A mi ritmo

Corredor y cabezota

Dicen que de los errores se aprende. Lo que no se dice es cuántas veces está permitido errar para acabar aprendiendo del fallo. Muchos corredores no aprendemos nunca. O quizá no queremos hacerlo.

Al principio, cuando somos novatos en esto de correr, cometemos muchos errores. Lo ideal es que tengamos a alguien que nos guíe a nuestro lado, una persona con experiencia, un entrenador o un monitor que nos dé consejos, bien necesarios en los inicios.

Pasa el tiempo y vamos evolucionando, mejorando sobre la marcha. Y aprendiendo, en teoría, cuáles son los errores que debemos evitar. Otra cosa es que luego hagamos lo que nos dé la gana. La mayoría de los corredores que leen esto saben a qué me refiero. Para el resto, o para el que no es corredor, lo explicaré con algunos ejemplos.

Con el tiempo, la experiencia y los consejos de los expertos, aprendemos que debemos calentar antes de una carrera, sobre todo si queremos ir a un ritmo rápido para nuestro nivel. Y normalmente lo cumplimos; o esa es nuestra intención. En muchos casos, llegamos con el tiempo justo, nos encontramos con los amigos, nos ponemos a charlar y cuando nos queremos dar cuenta, tenemos el tiempo justo para trotar un par de minutos y colocarnos rápidamente en la salida. Así que pensamos: "¡Bah! Ya calentaré en carrera. Salgo suave y voy en progresión para ir entrando en calor". 

¡ERROR! Porque la mayoría salimos cuando dan el disparo como pollo sin cabeza, como si nos persiguiera el coyote. No hay piedad. Cuando te quieres dar cuenta, estás lanzado a un ritmo frenético que era el que tenías pensado llevar en los últimos kilómetros de la carrera. Lo de salir más fuerte de lo previsto es un fallo muy habitual. Algunos en esa piedra hemos tropezado unas 100 veces. Y eso que lo sabemos, que nos lo han dicho por activa y por pasiva, que hay que ir en progresión y que la segunda parte hay que hacerla más rápida que la primera. Pero todos esos pensamientos se evaporan en cuanto tomamos la salida. Cerca de la meta te quieres morir y piensas: "¿quién me mandaría a mí salir tan rápido? La próxima salgo más lento". Y ya te estás engañando otra vez.

Otro error habitual, muy frecuente, y uno de los más graves, tiene que ver con las lesiones. En la mayoría de los casos, las tenemos porque somos unos auténticos cabezotas. Casi todos hemos ido alguna vez al fisio, aunque sea a darnos un masaje de descarga o "mantenimiento", y éste nos advierte de los peligros de excederse en un entrenamiento o en una carrera. Sobre todo si tenemos ya una molestia. Pero estamos enganchados a correr. Así que si algo nos duele pero no nos impide salir a corretear por el parque, nos ponemos en marcha. Hasta que al final una lesión más grave nos obliga a parar. Y entonces queremos que nuestro fisio u osteópata de confianza se convierta en mago y nos quite la lesión de un día para otro a golpe de varita mágica... o de dolorosas presiones musculares.

Si nos fijamos, la situación es de lo más surrealista: pagamos a un profesional para que nos trate, nos aconseja, les escuchamos, no le hacemos ni caso y luego le pagamos otra vez para que nos "arregle" aquello que ya nos advirtió que se iba a lesionar si seguíamos en modo cabezota.

Quizá sea cosa de nuestro caprichoso destino: el corredor popular es testarudo y se niega a aprender de sus errores. Luego vienen los lamentos. Hasta que nos recuperamos y volvemos a iniciar el ciclo. Al menos, con el paso de los años, el número de piedras con las que tropezamos va disminuyendo.


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