A contratiempo

El rey tiene un portátil

Felipe VI ha colocado un portátil en su nuevo despacho. Gran novedad, señalada muy oportunamente por los reporteros que menudean la Casa. Un portátil en el despacho del rey, que antes era el despacho del otro rey. Porque ahora tenemos dos reyes y dos reinas. Un rey que se va, a las prisas, aunque no sabemos dónde. Y un rey que acaba de llegar con un portátil bajo el brazo. Signo de modernidad, ha dicho alguno de los cronistas. Y no se ha atragantado. Cierto que el rey saliente no tenía ordenador en el despacho pero tenía un armadillo, que es esa especie de roedor blindado tan poco frecuente por los páramos de España. Cosas de viajar.

El nuevo rey, además de portátil, tiene un móvil sobre la mesa. El rey saliente también tenía móvil, porque alguna jugada le gastó en acto oficial, pero no lo ponía sobre la mesa cuando recibía al presidente del Gobierno. Lo consideraría una ordinariez. Para eso están los edecanes, para traerte el móvil.

Un 'puente' inédito

También el nuevo rey ha colocado el retrato de Carlos III a sus espaldas. El rey saliente tenía a Felipe I de Parma, tercer hijo de Felipe V e Isabel de Farnesio, cuyo mayor logro fue haber fundado la casa Borbón-Parma. Ya no está. El retrato. Ahora la pared noble del despacho del nuevo rey en la Zarzuela la ocupa Carlos III, que es un Borbón muy querido por los madrileños por lo de la puerta de Alcalá (el 'Rey alcalde') y muy amado por los catalanes (por los medianamente leídos, no por los hijos de la inmersión) porque permitió la apertura de sus puertos al mercado americano (lo que viene siendo 'la pela'). Carlos III, pues, podría haber ejercido en su momento de eso que llaman ahora 'puente' entre Madrid y Barcelona, entre el Gobierno central y la Generalitat, entre el Estado y la 'nación catalana'.

Carlos III fue mucho más rey que el de Parma, hasta el punto de que hay quien lo sitúa como el mejor rey de la Historia de España, sin menospreciar a Carlos V y a Felipe II que hicieron y deshicieron un imperio. Ahí es donde entran los escrutadores del despacho del nuevo rey, en lo del portátil y el retrato. Dado que lo del ordenador no da para más, recuerdan la promesa de renovar la monarquía que hizo Felipe VI en su mensaje de proclamación. Algo forzada y voluntarista, ya hemos visto, esa figura de equiparar la irrupción del portátil con la voluntad de modernizar la Institución.

Atender al discurso

En cuanto a Carlos III, algunos columnistas audaces incluso lo sitúan en la voluntad de Felipe VI por hacer frente al endiablado laberinto en el que un descerebrado 'president' ha situado a Cataluña. También recuerdan que el nuevo rey, desde el estrado de las Cortes, mencionó a Espriu y dio las gracias en 'las cuatro lenguas'.

Si la renovación de la monarquía, en situación ahora tambaleante por decrépita, y la solución al 'encaje de Cataluña pasan por el portátil y por el retrato de Carlos III de la Puerta de Ana Belén, vamos mal. Recomiendo, mejor, atender algunos de los pasajes del discurso del joven rey, en especial esas referencias a la independencia de la Justicia, a la separación de poderes y a la honestidad de la Corona.

Pistas y señales

Algunos columnistas sabios, de esos que lanzan decretos para la eternidad, lo han despreciado por su tono menor y su renuncia a la épica. "Tiene tiempo sobrado para hacerlos mejores", le han perdonado, con esa suficiencia ilustradita. Esos escribidores se la pasan añorando a Churchill. Pero como guía de lo que cabe esperar del nuevo reinado, el discurso no despista, se asienta, toma las riendas de la situación, enfila el camino correcto, desvela con corrección algunas inquietudes nacionales, subraya ciertas urgencias y no incurre en el fárrago de las promesas huecas. En fin, llega hasta donde puede llegar un rey constitucional, cuyo marco de actuación está perfectamente delimitado por la Carta Magna y cuyo terreno de juego lo perfila, día a día, el Gobierno emanado del Parlamento. Ha dicho Felipe VI a las instituciones y a las instancias políticas que hay que moverse, que hay que pasar a la acción porque, caso contrario, a todos les arrollará el tren. Un discurso, despreciado por los golillas del columnario periodístico y por los nacionalistas macilentos, nos da muchas más pistas que el portátil y el retrato del bueno de Carlos III. Confiemos en que todo salga bien. Aunque ya sabemos con Gil de Biedma, que lo más difícil en esta vida es no hacerse ilusiones para las próximas tres horas. Imaginen para los próximos treinta años.

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EL VARÓMETRO.- Escribía el impagable Onega que uno de sus señoritos, el conde de Godó, fue "saludado como un símbolo de Cataluña" en la recepción del Palacio Real. // ¿Envió en verdad alguien de Prisa unos papeles a Zarzuela para que el rey los tuviera en cuenta en su discurso? ¿Y que Felipe VI los ignoró olímpicamente? // El desprecio de don Juan Carlos hacia la reina Letizia y la elegante sabiduría de la reina Sofía, dos gestos para la historia. 


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