A contratiempo

Estado de 'shock'

Crisis de régimen, colapso del Estado, fin de la transición, sistema agonizante... columnistas, analistas, comentaristas y politólogos recurren estos días a palabras intensas, a conceptos campanudos, a expresiones taquicárdicas para describir una situación que a todas luces se nos escapa de las manos para situarse en el territorio del absoluto descrontrol. O de la catalepsia, que también.

Como en el cine de catástrofes, un atolondrado guionista parece haber reunido todos los elementos imprescindibles para perfilar una situación angustiosa a punto de reventar. Una larga crisis económica atenazada por la recesión, una crisis institucional sacudida por el escándalo, una crisis política paralizada por el estupor y una crisis de valores alimentada por la ausencia de referentes éticos y democráticos. Lo más parecido a un "estado de shock".

Estatismo versus capitalismo

El interesante estudio del BBVA conocido esta semana, amen de describir la mentalidad estatista, intervencionista y dirigista de nuestra sociedad descree de la iniciativa individual y el esfuerzo personal para escapar de la crisis y se abraza a la ternura del "papá Estado", única posibilidad de abandonar nuestro territorio de penumbras. Cuarenta años de marcar el paso es lo que tiene. Lo que recuerda aquello de Gil de Biedma: "España es un país feudal que no ha tenido feudalismo, un pais burgués que jamás ha hecho la revolución burguesa y pretende ahora ser un país neocapitalista sin apenas una rasgo de capitalismo".

En suma, mi querida España no es un país moderno. ¿La culpa?. De los bancos, los políticos, el Gobierno y Europa según los encuestados. En esto sí estamos a la cabeza de la UE. Somos los europeos más críticos con nuestras instituciones, muy por encima de los descreídos italianos, y los más indulgentes con nuestros propios pecados. Sólo dos de cada diez españoles piensan que alguna culpa tienen los ciudadanos. ¡Qué castizo!

Con estos mimbres resulta arduo encontrar alguna salida de emergencia a nuestro paroxismo. Mejor se nos da el adentrarnos más y más en el laberinto de la queja y el descrédito. En ese momento nos enontramos. Demoliendo pilares y cercenando cimientos. La imputación de un miembro de la Familia Real y las fotografías amarillentas publicadas desde un periodismo amarillo nos han situado a dos pasos del cataclismo sicológico.

Palabras mayores

El hediondo episodio de Urdangarin ha terminado salpicando a la infanta Cristina merced a las inquietudes espasmódicas de un juez atribulado. Suma y sigue a las singulares aventuras africanas de su señor padre, princesa Corinna incluída. El tabú que protegía a la Corona se ha esfumado. Todo son ya versiones y cábalas sobre la abdicación, la renuncia a derechos dinásticos, la propulsión a chorro de la figura del Príncipe... y hasta el frívolo manoseo de la forma del Estado por parte de una colla de descerebrados a quienes jamás les confiaríamos siquiera que te sujeten al perro mientras nos atamos el zapato.

El disparatado asunto de las fotografías de Alberto Núñez Feijóo en compañías poco recomendables ha pretendido fulminar políticamente la presunta figura del heredero de Mariano Rajoy, con una torpeza tan estrambótica que sin duda ha logrado un efecto contraproducente. Una estrategia torpona que apesta a regüeldo. Entre otras cosas porque, como todo el mundo sabe, el único sucesor de Rajoy es el propio Rajoy. Y así sucesivamente...

Con relación al asunto que convulsiona a la Familia Real, no está de más recordar con el presidente del Gobierno el respeto absoluto a la actuación de los jueces y a la presunción de inocencia de la séptima figura en la línea de sucesión. Nadie se dedica en Moncloa a pensar en un paso al costado de la Infanta ni menos aún en la abdicación del Jefe del Estado. Eso sí, la Casa del Rey entrará en los mecanismos de fiscalización que imponga la Ley de Transparencia.

Sin incurrir en el catastrofismo ambiental, no está de más recordar que el tiempo se agota, que la crisis puede llevarse demasiadas cosas por delante si los dirigentes políticos siguen ignorando la realidad de un país necesitado de liderazgos decididos y de golpes de timón certeros. Encelarse con mensajes de estricto cariz económico, cuando toda la estructura del Estado, desde la cúspide hasta los arrabales, se tambalea, resulta cuando menos, suicida. La duda es si estos políticos son los adecuados para estos dramáticos momentos. Y si nuestra paternalista sociedad, criticona y tripera, estará a la altura de las circunstancias. La historia nos empuja al escepticismo. Lo más difícil en esta vida es aprender a no hacerse ilusiones para las próximas tres horas.

EL VARÓMETRO. El invento de la 'marca España' del indescriptible Margallo se agosta aceleradamente. // Para desentrañar las últimas revelaciones sobre Bárcenas, cherchez sa femme. // ¿Existen realmente esos mails insondables de Urdangarin? // ¿A quién representa Verstrynge? ¿Cuántos le han votado?


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