A contratiempo

El protocolo y la infamia

Antes se le decía 'método' o 'procedimiento'. Ahora lo llaman 'protocolo'. Se ha metido el protocolo en nuestras vidas de forma súbita, sin aviso previo. Y ha ocupado, además, un papel protagonista. Protocolo para las vallas de Melilla. Protocolo para el conductor del Alvia. Protocolo para el virus del ébola. Estamos rodeados, conducidos y gobernados por protocolos, apenas sin saberlo. Sólo conocíamos la novela de Forsyth, pero su cuarto protocolo iba de espías.

Decía el rey padre que el protocolo está para saltárselo. Campechanía. Pero se refería a otro protocolo. El que aparece como primera acepción en el diccionario. "Regla ceremonial diplomática o palatina establecida por decreto o por costumbre". El protocolo del que todo el mundo habla con la circunspecta ignorancia del consultor, tan sólo figura en el quinto puesto de la RAE: "Secuencia detallada de un proceso de actuación científica, técnica, médica...". Y también nos lo saltamos.

En el corazón de África

Los guardias civiles de Melilla se quejan de falta de protocolos para abordar la invasión de subsaharianos por el vallado. El conductor del tren de Santiago esquivó al parecer el protocolo al hablar por el móvil cuando conducía un ferrocarril con cientos de personas a 220 kilómetros por hora. Han ignorado clamorosamente el protocolo algunos responsables sanitarios en el brote del ébola que tiene sumido al país en un estado de pavor y perplejidad.

Cuando se hacen las cosas bien, cuando el protocolo se cumple, las cosas salen bien. Se hizo lo más difícil. Repatriar desde el corazón de África a dos religiosos, con largos desplazamientos en avión, traslados desde aeropuertos, largos trayectos en ambulancias, ingresos en hospital. Venían a morir a Madrid. Y no sucedió nada. Profesionales de las Fuerzas Armadas y sanitarios de Madrid culminaron la proeza sin contratiempos.

Nada se hizo bien

Hasta que, al parecer, alguien se saltó el protocolo, en un momento determinado, y se rompió la cadena. Como un castillo de naipes. Nada se hizo bien, dicen ahora los expertos y no reconocen los políticos. Quitarse el traje sin asistencia, la deficiente atención telefónica desde el Carlos III, la comparecencia ante el internista de Alcorcón, la visita a la peluquería, el desplazamiento de la ambulancia, el internista que se entera por internet... Más que interrogarse sobre cuándo se incumplió el protocolo habría que hacerlo sobre cuándo se cumplió. Parece que ni una sola vez. (¡Ánimo, Teresa!, lo único importante.)

Han sido días de furia, de arrebato. De pasiones encendidas, de oportunismos lacerantes. De malear a una opinión pública profundamente cabreada para empujarla hasta las lindes del desbordamiento emocional. La sensatez, la prudencia y la mesura han perdido la batalla. Son tiempos de griterío, de demagogia y de ruido, mucho ruido. De mezclar en la coctelera de la agitación los recortes con las témporas. Un médico alto como un pívot llenó páginas con su denuncia de que el traje le venía corto de mangas. ¿Y le tiraba de la sisa? Días de dolor y de impostura. De casi todo vale con una turbamulta espantada.

El protocolo lo aguanta todo. Es el perfecto refugio de la falsedad y de la infamia. Del reproche y el afán de justicia. Total, estamos instalados en el postulado del clásico: si no te cogen en una mentira es como si estuvieras diciendo la verdad. Por unas horas se instaló entre nosotros la frase inextinguible del capitán Ahab cuando divisó la ballena blanca: "Todos la vemos, pero no quiere decir que es real". La realidad y la verdad casi nunca van de la mano. Y en caso de duda, se echa mano del protocolo. Todos lo ven, pero no quiere decir que exista. Sirve igual para un roto que para un descosido. Así de líquida es la moral de nuestra sociedad. Así de lábil es nuestro pensamiento único. Nos hemos sometido al imperio de la manipulación acomodaticia y hemos dado esquinazo al conocimiento y la reflexión Una mentira, repetida cien veces en televisión se convierte fatalmente en una verdad. Y hasta en un programa político, y quizás hasta en una forma de gobierno. Y hasta en Mobby Dyck, si me apuran. Todos lo ven pero no quiere decir que exista. Parafraseando a Goethe, cuando no tengas una idea, invéntate un protocolo.

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EL VARÓMETRO. Tan soberbio Spottorno, tan estricto que le daba lecciones de ética a Aznar y se gastaba él miles en spas y masajes con la tarjeta 'black' del dinero de todos. // Felipe VI debe revisar su núcleo de amistades. López Madrid, también con tarjetita, le ha dado un disgusto serio. // Don Juan Carlos con doña Sofía, con doña Letizia. ¿Para cuándo el reencuentro público de don Juan Carlos con su hijo?


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