, entre las secuelas que le han dejado los ataques, dice que su clientela "ha bajado de forma notable". A la espera de que el público vuelva a fluir, hay quienes no pueden parar de llorar, otros no se atreven a salir de casa o a tomar el metro. Los hay que no han vuelto a entrar en un bar o que sencillamente, no encienden la televisión por miedo a volver a ver las imágenes, según la psicóloga Carole Damiani, de la asociación Paris Aide aux Victimes.

"París está moribunda", lamenta por su parte Lionel Martin desde la rue Charonne, su calle, donde se ubica el malparado restaurante La Belle Équipe. Tiene 30 años y estudia un doctorado de Historia del Arte Musulmán. El viernes al salir de clase volvía caminando a su casa "reventado". "Hablé con un policía para ver si podía ir a mi casa, algo surrealista, tuve que enseñarle una factura de electricidad para poder pasar el cordón policial y llegar. Me acompañó hasta el portal para comprobar que tenía la llave de la vivienda", recuerda.

"Mi calle ya no está llena de gente alegre en las terrazas de los bares. Ahora se está reconstruyendo, la imagen de los vecinos que se abrazan para consolarse contrasta con los agujeros de bala en las vitrinas de los restaurantes", describe. Desde la masacre, la vida de Lionel no ha vuelto a ser la misma. "Cada mañana, al levantarme, miro las noticias para ver si puedo salir de casa y coger el metro. Veo cuáles son los puntos conflictivos del día para saber a qué amigo tengo que llamar", cuenta.

"Mis amigos no están dispuestos a dejar de vivir ni a dejar de salir de fiesta", asegura la parisina Manon

Entre el Bataclan y la rue Fontaine au Roi, donde también hubo tiroteos, vive la maestra Marie Aloteau. "Suelo ir a la escuela en bicicleta, pero con la lluvia el metro es el transporte más práctico. Me bajo en la estación de Oberkampf, la más cercana al Bataclan, pero estos días ha estado cerrada", dice. Una vez retomado el servicio en la estación, Marie se atrevió a entrar. "No había mucha gente. Escuché un par de veces cosas del tipo '¡Hay un tío con una mochila grande!' y decidí cambiar de tren", asegura. En la superficie, añade, miles de habitantes circulaban en coche: "He notado mucho más tráfico esta semana en las calles de París". Estos días, si cabe, la psicosis ha hecho incluso más difícil parar un taxi en París. 

Sobrepasada por las preguntas que le hacen sus alumnos de siete años en torno a las causas de los atentados, la maestra admite que algunas de las conclusiones de los pequeños son verdaderamente sorprendentes: "Me dicen que han sido unos locos, que lo han hecho para que pensemos como ellos, pero que así no se hace y que no lo van a hacer".

"Tengo unas migrañas impresionantes"

El testimonio de la española María García es igual de conmovedor. "Cada vez que poso la cabeza sobre la almohada me doy cuenta de la migraña impresionante que tengo", dice esta residente en París desde hace cinco años. "Ha sido devastador. El viernes, cuando algunos de mis amigos no me cogían el teléfono me empezó a temblar el pulso, por suerte están bien, pero la novia de uno de ellos ha fallecido", comenta.

Fueron precisamente los distritos X y XI los que acogieron a una María recién llegada a la capital gala. "Allí aprendí a diferenciar el francés diplomático del francés hablado en la calle; en la rue Charonne he degustado los mejores platos libaneses y camboyanos; en el bar La Plage he asistido a conciertos y bailado", recuerda. "Pero mis primeros conciertos los he vivido en el Bataclan. Es un edificio que llama la atención por su colorido, siempre tan lleno de gente y de música, no pasa desapercibido", cuenta. "Sólo de pensar lo que ha ocurrido me dan escalofríos y me quedo paralizada mirando a la pared", revela.

"Hoy, la postal de París muestra una cara de inseguridad y de peligro que hasta ahora no había sido tan notoria", sostiene Yonatan

Si ya desde hace dos años la presencia militar en las estaciones de metro o en zonas turísticas como la Torre Eiffel era más que visible, afirma la española, desde el ataque al semanario satírico Charlie Hebdo, era continua. "Pero no sólo en estaciones de máximo riesgo como la de Châtelet-Les Halles -el mayor intercambiador de la ciudad, que además consta de un centro comercial con cines y una piscina-, sino también en calles e incluso enfrente de muchos colegios", relata. "Durante meses, la policía se paseaba delante de los niños con metralletas. Esta presencia se redujo a los colegios privados judíos y ahora, ¡no es que estén presentes, es que llaman la atención porque pasan por la calle coches de policía cada cinco minutos y un montón de helicópteros sobrevuelan nuestras cabezas!", exclama. "Los bares están menos llenos y la gente está leyendo constantemente el periódico en sus móviles", asegura.

No reza, no lleva velo, fuma y con 30 años ni siquiera tiene novio. Desde el barrio de Saint Denis, en el norte de París, Hanissa reconoce que está harta de "soportar que la gente hable sin saber absolutamente nada sobre la cultura y la religión musulmana, ni sobre el islam, ni sobre qué significa ser árabe". Su vida ha cambiado, entre otras cosas porque este miércoles, la policía asaltó dos casas de este suburbio, que terminó con la muerte del cerebro de los atentados, Abdelhamid Abaaoud. "Soy francesa, de origen argelino y mi familia, aparte de árabe, es musulmana. He crecido en una cultura musulmana, aunque no lo practico", reconoce. 

"Me quedo con la solidaridad de los parisinos"

"De esta semana prefiero quedarme con la solidaridad parisina tras los atentados. Pese a que el viernes los terroristas estaban en la calle, fue muy emocionante ver cómo la gente abría las puertas de sus casas para que todo el mundo estuviera a salvo", concluye. Diez minutos a pie separan la casa de Hanissa de la de Laura, nombre inventado para proteger su identidad. Esta gaditana de 25 años llegó a París hace más de un año para estudiar un máster de Psicoanálisis en la Universidad Paris 8. Con la voz aún temblorosa, relata que los tiros le despertaron este miércoles poco antes de las seis de la mañana.

"Ahora abren los bolsos al entrar en el conservatorio tanto a los alumnos como a padres y profesores", dice Délphine

"El barrio es un poco complicado, la verdad", admite la joven, que haciendo caso a las advertencias de la policía, no salió de casa. Tampoco fue a la universidad, donde los atentados han traído consigo mayores medidas de seguridad. "Ahora aparte de pedirnos el carné de estudiante, hay vigilantes de seguridad a la entrada que también nos revisan los bolsos", declara. Preguntada por si se ha planteado volver a España, confiesa que en caliente, "por supuesto". Sin embargo, el paso de las horas le ha llevado a todo lo contrario. "Al final no me lo propongo seriamente, tengo que acabar el máster", zanja. 

"No vamos a ceder terreno al miedo"

Aunque el amor ha llevado a Manon hasta Brasil, esta parisina de 25 años cuenta cómo han vivido la semana de terror su familia y amigos. "Tienen mucho miedo", dice, para a renglón seguido aseverar que no están dispuestos a cederle terreno. "Mis padres son médicos y sus pacientes, en una gran mayoría, árabes. Han visto con sus propios ojos cómo los hijos de los inmigrantes a los que atendían se radicalizaban. Están en contra de encerrarse en casa y quedarse con los brazos cruzados", relata. Sobre sus amigos, mismo guión. "No están dispuestos a dejar de vivir, ni a dejar de salir de fiesta. Hay que permanecer unidos". La bautizada como 'generación Bataclan' no claudica.


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