A contratiempo

Lo urgente es esperar

"Los hombres nacen ignorantes, no estúpidos". Bertrand Russell

Escrutan los vaticanólogos el rastro de los "cuervos negros" tras la renuncia más sonada en la historia del sillón de Pedro. Eso son conspiraciones y no las trifulcas de malandrines que se suceden por nuestro particular patio de Monipodio, una endiablado hormiguero atestado de zampabollos, carteristas, trujimanes y chorizos en general.

"Lo más urgente es esperar", aconsejaba aquel fino gallego Pío Cabanillas antes de calzarse la barretina, en incomprendido gesto. "A veces la mejor decisión es no tomar ninguna decisión y eso también es una decisión", ha declarado Mariano Rajoy, en otro virtuoso ejercicio de galleguidad supina. Se refería al famoso rescate. Pero la frase puede hacerse extensible a amplias etapas de su gestión. Y mal no le ha ido.

Caen las hojas del calendario y se agostan, también, las fotocopias del tal Bárcenas que amagaron con hundir un gobierno, un partido y hasta un régimen y de momento tan sólo han provocado un estrambótica escandalera y un hipócrita ataque de transparencia  en nuestra clase política. La pugna desatada entre los líderes del PSOE y PP por ver quien la tiene más corta (la nómina) resulta deprimente. Cuando la sociedad reclama a gritos honestidad y honradez se antoja estéril responderle con la exhibición de una declaracón de la renta. Exige, como en el filme de Buñuel, poner a los inocentes a un lado y los culpables a otro. "Cela s'appelle l'aurore". Aquí no pasamos de la aurora boreal.

Populismo y demagogia

Reprochar a los políticos que se ganen la vida ejerciendo una función para la que han sido elegidos en las urnas es un disparate. Es aferrarse al sendero del populismo descamisado o el "sans-culottismo". Esa delirante carrera por mostrar quién cobra menos es el estrafalario estrambote con el que se pretenden blanquear largos años de latrocinios y atracos en el arcón de los dineros públicos. Y es el camino inverso hacia dónde deben encaminarse los pasos de la rectictitud y la ética democrática. Mientras Rajoy y Rubalcaba desnudan sus nóminas en lo que se pretende un "strip-tease moral", los responsables del estallido inmobiliario, esos consejeros de cajas mangoneadas desde las instancias políticas, desfilan alegre y panchamente ante inútiles comisiones de investigación y desconcertados representantes de la Justicia. Aquí nadie dimite ni va a la cárcel.

La España oficial se antoja un espasmódico carajal en ebullición por sus cuatro esquinas: desde el "Campeón" de las gasolineras gallego a las ITV catalanas, pasando por los Eres andaluces o los Gürtel de Madrid y Valencia. El último episodio ha sido el escándalo de los espías del restaurante barcelonés "La Camarga", donde los detectives Borreguero y Peribáñez (con resonancias picarescas a lo Rinconete y Cortadillo) instalaron durante semanas unos micrófonos, según se ha publicado, para escudriñar renuncios de todo el arco parlamentario catalán, a algún directivo del Barça y quizás a cierto mosén despistado.

Todo el mundo espía

"Tengo miedo a los Pujol, esa gente es muy peligrosa", declaró ante el juez María Victoria Álvarez, exnovia de uno de los hijos del prócer catalán y quizás la única persona que está ofreciendo una postura digna en todo este albañal. Si en Cataluña todo el mundo espía a todo el mundo, es porque todos tienen algo que ocultar. En Madrid, los "cuervos negros" planean por las internas de los partidos y ya nadie se fía de nadie. En el PP, una decidida y firme Dolores Cospedal trata de reordenar sus filas tras el estallido del escándalos de la libreta y los sobres en negro que nadie jamás vio. Ni la una ni los otros. En el PSOE, un Rubalcaba menguante desvela tímida y tardiamente su frondoso patrimonio, consciente de que las bodegas de la nave socialista ocultas escándalos mayúsculos de excompañeros de Gobierno aún por aflorar.

Siguiendo la doctrica de Locke, si Shakespeare no hubiera sido sorprendido robando, habría sido un comerciante de lana. Pues bien, por aquí necesitamos muchos más comerciantes de lana porque de ladrones y de supuestos shakespeares ya vamos servidos. Los hombres, pensaban los filósofos del XVIII, ya no pueden dividirse entre "engañadores y engañados". Parece que también en esto aún andamos algo retrasados. Quizás no podamos aspirar a lo que reclamaba Bentham de los políticos, que trabajen para conseguir "la mayor felicidad para el mayor número". Pero sí, al menos lo contrario. Eso sí, siguiendo la consigna gallega, lo urgente sigue y ¿seguirá siendo? esperar.


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