A contratiempo

Los flecos de Mas y el flequillo de la CUP

Sentenciaba Tarradellas que 'en política se puede hacer de todo, menos el ridículo'. Artur Mas, tan hijo político de Pujol, el gran defraudador, no escuchó la conseja del sabio primer president de la Generalitat restaurada. Mal hecho. Podría habernos evitado a todos un mal trago; y a su persona, un inmarcesible ridículo. En el FT, el salmón que leen los carullas en el Via Veneto mientras se zampanun pato 'à la presse', le han llamado 'chapucero'. Quizás se quedaron cortos. Después de tres largas sesiones, lejos de lograr su investidura, alcanzó tan sólo a coronar la cima del ridículo. "Hágame más la pelota, president", le exigía Antonio Baños, un periodista coñón y malicioso, que, con su inaudita indumentaria de la CUP, encontró buen empleo en un escaño del Parlament.

Los flecos que han dejado ese debate pasarán a la historia del esperpento. Artur Mas, arrastrándose como un ciempiés, en una exhibición miserable, consiguió al final tan sólo una cosa: ese color amarillito de muerto. Los trapicheos políticos, que los bobos nefandos llaman 'diálogo y negociación', quizás lo resuciten. Pero nunca se despojará ya del olor a cadaverina. Como buen fracasado, lo intentó todo: el recurso a la conspiración, los rencorosos ataques, la soflama victimista, el engaño, el trile. Incluso ofreció convertirse en el presidente transparente, estar sin estar, figurar para adornar. Un trampantojo. No logró convencer al impasible Baños, que exhibió lecturas y en vez de a Prat de la Riva citaba a Stevenson y quizás a Vázquez Montalbán.

Los flecos del naufragio de Mas quedaron sepultados por el flequillo de Anna Gabriel, protagonista también de la estrambótica representación

Los flecos del naufragio de Mas quedaron sepultados por el flequillo de Anna Gabriel, protagonista también de la estrambótica representación. En lo tocante a flequillos, contábamos hasta ahora con el de Teresa Rodríguez, la sultana de Podemos, morenazaa y racial, que exhibe una cabellera tórrida y meridional, a juego con su prosa desbocada y su henchida cuenta corriente.

Los antecedentes

El flequillo de Anna es muy otra cosa, tiande a 'nekane', como ya se ha escrito por aquí. Un flequillo agresivo, espeso, casi granítico. Un muro, un valladar. Diseñado más para tapar que para sugerir. Lo puso de moda en los noventa Nekane Arauskin, que en su día hizo política conduciendo un artefacto llamado Partido Comunista de las Tierras Vascas, que olía a estiércol y choto, a odio y gomadós.

Anna Gabriel, a sus 40, gasta la misma ropa que cuando las asambleas de la Autónoma, donde ejerció luego de profesora de Derecho hasta que saltó a las CUP para acomodarse en un confortable escaño, con jovial soldada a fin de mes y descuento en el comerdor parlamentario.

El flequllo de Anna recuerda poco a los que exhibían Françoise Hardy o Jane Birkin en los años en los que en París palpitaba la playa bajo los adoquines. Glucksmann también gastaba flequillo. Pero el de Anna es atropellado y fiero, cincelado con cosechadora y peinado con alambre de púas.

Se empeñó en sus discrusos en aventar conceptos políticos improbables, como "el fundamentalismo constitucional" o la "presidencia coral", enormes hallazgos incasificables, salvo en el reino de la estulticia.

Los flecos de Mas y el flequillo de Gabriel han convertido a Cataluña en una vieja dama ridícula y muy poco respetable.

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EL VARÓMETO. La prensa británica califica a la segunda equipación de la selección española de 'vómito de paella'. Suena mejor que lo de 'la roja'. // Foro de ABC con Pablo Iglesias: de haber faltado uno más no habría cabido. // París: cierran las fronteras y resulta que están dentro. Algunos no quieren verlo.


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