A contratiempo

El impacto andaluz en una huelga impopular

La huelga general convocada para el próximo día 29 no es la primera. Cuatro se convocaron contra el gobierno socialista de Felipe González, una contra el de Aznar y otra contra el de Rodríguez Zapatero. Todas ellas con resultados desiguales aunque no es arriesgado concluir que la más naif fue la que oficiaron los sindicatos contra el anterior presidente del Gobierno.

La que ahora se nos viene encima tampoco viene precedida de un intenso nivel de aceptación por diferentes motivos. En primer lugar, porque la credibilidad de las fuerzas sindicales y, particularmente, de sus líderes, Cándido Méndez (UGT) e Ignacio Fernández Toxo (CC.OO.) está bajo mínimos. Demasiados años ejerciendo de comparsas del Gobierno socialista ante un pavoroso aumento del desempleo han dejado su cartel para el arrastre. En segundo, porque la preocupación mayoritaria de la sociedad se centra obsesivamente en las fórmulas para escapar de la crisis. Y finalmente, porque pese a los aspectos decididamente impopulares de la Ley de Reforma Laboral contra la que se dirige la movilización, la opinión pública es consciente de que con la reglamentación actual se antoja casi imposible crear empleo, como ha quedado ampliamente demostrado.

Esta huelga, sea cual fuere su seguimiento cuantitativo, se antoja un esfuerzo fallido, una apuesta condenada al fracaso. El Gobierno de Mariano Rajoy, apoyado en una mayoría abrumadora y con el respaldo de otras fuerzas del arco parlamentario, ha dado muestras más que ostensibles de que no va a dar un paso atrás en su voluntad reformadora. Y es también un criterio generalmente establecido que la legislación laboral española es obsoleta, favorece el privilegiado estatus de las oxidadas organizaciones sindicales y está a años luz de lo que funciona en los países de nuestro entorno europeo.

Atrapados en su trampa

Méndez y Toxo, por lo tanto, se la juegan. Son los que más tienen que perder en este envite. Pero están atrapados en su propia trampa. Como líderes sindicales, parecen obligados a responder con medidas de fuerza a la contundente inciativa del Gobierno -aplaudida, dicho sea de paso, por la UE y demás organismos internacionales- pero en su fuero interno son conscientes, y así lo demuestran las encuestas, de que se trata de una huelga prematura (no le han dado ni cien días de respiro al actual Gobierno) y de que no lograrán ni uno solo de sus objetivos. Existe un abrumador rechazo al actual inmovilismo sindical, aferrado a sus intereses económicos y de poder. A lo que se suma el penoso nivel de los líderes que encabezan el movimiento gremial. Méndez lleva demasiado tiempo al frente de la UGT y no ha logrado situarse a la altura del zapato de su predecesor, Nicolás Redondo. Fernández Toxo más parece un funcionario que una figura relevante del movimiento obrero. Ambos empiezan a advertir que su final está próximo.

El factor electoral

Los sindicatos deben apechugar al mismo tiempo con otro factor desfavorable para sus intereses. La huelga general tendrá lugar unos días después de las elecciones andaluzas, donde las proyecciones demoscópicas anuncian otro batacazo de la izquierda y muy en especial, del PSOE, que arriesga perder su último reducto de poder territorial en España. El escándalo de los ERES, con el apestoso añadido de los turbios manejos del dinero público destinado precisamente a los más desfavorecidos, también contamina a las organizaciones sindicales, que no han sido capaces de alzar su voz contra la Junta de Andalucía en defensa de los burlados intereses de los parados.

El previsible resultado de las urnas puede influir como elemento desalentador y desmovilizador del espectro sociológico de la izquierda, que atraviesa, desde hace ya tiempo, por una crisis de identificación con sus máximos representantes, tanto en partidos como en sindicatos, ciertamente notable.

Un revés electoral en Andalucía avalaría, de alguna forma, las campaña de reformas drásticas y necesarias impulsadas por el Gobierno de Mariano Rajoy, contra las que precisamente se ha convocado esta protesta general. Es evidente que la sociedad española, en estos momentos, reclama una amplia renovación de sus estructuras políticas, económicas y sociales que le ayude a superar el momento más crítico de las últimas décadas. Los sindicatos y las actuales leyes laborales representan ya el pasado. Habrá que asistir con interés a las reacciones de Méndez y Toxo el día 30. Su posición no será más fuerte, sino todo lo contrario. Y aunque tienen la continuidad asegurada, su liderazgo social está herido de muerte.


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