A contratiempo

El juez que rabió

Estamos preparados para la amistad pero no para los amigos. El juez Castro y el fiscal Horrach eran amigos, trabajaban juntos, instruían juntos, paseaban en moto juntos. Como dos héroes en una película de John Ford. Hasta que una infanta de España se cruzó en su camino y la amigable relación derivó en guerra de togas. "Que me denuncie por prevaricación", le espetó el juez al fiscal este viernes, luego de leer su recurso. Castro, incendiado e iracundo, dijo basta.

No podía salir bien. Un juicio superfarolítico que casi se lleva una monarquía por delante, es fácil que arrasara con una modesta amistad. De auto en auto, de recurso en recurso, el deterioro de la relación iba en aumento. Menos charlas, menos gintonics al salir del despacho, menos paseos en alta cilindrada. Castro y Horrach, Horrach y Castro. Fue muy hermoso mientras duró.

La última palabra

El estrambote de la amistad ha sido un estallido estruendoso. El auto del juez Castro, de un nivel jurídico discutible, fue respondido por el recurso del fiscal Horrach, agudo e hiriente. Malo que la amistad se esfume pero no que acabe a las trompadas. La Audiencia de Palma dará y quitará razones.

Volvamos a los amigos. Al juez Castro, un funcionario de prisiones encabalgado en la toga de juez por el cuarto turno y a minuto y medio de su jubilación, es el principal protagonista de esta singular historia. Entremos en su auto que es una pieza curiosa en la que, desde el observatorio de un profano, incurre en dos grandes errores. Pretende ser un 'yo acuso' y se queda en un 'yo supongo'.

Dice el fiscal Horrach que ambos planteamientos son un error. Un instructor no tiene que acusar, para eso está la Sala que proceda al juicio oral. Un instructor tampoco tiene que suponer, sino aportar pruebas. Y no está de más un leve repaso a algunos de los pasajes más singulares del famoso auto con el que el juez Castro pone fin a su carrera (por jubilación).

-El magistrado observa "sobrados indicios" de que doña Cristina obtuvo un beneficio personal de los ingresos que obtuvo su marido de forma supuestamente fraudulenta. (Si hay "sobrados indicios" es que faltan las "sólidas pruebas").

-"No es de descartar que doña Cristina de Borbón y Grecia y/o sus hijos pudieran ser algunos de sus beneficiarios". ("No es de descartar" es una voluntarista posibilidad, no una certeza. "Pudieran ser", lo mismo).

-"Ya no resulta discutible con posibilidades reales de éxito mantener al margen de las mismas -unas facturas- a doña Cristina de Borbón" ("No resulta discutible". "Posibilidades de éxito". ¿Esto es un auto de proesamiento o una apuesta a la bonoloto?).

-"Todo indica" que doña Cristina "debió participar activamente, como no puede ser de otro modo...". ("Todo indica". O sea, un suponer. "Como no puede ser de otro modo". Otro suponer).

-"Si estaba alertada, y mal podría entenderse que no lo estuviera...". (¿Y si no lo estaba? ¿No es el instructor quien ha de demostrarlo?).

Un instructor ha de concretar los hechos para que adquieran una mínima apariencia delictiva. Las suposiciones no son pruebas, son consideraciones subjetivas. El auto de Castro es la antítesis de la instrucción, puesto que abandona lo canónico para adentrarse en lo que cabría llamar "estilo personal".

Y para cerrar, un error clamoroso. El escrito del instructor menciona que el delito de blanqueo (hasta 2010) está incluído en el artículo 305 del Código Penal, en vez de en el artículo 301, cual corresponde, según recuerda atinadamente Abraham Castro, catedrático de Derecho Penal. Tal patinazo podría ser causa de casación. Y a empezar de nuevo.

Pensábamos que un juez no debería empeñarse en imputar por delito fiscal, ya sea a la hija y hermana de rey o la casquera del mercado, en contra del criterio de la Agencia Tributaria, de la Fiscalía, de la Abogacía del Estado y hasta de la Audiencia Provincial. En un Estado de Derecho, en una democracia con garantías procesales, las cosas no debían ser así. Hasta que el viernes en Bruselas, Mariano Rajoy, por encima de la asepsia que han mostrado tanto la Zarzuela como el Gobierno, declaraba que "es mi deseo y convicción" que la infanta demostrará su inocencia. Algo parecido dijo en enero en televisión: "Estoy convencido de que le irá bien". Las palabras del presidente quizás a alguien le resulten incompatibles con lo que entendemos como independencia de la Justicia, ese concepto tan poco transitado en nuestro país.

Dentro de unos años, cuando el episodio judicial de la infanta Cristina sea tan sólo un mal recuerdo, quizás se vea al juez Castro y el fiscal Horrach haciendo un "Easy reader" por las dulces carreteras que serpentean la costa palmesana. O quizás no. Sólo John Ford creía en eso tan frágil e irreflexivo como es la amistad.

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EL VARÓMETRO. El episodio de las Sicav le ha sacado los colores a Elena Valenciano, ha puesto en evidencia a Rosa Díez y ha demostrado que Bruselas es un hediondo nicho de privilegios infumables. // Escuchar a Cándido de la UGT arremeter contra la Guardia Civil para tapar sus corruptelas mueve a la arcada. // Una Seguí, directora general de Tráfico, es de las que aún dicen lo de "en doceavo lugar". 


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