A contratiempo

El presidente inmóvil y los puentes de San Petersburgo

Como era un bruto, a Ortega y Gasset, luego de leer a Proust, sólo se le ocurrió escribir que "llega al límite de la máxima lentitud soportable". La lentitud ajena produce irritabilidad, encono, cabreo y hasta desesperación. Sólo se admite como mérito en el toreo y en el "blues".

En política nunca es bien apreciada. Más bien, lo contrario. El caso más paradigmático es Mariano Rajoy. Le reprochan que deje pudrirse los temas hasta que, ¿ellos solitos?, se solucionen. Se le tacha de perezoso, de abúlico, de displicente y de encarnar la quintaesencia de la pachorra. Al menos habría que reconocérsele dos grandes virtudes: un vivo don para observar las debilidades del prójimo y una notable elocuencia para formular sarcasmos.

El reto soberanista lanzado tras la Diada del pasado año por Artur Mas, a empujones de ERC, es el último ejemplo de este estilo "marianista" de hacer política. Durante meses se le ha echado en cara, quizás con cierto criterio, su inmovilismo frente al más peligroso desafío que tiene planteado nuestro país en su tercera década de vida como democracia. El nacionalismo catalán ha puesto su horizonte en la independencia y lleva un año caminando cerrilmente en esa dirección. No gobierna, no crea riqueza, no impulsa la creatividad empresarial, ni el dinamismo económico, ni el vigor financiero. No sabe hacerlo ni le importa. Su meta no es lograr el bienestar de los ciudadanos. Es la secesión.

Rajoy, con su actitud aparentemente contemplativa y "tancredil", ha despertado recelos, ha recibido críticas, ha cosechado reproches desde todos los sectores. Oposición, medios, opinión pública y hasta desde sus propias filas. "Cataluña se quiere marchar y Rajoy no hace nada", se ha escrito y voceado cientos de veces. En privado, el aludido templaba los ánimos de sus fieles: "No seré yo quien pase a la historia como el presidente que permitió la fractura de España". Una convicción firme y razonable que algunos de sus consejeros le animaban a que voceara en público. "No pienso responder a las bravatas de Artur Mas", respondía quedamente.

Tras conocerse esta semana el encuentro secreto de Moncloa entre el presidente del Gobierno y el presidente de la Generalitat, tras difundirse sus telefonazos veraniegos, tras desvelarse sus frecuentes contactos, llegó la campanada en forma de frenazo al famoso plebisicto. Artur Mas anunciaba que el referendum podría esperar y que ya veremos en las elecciones de 2016. A lo que Rajoy respondió con una parábola muy de la casa sobre la necesidad de diálogo y de mantener tendidos los puentes, como en San Petersburgo, la ciudad desde la que hablaba, que tiene más de trescientos pontones que unen y cruzan sus canales. "Mejor es hablar que no hacerlo".

Un gran país

Desde marzo, Mariano mano lenta Rajoy y Artur Mas conversan y negocian en secreto. "Yo hablo con Mas y con otros presidentes. No voy a dar detalles, ni yo ni nadie. Es una conversación más. Un asunto importante para los ciudadanos de Cataluña y de toda España. Lo que voy a hacer es trabajar para que España continúe en un proceso en el que juntos, durante más de 500 años, podamos hacer de este país un gran país", dijo el presidente. El primer fruto visible es el anuncio del frenazo al referendum en vísperas de la Diada. Luego, ya veremos. A cambio de qué y en base a qué compromisos.

Rajoy, además de lento y silente, es receloso y desconfiado. Conoce el percal. "El silencio recatado es el refugio de la cordura", sentenció Gracián. Descree de los medios, sólo conversa con muy pocos periodistas y excepcionalmente se sincera con muy pocos compañeros de partido y aún de Gobierno. El círculo de confianza del presidente es muy estrecho. Su mano izquierda raras veces sabe lo que hace la derecha. "Lo que no quieras que sepa tu enemigo no se lo digas a tu amigo", aconsejaba Schopenhauer.

Su afamada parsimonia le ha provocado lluvias de venablos tanto con la amenaza del tremebundo rescate europeo como con el tan manoseado "caso Bárcenas". Lo primero le ha salido, por ahora, medianamente bien. Ni rescate ni intervención. Cuánto augur y cuánto analista deberían enterrar sus consejas a quince palmos bajo tierra. Pero las reformas españolas marchan bien. Obama y Dragui así lo valoraron en la reunión del G-20. Sobre el ex-tesorero trincón, mucho ruido de tertulia y poca novedad de juzgado. "Ya hemos dicho todo lo que teníamos que decir" es el nuevo karma de Génova y Moncloa en este particular. Que hable el juez Ruz. Incluso el incendiado diferendo sobre Gibraltar "acabará bien", declaró, en avanzado estado de optimismo, el propio Rajoy tras entrevistarse por dos veces con Cameron en la cumbre occidental de este fin de semana.

Y queda la crsis económica y el paro. Sobre ese endiablado asunto, que ofrece ahora algunos destellos positivos, se le reprocha que cuando comience el despegue, el avión del PP dejará en tierra a cinco millones de españoles. Y sobre el difícil sudoku de Siria, donde el pusilánime Obama trae loco a medio orbe occidental, ya se ha escrito que "Rajoy nunca se mueve y cuando se mueve, lo hace en la dirección equivocada". Los hay que husmean ya el rastro de un Irak.

Algún poeta argentino bautizó al Río de la Plata que baña Buenos Aires como "el río inmóvil", porque sus aguas parecen quietas. Pero en realidad fluyen mansamente y alcanzan siguilosamente el mar. Rajoy, aparentemente estático o como hibernado, bordea el límite de la máxima lentitud soportable. Es cierto. Eppur si muove.

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EL VARÓMETRO. Muy ocurrente la astuta ministra Pastor cuando, mirando a Artur Mas, le espetó en Barcelona aquello de: "La política es el arte de nunca hacer tonterías". // Atentos al invisible ministro Morenés. Le llegan los focos con Siria. Al borde de un ataque de irisipela. // Montoro se crece ante los "cachorros" del PP. Anuncia que España supera los pronósticos de recuperación. Templanza, hermano.


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