A contratiempo

El silencio de Rajoy

Mariano Rajoy volaba el martes rumbo a Doñana, tras asistir alborozado a la victoria española frente a la selección de Hollande. Tocaban vacaciones. Aislado entre las dunas, en el confortable entorno familiar, ajeno a las turbas, las angustias y los dramas de una España gris y lacrimosa que pugnaba con la lluvia para sacar de paseo sus imágenes sacras, Rajoy seguramente habrá incurrido estos días de balsámico asueto en acariciar su principal argumento y su más genuina reflexión: Por mal que estén las cosas, ya escampará.

Atrás dejaba el presidente del Gobierno el augurio tenebroso del Banco de España: 27% de paro y 1,5% de caída del PIB. Atrás dejaba la colleja del Eurostat a las cuentas de Montoro y sus malabares con el déficit. Atrás dejaba la revelación del encuentro secreto con Artur Mas, a hurtadillas, como quien tiene algo que ocultar. Atrás dejaba al juez Ruz y su afanoso empeño por desentrañar la madeja de una trama de chorizos sindicados y de un tesorero petulante y sinvergüenza. Atrás dejaba los ruidos de la hueca disputa política, el grillerío de la jaula tertuliana, la marea creciente de los españolitos airados, irritados, cabreados, ora por las preferentes (latrocinio lacerante), ora por los desahucios (con gobierno del PSOE, Colau no estaba allí), ora pro nobis. Atrás dejaba, en fin, el presidente, una España entre tinieblas, zarandeada por la demagogia, la incompetencia, la corrupción, la ineptitud, la necedad y la desesperación, camino de su sexto año de Pasión.

Fracaso colectivo

No cabe pensar en que, en estos días de recogimiento y reflexión Mariano Rajoy haya decidido dar de lado su tradicional serenidad, que algunos maledicentes tachan de cachaza, para imprimir un nuevo impulso a su gestión, que se avoca ya al meridiano de su mandato. Muchos asuntos hay pendientes, en especial en el área económica, como es sabido, pero también en otros aspectos fundamentales para escapar de esta sensación de colectivo fracaso, de decepción generalizada en la que nos encontramos. Un España depauperada, quebrada, sin horizontes claros y sin rumbos determinados necesitan un brioso cambio de rumbo que aliente esa mínima llama de esperanza que todavía pugna por no desaparecer.

La confianza no sólo en Rajoy, sino en el PP, en la clase política, en las estructuras del Estado, en la Administración, en los estamentos oficiales, en las más altas instituciones, está bajo mínimos. Ahora mismo son, sencillamente, el problema. Quizás ni desde Doñana ni, al parecer, desde los despachos de Moncloa se pueda advertir con claridad que la radiografía actual de la sociedad española resulta abrumadoramente inquietante, con decenas de miles de familias depauperadas, con una cohesión social a punto de quedar hecha añicos, con un tejido empresarial agujereado y con una clase media desfondada y sin red.

Fatiga de materiales

"Lo que hoy necesitamos son políticos que solo tengan un objetivo: sacar a España de la crisis", sentenció María Dolores de Cospedal días antes del paréntesis de la Semana Santa. Eso es obvio. Es evidente, pero suena a hueco, a voluntarismo vacío. La fatiga de los materiales empieza a resquebrajarse por todos los costados y ya de nada valen las invocaciones hiperbólicas ni las exhortaciones impostadas.

El Gobierno elude sus contactos con los medios, las apariciones públicas, el sano ejercicio democrático de dar la cara. Esta Semana Santa ni un sólo portavoz autorizado se ha quedado de guardia para, al menos, evitar la sensación de que el Ejecutivo estaba oculto y relajado, ajeno de las inquietudes que siembran de zozobra a los contribuyentes. Génova ha permanecido silente durante un mes, sin que nadie osara explicar los serios problemas que convulsionan al partido. Para este miércoles, Mariano Rajoy ha convocado a la Junta Directiva Nacional del PP, que no se reúne desde hace más de un año, desde febrero de 2012 en Sevilla. Más de doce meses en los que los populares no han sido capaces siquiera de verse la cara con ellos mismos.

Millones de españoles han elevado estos días al cielo sus plegarias. Muchos de ellos en petición de bonanza meteorológica para poder asistir a sus procesiones y oficios religiosos. Pero miles de ellos, seguramente, invocaría también soluciones a quien pueda sacar a España de este marasmo sin puerta de salida. Va para año y medio que once millones de votos entregaron su mayoritaria confianza a Mariano Rajoy para que rescatara a nuestro país del desastre en que estaba sumido. Y aún está a la espera de otra respuesta que no sea el silencio o ese desesperante: Ya escampará.

EL VARÓMETRO. ¿Piensa Montoro que las cosas son realmente así? // Desaliento entre quienes impulsaban a Echániz para sustituir a Ana Mato en Sanidad. // Huir de fotos con Hollande. Tiene cara de perdedor. // Y a todo esto, ¿dónde anda Morenés?


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