A contratiempo

La maldición del fiscal

Parafraseemos a Gil de Biedma. De todos los cargos de la Historia de nuestra Justicia, el más triste es el de fiscal general porque siempre acaba mal. Así ha sido desde los tiempos de Melchor Rafael de Macanaz, (Hellín, Reino de Murcia, 16 de febrero de 1670-1760) primer fiscal del Consejo de Castilla, cuyo azaroso destino no pudo resultar más trágico. Gran jurista, estudioso, historiador, se vio enredado en las disputas dinásticas de la primera mitad del XVIII, se sumó al bando de los borbónicos lo que le acarreó enormes problemas hasta el punto de que, confiscados sus bienes, fue juzgado en ausencia por la Inquisición, huyó al exilio francés y a su regreso, ya con 90 años, acabó encerrado en el Castillo de San Antón de La Coruña, de donde salió para fallecer, sin gloria ni honores, en su pueblo natal.

Antecedentes sin honores

Difícil encontrar en el devenir de nuestra historia jurídica un fiscal general que haya conseguido culminar su carrera con el expediente limpio y la admiración como legado. Repasemos algunos de los más recientes. Burón Barba, Eligio Hernández, Jesús Cardenal, Conde Pumpido... Más se les recuerda por sus incidencias, sus altercados, sus tropiezos y hasta humillaciones que por un pasar honorable, merecedor de honra y respeto. Los fiscales sensatos no aspiran a esa dignidad.

Eduardo Torres-Dulce es una persona sensata y bonancible, de alto nivel profesional, de respetada trayectoria como jurista, hijo de un magistrado del Supremo y vocacionalmente entregado al mundo de las leyes. Aficionado al cine, escribía recensiones y libros sobre la especialidad, frecuentaba las tertulias de radio y televisión, y hasta colaboró en la elaboración de algún guion cinematográfico. Gozaba de la admiración y el respeto de sus compañeros hasta que un buen día Ruiz-Gallardón se cruzó en su camino y le llevó a la ruina.

Torres-Dulce se ha visto forzado a abandonar el cargo de fiscal general del Estado apenas tres años después de haber asumido el puesto. Y lo ha hecho forzado por las circunstancias y por el Gobierno, lo que ha producido una tormenta política que no se apagará fácilmente. Terminó mal con su valedor, el también dimisionario Ruiz-Gallardón. Y empezó peor con el sucesor, el ministro Rafael Catalá, quien nunca acertó a comprender qué hacía este fiscal de corto carácter y largas dudas al frente de uno de los sillones más comprometidos del edificio de la Justicia.

"A ti nunca te habría pasado esto", le confesó, quedamente a su predecesor, Conde-Pumpido, en una comparecencia pública en la que hubo de dar cuenta de algunas de sus decisiones. Deslizan que el fiscal socialista le respondió: "Cuando se ha de hacer una cosa, se hace". Y ese era, en efecto, el problema de Torres-Dulce, que le costaba tomar decisiones, acogotado entre su afán de autonomía del puesto y las responsabilidades ante el Ejecutivo que le nombró. Cuando venían mal dadas, aseguran que optaba a veces por perderse en una sala de cine o de conciertos.

El Ministerio Público se guía por un principio de jerarquía que ha de cumplirse. Depende orgánicamente del Gobierno aunque goza de plena autonomía. He aquí lo endiablado de este destino. "No te fíes de quien de todos fía", decía el clásico. Torres-Dulce, enemigo de disputas y de grescas, pretendía llevarse bien con todos. Hasta el punto de que cometió el error de mantener prácticamente íntegra la estructura heredada del fiscal socialista, tanto en la Junta de Fiscales como en la propia jefatura de la Audiencia Nacional. No tuvo siquiera en cuenta que el propio Conde-Pumpido lo había laminado de su puesto en la Fiscalía en aras del "reequilibrio ideológico" del Ministerio Fiscal. O sea, lo que se conoce habitualmente como la tradicional e inexorable purga.

El caso del tesorero del PP

Muy pronto se vio que iba a sumergirse en un piélago de problemas cuando el fiscal del caso se sumó decididamente a la petición de prisión para Luis Bárcenas, tesorero del PP, un affaire que ha producido enormes quebraderos de cabeza al partido en el Gobierno. Los desencuentros entre el Gobierno y el fiscal se fueron sumando sin pausa, hasta que desembocó en un verdadero desiderátum con ocasión del órdago planteado por el presidente de la Generalitat al Estado en forma de un referéndum apócrifo.

Lo inevitable sucedió y Torres-Dulce, que atravesaba un verdadero calvario personal y profesional, optó por dar un paso al costado y presentó gallardamente su dimisión mediante un comunicado de un par de líneas. El descomunal enredo había terminado. Pero no la escandalera política. El PSOE, por ejemplo, en un rapto de hipocresía sideral, ha llegado a reprocharle al Ejecutivo determinadas presiones sobre el fiscal, estando tan próximo el recuerdo de las togas empolvadas de Conde-Pumpido. La política es así, falsaria y descarnada.

Una mujer, Consuelo Madrigal, se sienta por vez primera en la historia en el sillón de Melchor Rafael de Macanaz. Ojalá en esta ocasión los vientos le sean más favorables y pueda conjurar la maldición que acarrea su puesto desde hace ya dos largos siglos. Lo que va, en suma, de Felipe V a Felipe VI. Los hados le sean propicios.

------------------------------------

EL VARÓMETRO. Susana Díaz, como la Penélope de Serrat, espera en la estación a que pase su próximo tren. Que lo haga en el andén y no en las vías. // Rajoy mira por los suyos. Ana Mato ya tiene un carguito en el Congreso que le supone un plus mensual de mil euros. // El jefe de seguridad de Génova se ha lucido. // El rigodón que desde el 9-N ejecutan Mas y Junqueras es tan ridículo que tan sólo conduce al portal de la carcajada. Independentistas van a quedar tres en Cataluña. 


Comentar | Comentarios 0

Tienes que estar registrado para poder escribir comentarios.

Puedes registrarte gratis aquí.

  • Comentarios…

Más comentarios

  • Mejores comentarios…
Volver arriba