A contratiempo

Las "fechorías" de Rajoy

"Fechoría" era la cantina más popular en el Buenos Aires post-Videla. Por allá pasaban los políticos, artistas, televisivos del momento y, por supuesto, todo español que se acercara al Río de la Plata. Por allí te topabas con Sacristán, Serrat, Sabina, Charo López,Espert, Julio Iglesias. Y Fraga, claro, siempre en campaña. Aquel frenético garito de lo inventó un gallego de Arnoya (Orense), expansivo y cordial, que en su anterior vida respondía por Pepe Alberte aunque ha pasado a la historia como Pepe Fechoría. Transformó un comedero gris decadente en la segunda embajada española en la Argentina.

Otro gallego, Mariano Rajoy, cuando habla de "fechoría", esa palabra tan demodé, no se refiere al restaurante de su paisano, sino a determinadas iniciativas que debe afrontar en contra de su voluntad y del programa de su partido. Eso que aparece en el BOE un sábado después de la temida frase "no nos gusta hacerlo pero..."

Aunque no lo parezca, lejos del plasma y el micrófono, Rajoy se expresa con una abrumadora socarronería no exenta de humorística ironía. Gallega, por supuesto. Incurre en determinadas expresiones muy de taberna y recurre a sustantivos desconcertantes. Por ejemplo, "fechoría" que lo aplica a determinadas medidas gubernamentales tan impopulares como subir impuestos, embridar las pensiones o suspender la paga extra de los funcionarios. Cosas menores.

Ni pensiones ni funcionarios

El Gobierno del PP confía en no tener que incurrir en ninguna "fechoría" más en la presente legislatura. Las pensiones no se tocan. A los funcionarios habrá que levantarles el castigo de la "extra" y míster Taxman, o sea, Cristóbal Montoro, ya no apretará más la clavija de los impuestos. Es decir, no asoman "fechorías" intempestivas en el horizonte, por seguir con el tono de relajada expresividad con que se desenvuelve el presidente del Gobierno en la intimidad. Hemos entrado en la era de las noticias complacientes, al menos en el terreno económico. Lo de Bárcenas es otra historia que, en efecto, no le preocupa lo más mínimo al presidente, que sabe de dónde sopla el viento y alguna ventisca de esas ya ha bandeado. Otra cosa son los agobiados resoplidos que se escuchan por Génova, donde Dolores de Cospedal defiende el fuerte como una heroína de John Ford. Le disparan ahora desde algún despacho "amigo", tal y como preveía. Pero es pólvora mojada, munición de saldo, dentallada de pacotilla. "Ya sabes, el estercolero, que cuando se mueve, atufa", comentan en el entorno de la secretaria general.

No es que Rajoy, en su tradicional distancimiento con el acontecer cotidiano, desprecie las turbulencias provocadas por quien fuera su tesorero, aconsejado ahora por un renovado equipo de asesores. Simplemente, sabe que toca aguantar otro chaparrón y que "cuando se haya completado el puzzle", cuando el juez Ruz desentrañe la madeja, mandará a la calle a quien corresponda, a quien se lo haya llevado, al trincón correspondiente. Y aquí paz... Que cada quisqui se mame sus guardias.

Las "castañas" de Mariano

Procede ahora acelerar la acción de Gobierno, presentar leyes, ahormar propuestas. Esos impulsos legislativos que conduce, con mano leal y firme la vicepresidenta Saénz de Santamaría, rebosantes de imprescindible ambición y sentido común. Reforma de la Administración, de las pensiones, del mercado interior, de la actividad laboral... Algunas saldrán mejor, otras peor, como la financiera o la eléctrica. Pero toca dar pasos ejecutivos, hacer cosas, sacar adelante esas "castañas", en el peculiar lenguaje marianista, tan relajado y campechano, antes de que se nos eche encima la cita electoral de las europeas.

"Pocas fechorías y muchas castañas", podría resumirse el ideario inmediato de Rajoy. Pocos sustos y más buenas noticias. Sólo así se puede transforar un negocio en decadencia, como aquel viejo "Fechoría" del inmigrante gallego, en una empresa floreciente y con futuro.

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