A contratiempo

¿Y si al final todo sale bien?

Angustiados y al borde del pasmo, embocamos el pasado verano el descanso estival. Desconfianza en los mercados, una prima de riesgo desaforada y las trompetas de la intervención resonando sin tregua. Doce meses después, el panorama ha cambiado. No radicalmente, pero sí.

¿Y si al final todo sale bien? O, en palabras del editorial The Wall Street Journal, perdón por la cita ominosa, resulta que el experimento español finalmente está a punto de salir bien. Que nadie se enoje, que nadie se soliviante, que los profetas del apocalpsis no frunzan el ceño, que los guardianes de la verdad no preparen sus dardos displicentes, que los economistas de salón no abrillanten sus cuadros y estadísticas. Nadie anuncia horizontes triunfales ni inminentes brotes verdes. Simplemente, se trata de una humilde reflexión con la que se puede siquiera lejanamente coincidir. Estamos mejor ahora que hace un año. Eso es.

Tranquilidad oficial

Rajoy enfiló la ruta de Doñana -más que una tradición, una superstición en nuestros presidentes- y el reposo en la casa rural gallega con el ánimo apaciguado tras su victoria parlamentaria en el asunto Bárcenas. Habrá sobresaltos y sorpresas, todos lo saben, pero el más peligroso de los envites había sido conjurado. A partir de ahora, cada pieza que aparezca en la instrucción del juez Ruz tendrá que apañárselas como pueda. La cúpula actual del Gobierno y del partido nada teme. O así parece.

Que nadie lance al vuelo campana alguna hasta que la creación de empleo neto empiece a asomar el hocico por el horizonte. Pero resulta ruin negar que los recientes datos de EPA e INEM pueden contemplarse con cierto alivio. Eso sí, seis millones de desempleados no dan motivo para alegrías.

Resultaría también de necios eludir que hay sectores y aspectos de nuestra quebrantada economía que ofrecen motivos para una relativa satisfacción. Qué fácil les resulta a algunos abrazarse a los augurios pesismistas del FMI sin recordar que sus aciertos son excepción y su credibilidad, cuestión de fe.

Signos positivos

Hemos recuperado el aliento de la competitividad, sigue con bien pie el sendero de las exportaciones, el sector financiero escapa poco a poco de la sima y hasta las inversiones extranjeras apuntan al alza. Incluso la Comunidad de Madrid ha logrado zafarse de la recesión y ha crecido, tímidamente, este segundo semestre. Meros brochazos de luz, que hay que contemplar sin aspavientos. Pero si se echa la vista atrás, si se tiene la rectitud moral de revisar las hemerotecas del pasado estío, habrá que concluir que las cosas, en efecto, no han ido a peor. Aunque algunos saltimbanquis del catastrofismo se mantengan firmes en sus posiciones. Igual que esos personajes con pies adoquinados que magistralmente dibujaba el añorado Mingote.

Dice TWSJ, perdón de nuevo por la cita ominosa, que "las apuestas no pueden estar más altas" para España. Quizás sea verdad. Lo que sí es cierto es que Mariano Rajoy, pese a los empujones de los mercados, los apretones de Bruselas, los consejos de sus amigos y los empellones de sus enemigos, se mantuvo firme en su decisión de no reclamar la intervención y... hasta la fecha. Esgriman ahora el manoseado recuerdo a la intervención de nuestro sector financiero público y tendrán razón. Pero no por eso la tendrán también cuando se empeñan en teñir de negro el inmediato futuro.

Experimento español

¿Y si todo sale bien? Pues sería un milagro, en efecto. Con un déficit como el que se encontró, una deuda que no encoge, un desempleo de récord mundial y una clase media acongojada, resulta muy difícil hablar en positivo. Pero en lo primordial de que las cosas sigan rodando como lo han hecho estos últimos meses, podría incluso hablarse de que el "experimento español" no ha fracasado. Y hasta de que Merkel (horror, no me apedreen, please) tenía razón.

Todo ello no obsta para reconocer que el predicamento de Rajoy ha salido tocado con el escándalo Bárcenas, tan repugnante, y que la salud y la credibilidad de nuestras instituciones están bajo mínimos. En conclusión, buenos sean los parabienes para esa leve brisa de datos positivos que nos propician un verano menos asfixiante que el pasado. Pero no hay que olvidar que el futuro de España seguirá en entredicho si no renueva su cultura política, si no regenera su entramado institucional, si no reconstruye su arquitectura democrática. Podemos salir del tremendo y profundo bache en el que nos sumió el zapaterismo delirante pero no podemos confiar en que las apuestas sobre el futuro de nuestro país vayan a lograr el pleno.

El Varómetro

Si comprar el Washington Post ha salido por 250 millones de dólares, a ¿qué empresarios de grupos españoles habría que estigmatizar por compras no tan lejanas?

El CIS sigue mostrando que nadie conoce al ministro Fernández. Quizás sea bueno.

Todo es muy raro en torno a Javier Arenas


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