A mi ritmo

Las carreras populares como negocio

La práctica del ‘running’ ha crecido de forma espectacular en los últimos años. Y también el número de carreras. No es de extrañar, por tanto, que haya empresas y personas que quieran beneficiarse de este ‘boom’, sea o no temporal.  

Pero tampoco nos debe parecer raro. Ni mucho menos despreciable. Dejemos a un lado las carreras solidarias, benéficas o con fines sociales. Habría mucho que debatir sobre eso, pero no es el caso.

Centrémonos en las carreras realmente comerciales, esas que están organizadas por una empresa privada (subcontratada por una institución pública o no), cuyo negocio está en montar un evento deportivo y espera sacar un beneficio económico de ello. Algo totalmente respetable. Igual que el negocio de un promotor de grandes conciertos o el del gerente de un circo.

Y estos dos ejemplos no son casuales. En ambos casos se da en muchas ocasiones la circunstancia de que la empresa organizadora sitúa el evento en terrenos o instalaciones públicas, y usan recursos públicos. Los que deben pagar por ello y si, dependiendo del evento, deben o no pagar ciertos servicios de la administración correspondiente, es algo que ambas partes deben negociar. Lo mismo que en las carreras populares.

Como corredores que participamos en una carrera comercial, somos a la vez clientes. Por lo tanto, podemos exigir los derechos que se otorgan a los consumidores en general. Pagamos una inscripción y a cambio nos dan un servicio.

Demonizar a la organización de una carrera porque quiera ganar dinero con el evento no es lo más ético. Cada día pagamos por productos o servicios a múltiples empresas (en el supermercado, en el autobús, en el cine, en un restaurante…) y lo vemos como lo más normal del mundo.

Eso sí, si nos tratan mal, el servicio es malo y el producto no está a la altura de las expectativas, tenemos dos caminos: no volver a comprarlo o denunciarlo en caso de que nos sintamos estafados. Lo mismo que en las carreras populares.

Dicho esto, los organizadores de las carreras, como cualquier empresario, deberían cuidar a sus clientes, los corredores. Porque mirar por el consumidor final es fundamental para ganar su confianza y fidelidad. Y en este caso, el corredor popular debe estar por encima de todo. Es el que da negocio, sí, pero también color, imagen y publicidad a la carrera.


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