A contratiempo

Todos los focos sobre el ministro Montoro

Después de siete años de gobierno del marketing, de la inanidad ampulosa, de la política líquida, del engolamiento de la nada, es decir, de todo aquello que representó la insoportable levedad del zapaterismo, nos encontramos exactamente ante todo lo contrario. La austeridad comunicativa, las formas torponas, cierta ramplonería en las manifestaciones externas y un desaire casi absoluto hacia lo que representa el cuidado en la transmisión de contenidos y proyectos. Esa es la primera  impresión que se advierte en los balbuceos iniciales del Gobierno del Partido Popular en cuanto hace a imagen y presencia pública.

Cristóbal Montoro es quizás el paradigma de lo que representa el esforzado y bien armado equipo de Mariano Rajoy. Cierto es que acaba de conseguir la aprobación en el Congreso a las duras medidas de incrementos impositivos de tan complicada digestión, incluso con el apoyo de un grupo parlamentario tan esquivo como es CiU. Un gran punto a su favor. Pero su intervención ante la Cámara, en tan significativa sesión, simboliza esa falta de aprecio por las formas a la que hacíamos referencia. Desde el curioso lapsus de las “miembras”, a la propia exposición de su argumentario, con unas ironías quizás chirriantes, unas aseveraciones no siempre aquilatadas y un discurso algo atropellado, el resultado final de la comparecencia agradó por el fondo, firme e implacable, que por el envoltorio. Cierto, Montoro es un consumado técnico y un habilísimo político, aunque carece de oratoria fluida o de brillantez dialéctica. Pero ahora mismo es el hombre de las medidas económicas del Ejecutivo. Y esto es muy importante y hay que cuidarlo, porque la responsabilidad que tiene sobe sus espaldas es de aúpa. Ahí es nada, convencer a tu propia grey, a tu electorado, de que a causa de la envenenada herencia, de las previsiones falsas, de los datos ocultados, la casa tiene que empezarse por el tejado. Esto es, que en lugar de que el Gobierno conservador y liberal de Mariano Rajoy haya arrancado con la adopción de medidas liberalizadoras, con recortes en los gastos administrativos, con reajustes en el sector público y con el apoyo a la creación de riqueza y impulso a los emprendedores, haya tenido que abrir el pastel de los impuestos y meter la mano en el bolsillo de los contribuyentes. Montoro ha llegado a decir que han descolocado a la izquierda aplicando sus propias recetas. Vaya por Dios. De momento, y pese al abrumador apoyo  social con que se han recibido las medidas y al reconocimiento generalizado de la ausencia de alternativas para hacer frente al ogro del déficit oculto y desbocado, el Gobierno ha arrancado con el paso algo descompasado, embarullado. Quizás no había otra. Las presiones de Bruselas, lar urgencias presupuestarias, la inminencia del abismo…Pero todo transmite la sensación de una cierta improvisación y se añora en esos lances la previsibilidad y confianza que siempre ha adornado la figura del líder del PP, baza inapelable de su reconocimiento político y su aceptación electoral. La marca de la casa.

Frente a la demagogia populista y falsaria del zapaterismo, donde la verdad era una pura anécdota, se alinea ahora una abrupta tormenta de manotazos deshilvanados. El marketing había ahogado nuestra vida política, ciertamente. Nada más detestable. Y ahora estamos en justamente lo contrario. Nada rechazable. Pero sin pasarse.


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