A contratiempo

La patota de Iglesias

Hubo un Iglesias en la Argentina post-Videla, llamado Herminio, que logró casi un imposible en la tradición de su país: derrotar al peronismo, curiosamente, partido en el que militaba desde la juventud. Iglesias era un tipo violento y elemental, nariz de boxeador, jerga de patibulario, conducta hosca y escasamente amigo de los usos democráticos.

En las primeras elecciones generales tras la caída de la dictadura militar Iglesias tuvo la feliz ocurrencia de cerrar el mitin peronista pegando fuego a un ataúd de la Unión Cívica Radical, el partido rival, ante un millón de asistentes y diez millones de televidentes. Con ese simple acto, el disparatado Iglesias movilizó con tal entusiasmo a la apacible y doliente sociedad argentina, que salía de ocho años de violencia y terror, y la lanzó en masa sobre las urnas para entregarle el voto a los radicales, que ni se lo esperaban. En efecto, Iglesias encaramó inopinadamente en la Casa Rosada a Raúl Alfonsín, un político insípido, anodino, de formación krausista, quizás masón, humilde, sensato, prudente y austero. Es decir, el reverso del peronismo. El miedo a Iglesias y sus matones, a su patota descerebrada, a su pandilla de energúmenos, a ese justicialismo bronquista y criminal que se ha enseñoreado de la historia argentina los últimos setenta años, hizo salir de sus casas rumbo al colegio electoral a cientos de miles de escépticos ciudadanos que refrendaron con su voto su anhelo de una democracia tranquila y aburrida. Después de 22.000 muertos y otros tantos desaparecidos, los argentinos querían de todo salvo el voto del ataúd.

Simpatía por los populismos

Por aquí circula otro Iglesias, Pablo, nada que ver con la extrema violencia del pistolerismo salvaje y gangsteril del peor peronismo. Pero simpatiza con Cristina Kirschner, con los populismos autoritarios iberoamericanos, le reía las gracias al 'admirable' Chávez, inclina la cerviz ante Castro y piensa que eso de la democracia carece de sentido salvo que se le añada lo de 'popular'. Pablo Iglesias, experto conocedor de los medios de comunicación, no quema ataúdes en los actos públicos, pero se muestra comprensivo y contemplativo con gentes que algo de eso saben.

Iglesias ha trocado el gesto apacible y gentil por una mueca crispada y desabrida, agresiva hasta el insulto y amenazante hasta el hedor

El Pablo de por aquí, hasta hace nada, pasaba por ser un tipo simpático, un joven profesor con excelente tiro de cámara, hábil dialéctico, correoso en el debate y generoso en la sonrisa. Más de un millón de votos compraron en las europeas su mercancía de castigo y desquite. Pero en las últimas semanas, todo ha cambiado. Iglesias ha trocado el gesto apacible y gentil por una mueca crispada y desabrida, agresiva hasta el insulto y amenazante hasta el hedor.

La hora de la venganza

El pringue de las corruptelas ha salpicado ya a alguno de sus apóstoles, gente que se decía pura e impoluta. De tan inmaterial, casi ingrávida. Se han quitado las caretas y han pasado a la ofensiva. "Nos han declarado la guerra y la vamos a ganar", explotaba Monedero, un alfeñique intelectual, embadurnado con salarios camuflados, regates al fisco, empresas fantasma... 

Donde había corrección ahora hay insultos y donde había argumentos, amenazas

"Tic, tac, tic, tac...", ya llega la hora de la venganza, anunció Iglesias en expresión de éxito. Los relojes de Podemos no son los de Dalí. Aquellos, chirrían como un conejo estrujado. "Quien ataca a Íñigo, a Monedero, a Tania, me están atacando a mí", advertía áspero en el mitin de Valencia. Rodeado de su fiel gavilla de asesores, Iglesias desembarca últimamente en los platós con ánimo agrio y pendenciero. Donde había corrección ahora hay insultos y donde había argumentos, amenazas. Donde había diálogo, ahora hay bilis. Su discurso se ha apantuflado, desbordado ahora de escarnios y de injurias. Iglesias ya no es tan guay. Es el líder de un partido que sigue encaramado en los sondeos pero ha empezado a despertar recelos. Los ángeles flamígeros de la limpieza ejemplar, los héroes justicieros contra la casta hedionda, son ahora objeto de críticas por trileros y falsarios. Y se esconden en el metro.

Todo ha cambiado en tiempo de vértigo. De pedir explicaciones han pasado a tener que darlas. No se les ha declarado ninguna guerra. Sencillamente, carecen ya de aquella bula del tertuliano admirado y aplaudido. Ahora tienen que hollar, penosamente, por la dura realidad de la política, una vez que han sido expulsados de su paraíso. Ayer empezaron por Madrid regalando sonrisas y retando al PP. A Rajoy se le ponía cara de Alfonsín. Movilizados los quiere Moncloa.

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EL VARÓMETRO. Rajoy dio plantón en el 25 aniversario de Antena 3. Por la Sexta. Envió a Soraya, buena amiga de la casa. Estaban los Reyes, Zapatero con todos sus amigos del basket, ahora directivos del canal. Y Carlotti, el más listo de la cuadrilla. // Súbitamente, reapareció Wert. ¡Vaya, todavía es ministro! // Sin Javier Monzón en Indra, puede darse al fin por consumada la Transición. Seis meses ha sobrevivido a la abdicación de su mentor. // 


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