A contratiempo

El tío Melquíades y la Cataluña del tres por ciento

"Señores, no puedo aguantar más. Tengo que serles franco. Estoy hasta los c... de todos nosotros". Estanislau Figueres. Primer Presidente de la Primera República española

La Cataluña del tres por ciento, seguía ahí. Cuarenta y ocho horas después del cataclismo de Artur Mas, el ídolo caído, el Moisés desmoronado, volvió a emerger el verdadero "hecho diferencial catalán". Más que la lengua, que la Generalitat, que la Moreneta, que Els Segadors, que la senyera, que el Barça, que Canaletas. El hecho diferencial se llama corrupción y atiende por el epígrafe del "tres por ciento". Maragall lo apuntó, en tiempos y sede parlamentaria, y se la envainó, segundos después. "Con las cosas de comer no se juega", vino a amenazarle Artur Mas.

Manuel Bustos, alcalde Sabadell, la quinta población catalana por número de habitantes, presidente de la Federación Catalana de Municipios, peso pesado del PSC, populista, caciquil y vocinglero, era imputado este martes por presunta corrupción urbanística y otros cargos del entorno de la "mordida". Caía en el mismo paquete Daniel Fernández, secretario de Organización de los socialistas catalanes, director de la campaña electoral de Pere Navarro (cincuenta mil votos y siete escaños menos), diputado en el Congreso, salpicado por un feo asunto de tráfico de influencias.

Una Ley no tan ciega

Sólo habían pasados dos días desde el descacharrante final de la huída hacia adelante de Mas. ¿Demasiada coincidencia? ¿Una vendetta de CiU por el escándalo de las cuentas corrientes en Suiza? Algo peor. Los jueces, según trascendió, evitaron influir en la buena marcha de la consulta electoral. La Ley en Cataluña parece que no es ciega. Es sensible a los calendarios políticos, a los colores de los partidos y hasta a los nombres y apellidos de los presuntos delincuentes. Otro hecho diferencial. Pregunten al fiscal jefe de la Comunidad, tan brioso al perseguir a quienes filtran papeles contra Convergencia.

La consulta soberanista de Artur Mas parió un ratón. Lejos de la "mayoría excepcional" se estrelló en "derrota excepcional". Un colosal bochorno, un estruendoso fracaso. El voto independentista se escapó por la tronera de ERC y el "rey Artur" se quedó con la cara lela, compuesto y sin pareja de baile. En el balcón del Majestic, perplejo y pasmado, tenía la misma expresión de Ibarretxe tras contemplar el naufragio de su plan en el Congreso de los Diputados. A uno, como dejó escrito Francesc de Carreras, le empujó Arzalluz a su delirio. Al otro, un avieso Pujol, en avanzado estado de ensoñación prometeica.

El abismo financiero

Ahora toca gobernar. CiU, que ha practicado durante tres décadas el rentable papel de "llave de la gobernabilidad del Estado", o sea, de vender sus apoyos parlamentarios a PP y PSOE a cambio de alegría en la caja registradora, se encuentra ahora ante un panorama de endiablada inestabilidad. Al borde del abismo financiero, pendiente de la elaboración de unos presupuestos necesariamente impopulares y dolorosos, con tanta credibilidad crediticia como un euro de cartón, 800.000 desempleados, una deuda de 44.000 millones y una sociedad que ha pasado del delirio secesionista inducido por voceros, intelectuales, cultureta, periodistas y predicadores, a la más lacerante postración.

Artur Mas está políticamente muerto y listo para el sacrificio. CiU, electoralmente desarbolada. El soberanismo, muy vivo aún en el Parlament, anímicamente hibernado. Los responsables máximos de este cataclismo, señalados por los tribunales bajo la hedionda sospecha del cambalache del tres por ciento. Y sólo un camino para huir del desfiladero: negociar con Madrid, entenderse con el PP, atender las exigencias de Montoro. Casi nada. "Un político razonable", calificó el diputado popular Rafael Hernando al farisaico Duran Lleida, que ha pasado de su presencia cojitranca en la manifa de la Diada independentista a convertirse en el "puente imprescindible" para negociar las cuentas con Hacienda. Un desideratum. En suma, lo que viene a ser la política.

La Cataluña del tres por ciento está avocada a una refundación de raiz. A reorganizar sus estructuras políticas, a fortalecer sus controles democráticos, a dinamitar la pestífera financiación de sus partidos. Recordemos Banca Catalana, Filesa, Casinos, Pallerols, Palau, Campeón... y ahora, Mercurio y el tío Melquíades del alcalde de Sabadell, a quien su sobrino, el edil Bustos, nombró presidente de la empresa municipal de la vivienda para llevarse por la cara proyectos y concesiones urbanísticas. El oasis apesta. ¿Quién lo saneará? Sólo el viento fresco de un partido, Ciutadans, aún en enaguas pero creciente, señala el camino de la casi imposible regeneración.

Como todos sabían, salvo Mas y sus palmeros, no es una Cataluña independiente la solución. Todo pasa por darle una patada al tablero y repartir de nuevo las cartas. Con otros nombres, otras reglas de juego y otros códigos deontológicos. Inyectar ética pública, moral democrática y responsabilidad institucional donde ahora sólo hay trampa y mugre, corrupción y compadreo. Un empeño casi imposible en una comunidad hipnotizada y manipulada por el nacionalismo y su abrumadora propaganda. Son treinta años de adoctrinamiento y manipulación. Y de tres por ciento.

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Barómetro del Gobierno: Malos tiempos para Gallardón, con todos los frentes de la Justicia sublevados. Enrevesados para Ana Pastor, con Iberia sublevada, fuera de control, y las Navidades que se acercan. De Guindos y su valiente plan antidesahucios le salva esta semana la cara al Gobierno.


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