A contratiempo

Ser optimista es de estúpidos

Nada hay más estúpido que un rostro feliz, decía Buster Keaton, llamado por aquí 'cara de palo'. Hablaba Rajoy, al concluir el 14, que éste en el que estamos, el 15, será el año del despegue. Cifras y analistas avalan un cierto optimismo, pero reconocerlo en público es propio de pelotas, tiralevitas, mentecatos y trepadores. O, sencillamente, de estúpidos. Aun así, algunos incluso están dispuestos a reconocer una leve brisa de alivio. Algo sobrevenido, casual, en absoluto debido a la gestión del PP, horripilante y lapidable como es bien sabido, sino a la coyuntura externa. Serán los vientos del precio del crudo los que aliviarán la travesía del Gobierno en este fatídico año electoral. O Draghi, como cuando el no-rescate, que ya anuncia que tirará de chequera a fin de mes.

Las cosas irán económicamente a mejor. Hay índices sobre el crecimiento y el desempleo que así lo anuncian. Pero la gente, apaleada durante siete largos años, todavía no se lo cree. Unos porque no lo notan y otros porque no se fían. Y hacen bien. Pasó ya el tiempo de confiar en la palabra de los políticos. De ahí que en los sondeos, el escepticismo se balancea entre el setenta y el ochenta por ciento. España se ha abonado al pesimismo porque nadie que abandona una sima inemisericorde se pone, al segundo, a bailar alegremente por sevillanas. Lo normal es abrir tenuemente los ojos, palparse la ropa, mirar al entorno, comprobar cómo anda la familia, y al fin, esbozar una tímida sonrisa.

El patinazo del ministro

Se equivocó De Guindos al afirmar, en la segunda mañana del año, que "nadie tiene ya miedo a perder su empleo". Los ministros del PP cuando van a la Ser patinan como un muñeco de Frozen. Quiso decir, seguramente, que ya no hay tanto miedo como antes, pero el miedo, ahí sigue, rebajado y atemperado, pero latente.

Coincide también esta lenta evolución hacia 'el despegue', según el término utilizado por el aparato de márketing de Moncloa, con el año de la cita con las urnas. No sabemos si serán dos, tres o cuatro elecciones (catalanas y andaluzas están por decidir). Pero en esta tesitura, reconocer siquiera una décima de éxito a la gestión del Gobierno resultará poco menos que una herejía. En periodo electoral, la única cantinela que se va a escuchar desde las filas de la oposición es la del estrepitoso desastre. Este es el nombre del juego. Cuanto peor, mejor.

Los medios, los altavoces, las tribunas, los diferentes púlpitos tertulianos se van a llenar de mensajes apocalípticos que plasmarán situaciones crueles, negros horizontes y catástrofes de todo cuño. Es lo que toca. Pensar que, en medio de ese coro monocorde y vocinglero pueda germinar la semilla del optimismo es tan ingenuo como creer en el padrón de Podemos. Un disparate. Bien claro lo pinta la demoscopia: los españoles descreen del fin de la crisis. Ni por asomo confían en que las cosas vayan a mejor, en que el túnel ha quedado atrás, en que es posible la esperanza. Ya nadie está convencido en creer en el hecho de creer.

El mensaje navideño

Difícil darle la vuelta al panorama. Aunque el Gobierno confía en que, finalmente, a lo largo de estos doce largos meses de campañas varias, los datos se impongan a ese miserere tenebroso. Ni siquiera el Rey nos concedió, en su mensaje navideño, una ventanita a la esperanza. La sugerencia de 'La Vanguardia' parece, sin embargo, interesante. Después de esta interminable y sombría tarde de domingo, que ha devorado años enteros de nuestra vida, toca mudar levemente el espíritu y aferrarse a lo que el diario del grande de España denomina 'el mejorismo'. Un término que nada tiene que ver ni con el 'amejoramiento' del Fuero navarro ni con el 'buenismo' zapateril. Se trata, en suma, de apostar a que 'cuanto mejor, mejor', algo que chirría quizás con el estado de ánimo de tanta buena gente y, desde luego, con la norma que dictan los políticos de la izquierda y sus terminales, abrazados todos al lúgubre tremendismo como libro de estilo.

El marianismo irracional

El optimismo no está bien visto. Ni tiene buena prensa ni siquiera una razonable acogida social. Los optimistas son mentecatos, analfabetos, necios o fachas. Por eso, para evitar descalificativos, menosprecios y hasta insultos, la opción del 'mejorismo' parece prudente. De una cobardía razonable pero, en estos singulares tiempos que vivimos, quizás adecuada. No se puede salir a la calle y ensalzar la labor del Gobierno, porque te tomarían por un extraviado mental o un maniaranista adocenado.

Pero también el cuerpo pide abandonar levemente la lóbrega espesura de los predicadores del averno aunque sólo sea para no viajar en el mismo autobús en el que está acomodado tanto canalla sin escrúpulos. Además, lo de 'mejorismo' se adapta a la perfección a lo que representa la quintaesencia del marianismo. A saber. Que, como decía Fernán Gómez, hay que intentar que las grandes ideas sean pequeñas, superficiales y cotidianas. Por no ofender. Luego ya, si se le vota o no, será otro cantar. La felicidad, ya se sabe, es un olvido transitorio de la condición humana.

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EL VARÓMETRO.- Se ha quedado en nada el prometeico Artur Mas tan sólo dos meses después de su desquiciado plebiscito apócrifo. // Que nadie espere sorpresas en el mensaje del Rey en la Pascua Militar. Harto hubo ya con su discurso de Nochebuena. // El Rey Padre en Beverlly Hills. ¿Y don Felipe? ¿Dónde pasó la Navidad la Familia Real? Cuentan cosas singulares de la velada de Nochebuena en la Zarzuela. // En el foco de la noticia. Según llegaba a Atocha el ministro del Interior, ocurría la alerta terrorista que, afortunadamente quedó en nada. // Este año puede ser el del punto final de Rosa Díez y de UPyD. 


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