A contratiempo

La noticia de la muerte de Rajoy es prematura

Dado por muerto en un avance informativo, un periodista prolijo telefoneó a casa de Borges para corroborar. La mucama le pasó el aparato. "Me alegro de que la noticia de su muerte sea apócrifa", le trasladó el reportero. "Más que apócrifa, la noticia de mi muerte es prematura", respondió el escritor.

Cuando, según Duran i Lleida, el presidente de la Comisión Europea se interesó sobre la situación española y le interrogó acerca de si el turmoilBárcenas podía provocar la caída de Rajoy, el dirigente catalán bien podía haberle respondido lo propio: "La caída de Rajoy es prematura".

"Los muertos que vos matáis"... Mariano Rajoy compareció ante la sesión parlamentaria más comprometida de su mandato en muy débil y delicada situación. Su largo silencio sobre el escándalo de la libreta del tesorero había alentado una imagen de ocultamiento y sospecha. Agoreras versiones sobre su futuro político no sólo menudeaban por los cenáculos madrileños, sino que socavaban la moral de su propio partido y difuminaban el tradicional escepticismo de las capitales europeas, a saber, Berlín y Bruselas.

No acudió Rajoy a la sede parlamentaria llevado del ronzal de la oposición, como inútilmente hacían llegar los voceros de la agitación mediática de Elena Valenciano. Lo hizo preocupado por la desmoralización de su gente, que comulgaba con ruedas de molino supuestamente intragables, y por las negras tormentas que amenazaban con cimbronear los plácidos mercados.

Dos mensajes, dos auditorios

En una de sus más vibrantes y brillantes intervenciones parlamentarias, y tiene varias, Rajoy sacudió de un manotazo certero dos gigantescas dudas y tranquilizó a su más necesitado auditorio. "Me equivoqué" y "no me voy a declarar culpable porque no lo soy", afirmó, tonante, en dirección a sus huestes. "No voy a dimitir ni voy a convocar elecciones", espetó rumbo al corazón de la intransigencia europea.

Pérez Rubalcaba, desarmado y demediado tras la ingeniosa y letal enumeración de una habilísima cascada de citas caústicas y corrosivas, "fin de la cita", apenas logró hilvanar una línea argumental propia y se aferró al libreto -zigzagueante, contradictorio- que ha venido desgranando y publicando el "extesorero infiel". Las broncas acusaciones del líder de la oposición no se alejaban ni diez metros de la estrategia emanada desde una oscura mazmorra de Soto del Real. "Pero Alfredo... qué desastre, la política es otra cosa", murmuraba algún propio en una tasca cabe la Plaza de la Marina Española.

Es un error afirmar, como se ha hecho, que Rajoy se envolvió en la bandera del Estado para escapar de las sospechas, como un Superman con su capa roja frente a la criptonita. El presidente del Gobierno hablaba en condición de tal y en la sede de la soberanía nacional. No lo hacía como líder de un partido. De ahí su defensa férrea e incontestable de algunos principios sólidos del Estado de Derecho, cuales son la presunción de inocencia, la necesidad de que la política no sea un pelele al albur de la calumnia y la imprescindible necesidad de que la carga de la prueba ha de pesar siempre sobre quien acusa. "El Parlamento no es una comisaría". Quedó bien claro.

El valiente compromiso

Pero el pasaje crucial de su intervención coincidió cuando esculpió en el frontis de su credibilidad la severa afirmación de que ni él ni su partido han incurrido en actuaciones espúreas. Aseguró que jamás cobró dinero non sancto y que el PP no ha tenido jamás contabilidad opaca ni financiación ilegal. Su aseveración estaba dialécticamente bien construída. El latiguillo "no tengo constancia..." marchaba por delante.

Eso, en la literalidad. Porque su proclama de honestidad y honradez se ha recibido por la asqueada sociedad española como una juramento en toda regla. El CIS nos acaba de recordar la escasa fe del electorado en su clase política. Y lo mucho que abomina de la corrupción, a la que sitúa en la cúspide de las plagas que nos corroen.

Si en adelante, como algunos aseguran, trascendiera algún elemento realmente incriminatorio, es decir, sostenible judicialmente con pruebas irrefutables, la credibilidad del presidente caería hecha añicos y entonces, sólo entonces, la noticia de su muerte, política, dejaría de ser una noticia prematura.

Pero por lo visto hasta ahora, y aunque desde el seno familiar de Bárcenas y alrededores  se siga amagando con vídeos, grabaciones y más "marrullerías de papeles y fotocopias", la figura del presidente, de su partido y de su gobierno ha emergido reforzada de este severo compromiso.

Ya se preparan argumentos para ese agosto caliente que algunos quieren. Ya adelantan turbulencias en las declaraciones judiciales, como testigos, de Cascos, Arenas y Cospedal. Todo se andará. Pero Rajoy ha logrado trasladar el foco de la tormenta desde los cuarteles de Génova hacia la instrucción que dirige sin titubeos el juez Ruz para que los españoles se enteren, de una vez, de cómo consiguió el extesoreo amasar su fortuna, de cuántos participan en ese pasmoso cerro de millones, de qué nombres colaboraron en redondear ese tesoro y, sobre todo, despejar la duda de cuándo lo piensan devolver.

EL VARÓMETRO. Desespera el ministro Fernández con el bajísimo conocimiento de su persona que el CIS le endosa encuesta tras encuesta. Sólo el ministro Morenés le supera // La consejera Figar empieza a recibir fuego graneado por un cese incómodo pero quizás necesario // La ministra Mato se va de vacaciones feliz. Su puesto está asegurado, dicen en Moncloa. 


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