Internacional

El plebiscito escocés: una falsa solución

No ha sido un suceso netamente nacionalista fruto de una verdadera aflicción identitaria, sino consecuencia de una crisis que en Europa dura ya demasiado, y para la cual los gobernantes europeos no han sabido, o no han querido, tomar las decisiones correctas, porque hacerlo llevaba aparejados costes demasiado elevados para ellos y sus partidos.

Un gaitero frente a Westminster, este viernes
Un gaitero frente a Westminster, este viernes efe

El pasado jueves 18 de septiembre, la vieja y escarmentada Europa, siempre temerosa de esa detonación que desencadene una fractura territorial en cadena, suspiró aliviada al conocer que el 55,3% de los escoceses había dicho no a la secesión y el Reino Unido permanecería unido, al menos de manera formal.

Sin embargo, el hecho de que el voto contrario a la secesión fuera mayoritario en aquellas regiones de Escocia donde el nivel de renta es mayor y donde los pensionistas son más numerosos, apunta a una victoria de la prudencia, no de la convicción. Y por más que el triunfo de la unión frente a la división haya inspirado titulares grandilocuentes, en realidad no ha habido en el voto unionista grandes ideales a los que aferrarse, como tampoco los ha habido en un gran número de escoceses que votaron a favor de la secesión. Lo que finalmente ha prevalecido ha sido el sentido común de una mayoría que no ha querido jugárselo todo por un sueño lleno de incertidumbres. Y es que para muchos escoceses “jugar” a la independencia era una forma de demostrar su creciente desafección hacia las élites de Westminster.

Así pues, el referéndum escocés no ha sido un suceso netamente nacionalista fruto de una verdadera aflicción identitaria, sino consecuencia de una crisis que en Europa dura ya demasiado, y para la cual los gobernantes europeos no han sabido, o no han querido, tomar las decisiones correctas, porque hacerlo llevaba aparejados costes demasiado elevados para ellos y sus partidos. Y cuando las crisis se prolongan en el tiempo, las sociedades dejan de percibirlas como coyunturales y se instalan en el convencimiento de que su mala situación no mejorará, ni siquiera a largo plazo. Surge entonces en las personas el sentimiento de que el sistema les ha negado lo que es suyo por derecho y que de alguna manera han sido engañadas. Y miran con creciente simpatía a los movimientos nacionalistas y populistas, con la esperanza de que una instituciones locales y cercanas, y en teoría controladas por el pueblo, mejorarán su mala situación. Por eso los defensores de la secesión de Escocia basaron su campaña en una gestión mucho más cercana y magnánima de los recursos públicos, prometiendo, en definitiva, más Estado de bienestar.

Esa fiesta democrática, que, dicen, ha sido el referéndum escocés, no ha resuelto el problema sino que sencillamente ha cambiado su formulación y, acaso, lo ha aplazado. De hecho, el líder independentista Alex Salmond, según presentaba su dimisión tras la derrota del sí, avisaba que “para Escocia, la campaña continúa y el sueño no morirá”. Advertencia que, a la vista del elevado porcentaje de votos a favor de la secesión, no hay que menospreciar.

Por otro lado, el Primer Ministro David Cameron deberá ceder importantes cuotas de poder al Parlamento de Holyrood, puesto que, ante el peligroso avance del voto secesionista, los tres principales partidos británicos con representación parlamentaria se comprometieron a ceder competencias a Escocia en vísperas de la celebración del referéndum. Y ahora el Gobierno de Londres tendrá que cumplir lo prometido y traspasar a Edimburgo importantes competencias tributarias y sanitarias. Y por si esto no fuera suficiente, para evitar agravios comparativos, Cameron también deberá acelerar nuevas transferencias a Gales, Irlanda del Norte y las regiones de Inglaterra, lo que sumado a lo anterior será el colofón a un proceso de descentralización sin precedentes en el Reino Unido.

En definitiva, el referéndum de Escocia, lejos de ser el punto y final al problema territorial, ha abierto la puerta a la política del “café para todos”, que, como bien sabemos por estos pagos, además de anular una de las mayores ventajas de los grandes Estados, tal cual es la economía de escala, crea poderosas élites locales, multiplica exponencialmente la relaciones clientelares y dispara los costes administrativos, amén de socavar el poder del gobierno central hasta cotas alarmantes.

Dicho todo lo anterior, no es posible concluir sin añadir que ya quisiéramos en España tener un Gordon Brown, quien, con todos sus defectos, ha hecho una campaña inmensa a favor de la unidad. Ejemplo palmario de esa otra izquierda europea que, al contrario que la española, tiene determinadas cuestiones de Estado no ya meridianamente claras sino insertas en su ADN.


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