A contratiempo

Mas saca al Gobierno de sus casillas...y de su modorra

"El futuro de España es brillante", anunciaba voluntarioso el ministro de Economía desde el titular de un fogoso artículo publicado hace unos días. Y añadía: "Uno puede decidir que todo va mal, sumirse en la melancolía y no hacer nada...o puede admitir que tiene graves problemas y adoptar medidas necesarias para superarlos". Bueno, como dijo el poeta, "la única ventaja de la melancolía es que no da fiebre". Pero no es buena consejera para una acción de gobierno.

Nuestra bella durmiente, es decir, el Ejecutivo instalado en la Moncloa con un respaldo abrumador del electorado, ofrece ya síntomas de que empieza a desperezarse del abúlico estado en que se hallaba postrada. Acosado por una nueva vuelta de tuerca sindical, con otra huelga general en puertas, y por un desafío secesionista sin precedentes, con unas elecciones plebiscitarias a la vista, el Gobierno del Partido Popular empieza a dar señales de que abandona la melancolía y se lanza al contraataque. Al fin, se escucha como un clamor en los foros de opinión y en los despachos de las decisiones.

Tibias señales, mínimos gestos, pero "eppur si muove". A unas valientes aunque alicortas reformas laborales y de educación, le llegan ya los refuerzos, directos al corazón y al latido anhelante de la opinión pública. En unos días hemos visto cómo el Gobierno se ha puesto en contacto con la casi inexistente oposición (el último CIS muestra el encefalograma plano del PSOE) para abordar la angustiosa realidad de los desahucios, quizás el rostro más cruel del paro y de la crisis, esa terrible inundación que anega a decenas de familias españolas tras el diluvio provocado por la explosión de la burbuja inmobiliaria. En un gesto inédito y elogiable, el Gobierno, bajo el impulso de Soraya Saénz de Santamaría, se ha arremangado y se ha puesto a trabajar para intentar frenar esa marea incontenible de descontento cuyo rompeolas es la credibilidad de la clase política, económica y financiera. ¿Demasiado tarde? El goteo de suicidios empieza a resultar insufrible.

Loros y pajarería

Otra reacción de balsámicos efectos es la anunciada supresión de coches oficiales, piedra de escándalo de un país cosido a impuestos. Si en Estados Unidos hay mil coches oficiales ¿por qué en España tiene que haber 22.000? El ahorro económico es nimio, pero, como dijo la vicepresidenta, "empiezas a sumar el chocolate del loro y terminas con una pajarería". Mucho pájaro, en efecto, es lo que hay. ¿Y por qué no se hizo antes? Lo que necesita España, de verdad, es meter a todos esos pájaros, a esos auténticos buitres, en una jaula bajo siete candados y tirar la llave. Episodios como los iPad de los senadores o las llamadas a números de servicios sexuales desde teléfonos pagados por todos los españoles son evidencias de una decrepitud ética que nos esfixia.

Pero el verdadero rearme ideológico, la gran batalla que está librando el Gobierno antes durmiente de Mariano Rajoy está en el frente del nacionalismo, gran lacra y terrible mal de nuestra democracia. Artur Mas, el independentista proteico, el iluminado de una nación que jamás fue Estado, empieza a mostrar todas sus lacras, mentiras y tramapas de las que revistió su campaña bajo el envoltorio de la senyera. A los espantosos ridículos en sus escapadas a Moscu y Bruselas, para "internacionalizar el conflicto" ha seguido una contraofensiva del PP hasta ahora inédita. La estrategia del perfil bajo ha dado paso a una encendida defensa del edificio constitucional y a un ataque sin tregua al frente rupturista. Es lo que "La Vanguardia" definía como "salida en tromba" del Gobierno español contra "el soberanismo de Mas". Defender la Ley con firmeza es, para la prensa catalana, "salir en tromba contra el soberanismo". La tonadilla a lo Lluís Llach empieza a desafinar. Y a molestar a un número creciente de catalanes, empresarios, profesionales, clases medias...sólo los inmtelectuales paniaguados, los medios de comunicación subvencionados y los soberanistas recalcitrantes se creen ya el cuento. Si no logra Artur Mas la mayoría absoluta se convertirá en un cadáver político que el hijo de Pujol enterrará en solemne funeral a los pies de la Moreneta. Hasta el diario "El País" que alentó un Estatut anticionstitucional y hasta el "cordón sanitario" del malhadado Tripartito, recordaba tachaba a Mas de "caudillismo" y calificaba su febril empeño de "peligro democrático".

Fuera complejos

El Gobierno reacciona, contraataca, parece que se mueve. Al menos en el terreno político e ideológico. Se ha sacudido incluso el complejo de hablar de una "España unida". Por ahí se empieza. No habría salido tan escaldado en los comicios vascos de haber sido algo más fiel a sus principios. Las primeras palabras de Obama tras su victoria electoral fueron referidas, precisamente, a la "unidad" del país. Y Merkel, con elecciones a la vuelta de la esquina, se refiere con insistencia a que la base de una Alemania fuerte es un pueblo alemás unido.

Este pueblo pasmado, descreído y laminado por una crisis indomable, reclama a gritos un Rajoy a la ofensiva. Aunque la Comisión Europea agoste el espejismo de unos mínimos indicadores positivos. Aunque el taimado Draghi oscile entre el aliento y la zancadilla. Aunque las cifras del desempleo sepulten mensualmente todo brote de esperanza. Aunque los sindicatos cerriles y trasnochados jueguen impunemente a la revolución pendiente con el dinero de todos. Aunque el estamento financiero ignore la desabrida y lacerante realidad. Aunque el lobo del nacionalismo obsecuente desafíe nuestra convivencia desde sus tradicionales reductos, porque tras Cataluña vienen los totalitarios de Bildu. Aunque... aunque...

No coinciden las encuestas con el laborioso ministro De Guindos y su invocación, más que anuncio, a "un futuro brillante" para España. Pero el doblegado espíritu de una sociedad vapuleada necesita aferrarse al clavo ardiente de un Gobierno que toma con decisión las riendas y que promueve iniciativas capaces de dar la vuelta a una situación agónica. Que las palabras se transformen en hechos. Que las medidas se ejecuten. Que destierre la máxima de que la mejor terapia es el desestimiento o, peor aún, la autoindulgencia. Que abandone esa anestesiante sensación de que poco se puede hacer o de que incluso el Apocalipsis es apenas un episodio modesto y superable. ¿El Gobierno contraaca?. Así sea.


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