A contratiempo

La noticia más soñada aun no ha llegado

Empecemos por el principio y no nos irá mal. Ni ETA ha sido derrotada ni mucho menos ha desaparecido. Tan solo ha enfundado la pistola en la cartuchera. Pero sigue armada, por lo que fuere menester. "El final de ETA" era la respuesta-tópico al cuestionario Proust sobre qué noticia querría usted leer en el diario de mañana. Estos días la hemos leído, la hemos escuchado y hasta la hemos recibido envuelta en lágrimas. Y hemos asistido a eufóricos repiques de campanas por parte de quienes, no hace nada, afirmaban que "el único comunicado de ETA que nos interesa es el de su disolución". A la vista está que no ha sido así.

La fatiga por más de cuarenta años de locura criminal ha producido esta desmedida reaccón colectiva. De ahí las felicitaciones y hasta los llantos, muchos de ellos tramposos y electorales. Otros, sinceros y hasta conmovedores. Pero todos ellos, exultantes en exceso si se piensa en que celebran algo que en absoluto se ha producido.

Pero quien quiera ver, que vea. ETA ha interrumpido la "actividad armada" en forma "definitiva" mientras su brazo político se fortalece, mientras sus socios y concubinos se adueñan de las instituciones democráticas del País Vasco en lo que es una estrategia diseñada por los terroristas desde casi sus orígenes. ETA no es un mero grupo gangsteril integrado por una cuadrilla de malvivientes que asesina para enriquecerse. ETA ha utilizado siempre el terrorismo para alcanzar sus objetivos: la instauración en una parte el territorio nacional de un régimen nacionalista y totalitario. Ya se está viendo en aquellos ayuntamientos donde gobiernan los representantes de Bildu, aunque todavía se oculten bajo la piel de corderos demócratas. Hostilidad y hostigamiento a quienes representan a los partidos "españoles". Persecución y señalamientos a los mimebros de las Fuerzas de Seguridad.

Rodríguez Zapatero le confesó a su padre que ahora ya podía retirarse satisfecho a su refugio de León, una vez concluida su magna labor de pacificación. Felipe González y Rubalcaba protagonizan estos días impúdicas exhibiciones sobre su responsabilidad en el fin de la amenaza terrorista. La realidad es bien diferente. El legado del Gobierno socialista no puede resultar más inquietante para su sucesor. Una ETA, en efecto operativamente debilitada pero más fuerte, consistente y mejor instalada económica, política e institucionalmente que nunca. Exige ya negociaciones, medidas de beneficios penitenciarios, mesas de diálogo y hasta reclama el papel de interlocutor con los Estados español y francés. Bajo la amenaza siempre latente de la violencia y el terror. Este es el panorama, erizado de trampas y dificultades, que el futuro Gobierno, posiblemente de Mariano Rajoy, tendrá que afrontar.

Incluso los espíritus más bonancibles y voluntariosos, quienes han querido ver en el comunicado famoso de los etarras el final de una era de llanto y dolor, son conscientes de que quizás la victoria no ha sido completa, de que no ha habido derrota de los asesinos, de que la paz no puede estar sedimentada en la ausencia de justicia, de que mientras los Usabiaga y los Rufi Etxebarria sonríen felices, las víctimas no hacen lo propio. Y no lo hacen porque ven al asesino de un niño pavonearse provocador como candidato de Amaiur, otra franquicia de los etarras que aspira a colarse sin problemas en el Congreso de los Diputados.

No estamos, pues, ante la gran noticia por todos soñada. Esa solo llegará el día en el que los asesinos purguen sus delitos sin trampas, condiciones o exigencias. Y aún estamos muy lejos de conseguirlo. Si en verdad se nos logra.


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