A contratiempo

¿Hay que lapidar a Rajoy por no dar la cara a diario?

“Vive bien quien bien se oculta”, aconsejaba Shopenhauer, ese cínico tristón y desabrido. A Rajoy se le reprocha ahora, precisamente, que deje de hacerlo.  Esto es, le exigen que rompa con su norma de dosificar sus intervenciones ante los medios y de modular sus apariciones en público. Es decir, que se oculte, que no dé la cara, que no abandone su ya legendaria austeridad explicativa. Que se refugie en su tradicional hermetismo.

En estos albores de su mandato, abundan las voces que le cuestionan a Rajoy fundamentalmente dos aspectos de sus primeros pasos en la Moncloa. Primero, haber incumplido sus promesas electorales sobre fiscalidad, con una batería de contundentes aumentos de impuestos sobre las rentas de trabajo, capital y determinados tipos de inmuebles, y segundo, no haber aparecido en público para transmitir la mala nueva y apechugar con las consecuencias.

Las críticas le han llovido por doquier, tanto desde las trincheras propias como las ajenas. De las ajenas, lo previsto. Enredados en una guerra de sucesión cada vez más inclemente, los dirigentes del PSOE quieren centrar el foco de atención en el escenario gubernamental, y relajar así sus tensiones internas de cara el 38 Congreso del Partido, a celebrar a principios de febrero y, muy especialmente, a las decisivas elecciones andaluzas, donde las encuestas le vaticinan ya otro dramático revolcón.

Traición a sus postulados

Desde las trincheras propias también ha sido estruendoso el chaparrón de críticas a las medidas económicas de Rajoy y a su dupla, Guindos-Montoro, con abruptos reproches a lo que muchos consideran traición a sus postulados, deriva hacia planteamientos socialdemócratas y castigo cruel a las clases medias, supuesto vivero infatigable de votos del PP. Ayer mismo arreció el chaparrón tras un Consejo de Ministros algo vacío de contenido y con lo que ya muchos denominan un amago de “corralito” al limitar los pagos con efectivo. Lo malo de este mundo es que todos tienen sus razones, cabría parafrasear a Renoir, el cineasta.

Cabe pensar que Rajoy se ha visto impelido a dar la espalda a su coherente programa electoral y hasta a su propias palabras de hace tan solo unas semanitas, en el muy enjundioso y severo debate de Investidura. Las haya impuesto Bruselas, Merkel o su porquero, es cierto que ese apestoso cucharón de aceite de ricino en forma de dramáticas medidas fiscales resulta intragable. Pero, también, inevitable. ¿O no? Tanta carga sobre las espaldas de la iniciativa privada, de ahorros y nóminas y tan poco recorte sobre gasto público centrado el corazón de la polémica. ¿Se ha improvisado? ¿Carece Rajoy de plan B? ¿Conocía todo el mundo la cifra del déficit menos los nuevos responsables económicos del Gobierno?

Decir la verdad

Paciencia, hermanos. Demasiado pronto para incinerar a Rajoy en la pira pública. Cierto que sus homólogos europeos salieron a la palestra a comunicar medidas quizás más radicales cuando les tocó hacerlo. Y cierto también que él tendrá que incurrir en ese incómodo ejercicio. Y cuanto antes, mejor. Pero quizás también haya que tener en consideración que los próximos Consejos de Ministros alumbrarán medidas de importante calado, en el ámbito laboral, de reformas estructurales y de otras urgencias. Y será entonces, una vez conocido este rosario de iniciativas, confiamos en que corajudas, cuando se deberá elaborar el completo ejercicio de la valoración y el análisis. Es muy razonable el general griterio ante el arreón perpetrado contra los bolsillos de los contribuyentes y clases medias. Pero no sé si se antoja precipitada esa enmienda a la totalidad por parte de una importante representación de la opinión pública.

De lo que no cabe duda es de que comunicación y transparencia nunca huelgan cuando hablamos de asuntos tan sensibles. “Decir la verdad y nada más que la verdad”, ya saben. Y que las excusas del inmoral déficit socialista o lo reciente del aterrizaje del equipo gubernamental son difícilmente digeribles. Pero no por eso resulta aconsejable apedrear al nuevo presidente cuando apenas hace unas horas que saltó a la cancha. Habrá tiempo para ello. Y a lo mejor con mayor motivo. O no.


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