A contratiempo

El nacionalismo catalán naufraga en un "tupper"

Pretender cobrar tres euros a los niños que acudan con un "tupper" al colegio público es el último hallazgo del Gobierno catalán. Una propuesta que inundó las redes sociales, con todo tipo de críticas, chascarrillos y muestras de indignación a las pocas horas de que la misma Generalitat anunciara que no podría pagar los gastos de julio en residencias de ancianos, discapacitados y toxicómanos. Y unas horas después de que trascendiera que las nóminas de TV3, el colosal aparato de propaganda audiovisual de Cataluña también peligran.

El nacionalismo catalán ha naufragado. Ha quebrado. Ese movimiento político primario e hipnótico, que inflama los sentimientos y evita la razón, ha vivido la semana más tremenda de su reciente historia. "Nuestro único banco es España", resumió en forma harto expresiva el conseller de Economía, Mas-Colell, al anunciar a la BBC que su Gobierno tenía que acudir al rescate, a solicitar los fondos autonómicos que ha habilitado el Ministero de Hacienda. El terremoto económico que arrasa nuestro país se ha llevado por delante el decorado de una realidad insostenible. El Estado de las autonomías, fundamentado en el chapucero artículo VIII de nuestra Carta Magna, tal y como lo tenemos estructurado, resulta infinanciable.

A pedradas dialécticas, y de las otras, te respondían cuando no hace demasado tiempo se osaba plantear en público tal obviedad. Cataluña es la muestra paradigmática de ello. Además de la barretina, Els Segadors, la senyera, el hecho diferencial, la inmersión linguística y demás simbologías muy respetables de un pueblo anclado en profundas raíces históricas, una comunidad necesita algo más para recorrer su destino sin contratiempos. Gestión, rigor, seriedad y esfuerzo. La Cataluña del pujolismo empezó su declinar a mediados de los 90, después de una larga temporada de cava y rosas. De la Barcelona olímpica y de la Europa de las Regiones, de la prepotencia y el despilfarro. Un dato crepuscular: entre el año 2000 y 2009, Cataluña creció dos décimas menos que la media española. Algo estaba funcionando muy mal y nadie quería darse cuenta. Y no solo el delirante gobierno del Tripartito, una de las experiencias políticas más nefastas del pasado reciente. El mito de la Cataluña dinámica, vanguardista, industrial y casi prometeica se resquebrajaba peligrosamente.

"En cada manzana de nuestras ciudades tiene que haber una placa de la Generalitat para que se vea que somos un país", exhortaba Pujol a sus filas. La placa, naturalmente, estaba adherida la pared de un edificio oficial, rebosante de funcionarios con nivel tres de catalán, por supuesto. Trescientos mil empleados públicos. Una deuda de 5.500 euros por habitante y año. La de Madrid es de 2.500.

El sueño del nacionalismo, del "petit país" del nordeste de España se ha topado de bruces con la realidad. La maquinaria del gasto y la vertiginosa caída de ingresos se ha llevado los sueños ucrónicos de una burguesía que siempre se creyó no ya distinta sino superior a  al resto de sus compatriotas. Un amago de recurso de inconstitucionalidad a las medidas de ajuste autonómico decretado por el Gobierno del PP redondeaba la farsa. Finalmente, Artur Mas, el "president" que hace unos días reunía a 300 de sus más fieles (en una variante de las Termópilas a la catalana) y les animaba a convertirse en "los generales del ejército de la Generalitat, se ha rendido ante el terco ejército de los números rojos. Sigue reclamando un inabordable pacto fiscal, en su empeño de cargar las culpas de sus errores a Madrid. Pero el viejo victimismo cuatribarrado ya no rula.

En vísperas de una intervención europea, con una España acongojada y preagónica, es posible que haya que abordar de una vez la reforma de la asignatura pendiente de la organización territorial, tan improvisadamente diseñada por nuestra Constitución. ¿Estado federal? ¿Autonomismo asimétrico? La crisis marcará el camino. Y, quizás, las exigencias exteriores. Lo que queda claro es que lo que tenemos ahora no funciona. Parafraseando a Blake, España no puede soportar demasiada realidad.


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