A contratiempo

Las cosas de Palacio van de vértigo

En apenas dos meses, Felipe VI ha tomado más decisiones sobre ejemplaridad y transparencia que el Gobierno de Rajoy en dos años. Quevedo dejó escrito que "el rey ha de llevar tras de sí a los ministros, no los ministros al rey".

Nuestra Constitución no es del mismo parecer, ya que reduce las funciones del monarca a las de arbitraje y moderación, así como a la de representación del Estado en la relaciones internacionales. Las atribuciones de nuestra Monarquía emanan de la soberanía nacional que reside en el Parlamento. No puede por tanto el Rey andar arreando ministros, aunque en algún momento es muy posible que desearía hacerlo. Pero sí puede don Felipe predicar con el ejemplo. Es decir, la pedagogía de los hechos consumados.

Batería de decisiones

Tan sólo unas semanas después de su proclamación, no olvidó el Rey, antes de irse de vacaciones, anunciar una batería de decisiones imprescidibles que se pondrán en práctica antes de que cierre el año. La prohibición a los miembros de la Familia Real de que desempeñen actividades en el sector privado o la elaboración de un código de conducta que afectará a todo el personal de la Casa son algunas de ellas. Y habrá más, según se nos anuncia. Felipe VI no ha dilapidado el tiempo de espera de asumir el Trono. Tenía su agenda muy preparada y su proyecto nítidamente ultimado. En cambio a Rajoy, parece que su acceso a la Moncloa le pilló con los cajones vacíos y sin ideas en la fresquera.

Meses lleva en nuestro Congreso el trámite parlamentario de la ley de Transparencia, ese recurso tan manoseado que cuando finalmente vea la luz estará más desgastado que la nuca del apóstol jacobeo. Su tránsito por las Cámaras, relajado y torpón, no denota excesivo entusiasmo por parte de las fuerzas políticas, ajenas sin duda a algo tan notorio como el hastío y el desprecio que se advierte en gran parte de nuestra población hacia la política. Parecen irgnorar que viven en un país de casi cinco millones de parados, donde el pillaje institucional ha sido la norma, donde hay más de dos mil imputados por corrupción, donde el saqueo de las arcas públicas no ha conocido tregua y donde la Justicia se muestra inoperante, mediatizada y calamitosa, salvo honestísimas y voluntariosas excepciones.

El bofetón y el grito

El sonoro bofetón de las europeas ha tenido un efecto relativo. Se han precipitado los relevos generaciones que parecían atascados. Rubalcaba se ha ido a casa, ha caído al precipicio el evasor Pujol y hasta monseñor Rouco ha dejado la diócesis de Madrid. Incluso el Rey abdicó. Pero ahora han de llenarse de contenido estos gestos, estos símbolos. El resultado de los comicios europeos fue un grito en dos direcciones. Contra la corrupción ampliamente instalada. Y contra el inmovilismo que padece toda una generación desesperada porque no consigue abrirse un hueco por el que divisar su futuro.

Amagos de regeneración

Pero los políticos no se dan por aludidos. Como si no fuera con ellos. Pedro Sánchez tan sólo acierta a reclamar que sea mujer y no varón nuestra aportación a un sillón en comisariado europeo. Zapaterismo bobaliforme. Ah, también habla de federalismo, como Rubalcaba. También se calientan ahora los debates sobre la regeneración democrática, sobre la reducción de aforados, sobre las buenas prácticas en la financiación de los partidos, sobre la transparencia en los dineros públicos. De momento, puro ruido y farfolla post-estival.

Mariano Rajoy paseó muy tranquilo y jocundo junto a Angela Merkel, orgulloso de su campiña gallega. "Esto es lo que exportamos al mundo", le dijo nuestro presidente a la jefa de Europa. No sabemos si señalaba un queso de teta, una ternerita rubia o una palangana con centollas. Pero en la calma agosteña se le veía rotundamente satisfecho. 

Piensa el PP que si logra que gobiernen los alcaldes más votados y que se instale poco a poco la psicosis ante el totalitarismo de Podemos que nos invade, tanto las municipales como las generales están en el bote. El reto soberanista catalán está desactivado, con el expresident enlodado y Artur Mas cortocircuitado.

Por eso no hay prisa en Moncloa en proceder a una profunda regeneración de las instituciones, en el rearme ético de nuestras estructuras políticas, en la limpieza a fondo de nuestras instituciones. Empezando por la Justicia. Tan sólo el Rey ha dado muestras de sensibilidad en este terreno. Sabe que hay cambios necesarios y que hay prisa. Y se la está dando. Las cosas en Palacio van a toda pastilla. Pero no puede el Rey, como sugiere Quevedo, que 'lleve tras de sí a los ministros'. Aquí los ministros están estrictamente para no meter la pata, para escurrir el bulto cuando hay problemas (Mato y el ébola, por ejemplo) y para cacarear con soltura lo de 'sí, presidente'.

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EL VARÓMETRO. Las averías de nuestros aviones de altos cargos bordea el ridículo. Morenés no comparece, nadie dimite. // El episodio de nuestra Guardia Civil, humillada por el rey vecino, es de Luis de Funes. Allá que se fue el ministro Fernández, a pedir perdón de rodillas. // Gran papelón el del ministro García-Margallo en la reunión de la Alianza de Civilizaciones. Envainando, que es gerundio. 


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