A contratiempo

El fiscal y la dama de las pieles

Atentos a la argumentación jurírídica. El acusado representa la época en la que "los políticos eran semidioses que se olvidaron de lo que era servir a los ciudadanos"... "elegantes coches atascaban las calles y nuestros representantes estaban rodeados de séquitos de pieles". No se trata de la intervención de un tertuliano con coleta en una emisión televisiva a la hora del sopicaldo, en la que arremete contra esos capitalistas salvajes que arrastran por el fango y la miseria a millones de pobres trabajadores famélicos y esclavizados.

Se trata de frases de la singular intervención de un fiscal, del fiscal Pedro Horrach, en su lectura de las conclusiones finales del juicio en el que Jaume Matas, ex presidente balear, fue declarado culpable de cohecho impropio por un jurado popular. Quizás el hecho de que la causa se celebrar con  jurado animó al representante del ministerio público a cargar las tintas del lado de las expresiones menos sutiles y más certeramente demagógicas que tenía mano. Las pieles, ya se sabe, tienen efectos devastadores entre la pobre gente de bien, eso que se conoce como pueblo llano. Llevar pieles es casi un hecho constitutivo de delito. Conducir coches elegantes y no esos horteras cuatro por cuatro que anegan nuestros bosques y plazas está seguramente mucho menos justificado.

Iba el caso de que Matas, el expresidente balear, colocó a su esposa, a la sazón maestra, en el hotel de un empresario de la zona, pare ejercer como relaciones públicas y darle brillo y categoría a la empresa hsotelera. Lo cierto es que la dama, Maite Areal, jamás acudió al centro de trabajo. Quizás para cobrar. Más de 40.000 euros en total es embolsó en un año. Y el hostelero, que al parecer era amigo del encausado, declaró ante el tribunal que le ofreció el empleo a la esposa de su "amigo" porque se sentía "presionado". Otra pequeña muestra de la infamia cotidiana.Tenga usted amigos para esto.

Pasiones y críticas

Pedro Horrach es el fiscal que recurrió a a tan sublime jerga, a tan delicioso argumentario en un episodio judicial vivido esta semana. Es también el fiscal que despierta todo tipo de pasiones, en general injustificados odios, por su labor en la instrucción del caso Nóos, en el que aparece como imputado Iñaki Urdangarín, esposo de la Infanta doña Cristina de Borbón.

Horrach, que es un fiscal de notable y más que reconocido nivel jurídico, muy por encima del de su pareja de baile, el juez Pedro Castro, atraviesa ahora por momentos delicados. A su parecer, la hija del Rey no debe ser imputada. Y actúa en consecuencia y seguramente, también en conciencia.

Pero tantos meses bajo los focos no sólo afectan a la calidad de la epidermis y del peinado de un ser humano común, sino que también tiene efectos demoledores en la sesera del fiscal más avezado y mejor formado. Semejante acumulación de luminaria se sube a la cabeza. Horrach, el de las pieles, tuvo a mal conceder una entrevista periodística a una publicación de amplio espectro, y no fue capaz de evitar sumergirse en una afirmación algo inapropiada: "En una familia normal, la esposa no conoce necesariamente los líos económicos de su cónyuge".

Una familia normal

Los duques de Palma, a lo que se ve, son una familia normal, de las de sofá de escái y "Sálvame", de las de chopped en la merienda y lentejas los domingos. De las de Semana Santa en Benidorm y navidades en el pueblo de la santa suegra. Sin embargo Juame Matas, el político y, por ende, infumable déspota miembro de esa casta lapidable que usa automóviles tan inapropiados  y cuyas esposas se pasean embutidas en esas pieles de Bambi, es el abyecto representante de toda una época en la que los políticos "eran semidioses". O sea como Magnes, hijo de Eolo. Los políticos de ahora, al aprecer,  ya no lo son porque ya pagan sus pecados de pasearse en vehículos esplendorosos del bracete de sus esposas barnizadas en visón. Se acabó la impunidad. Y Matas que lo vea.

Quizás tenga razón en uno y otro caso. Quizás le asista incluso toda la legislación que nuestros provectos parlamentarios han sido capaces de pergeñar, debatir, aprobar y elevar a la categoría de ley a lo largo de estos 35 años. Pero quizás, también, se le haya ido la mano en la descripción de los casos que tiene entre manos. Lo que ha dado pie a que no sean pocos los que piensen, injustamente, que se le ha visto el plumero. Que entre las pieles de uno y las mesa camilla de la otra seguro que hay un término medio, e incluso una terminología jurídicamente más adecuada para describir ambos casos. Y, sobre todo, que quizás haya excesos en los que el representante de la Fiscalía no debería incurrir.

Esta ha sido la semana de los jueces. La semana en la que los políticos nos han dotado de un Consejo General del Poder Judicial que acaba de jurar o prometer ante el Rey. La semana en la que la Justicia, uno de los tres pilares básicos del edificio democrático, ha designado a su gobierno, el gobierno de los jueces. Y ya hemos visto lo ocurrido. Reparto de vocalías entre los partidos, y aquí no ha pasado nada. La esposa de un ex fiscal del Estado, por un lado. La esposa de un consejero catalán, por otro. El amigo del hermano de un propio, por allí. El militante prejubilado del partido ajeno, por allá. Esa es nuestra cúpula judicial. Esos van a ser quienes van a señalar el designio de nuestra Justicia los próximos años.

Mucho ruido estrafalario cada vez que nos llega un informe Pisa que describe con acerada acritud, casi descarnada, la realidad de nuestras escuelas, de nuestros educadores y educandos. Pero muy poco cuando Gallardón apaña un CGPJ a su medida y a la de los demás partidos del arco parlamentario. Todos meten cuchara, todos mojan y por lo tanto, todo está bien. Luego, que nadie se soliviante o se ponga a dar palmas (que de todo hay) cuando escuche a un fiscal hablar de los tiempos de "las pieles y los coches elegantes" en sede judicial, o se refiera a los duques de Palma como "una familia normal" en la letra impresa de un magazine. Esta es nuestra Justicia, hermanos. Y consolémonos. Aquellos que han conocido la verdad dicen que no tiene sentido.


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