A contratiempo

¿Dónde está la conciencia de Villalobos?

Se lo debe todo a Aznar, tanto que el expresidente del PP rompió en su día con una norma no escrita en el partido y le concedió el privilegio de ser diputada y alcaldesa al mismo tiempo. "Ya le tengo muy oído", dijo Celia Villobos cuando le preguntaron sobre la ausencia de su mentor en la reciente Convención del PP en Valladolid. "No fui porque no me dio la gana", respondió amablemente al ser inquirida por su ausencia en la presentación del último libro del expresidente, a la que no asistió ningún miembro del Gobierno siguiendo sabios consejos emanados desde Moncloa.

Lo tiene muy oído y no le dio la gana. Le debe todo a Aznar. Incluso le debe más que a Jesús Hermida, quien la fichó en su momento como contertulia en la tele y se hizo con un nombre, un hueco, un cartel en el mundillo de la populidad mediática y otros atributos. Villalobos es vicepresidenta primera del Congreso de los Diputados. Tonteó en su juventud con el PC, está casada con el gran gurú demoscópico del partido, el hermético Pedro Arriola, es suelta de lengua y su guardarropa se antoja varias tallas por debajo de su anatomía. "El difunto era menor", cabe pensar al verla atrapada en esas estrecheces que asfixian.

Populista, insulta a un tal Manolo, su chófer, al que pagamos todos, cuando se retrasa unos segundos, y va por la vida de descarada y altanera. En público, grita tanto que pone ronca a toda la concurrencia. También presume de "votar en conciencia". O sea, junto al PSOE. Siempre que el tema del aborto aparece por el horizonte, Villalobos se acuerda de su conciencia y vota con el PSOE. No se acuerda de que su conciencia es la de su partido, que es quien la colocó en las listas. Porque nadie vota a Villalobos particularmente.

Listas cerradas

En nuestro país, alguien debería recordárselo a Celia, se vota a una lista cerrada que monta un señor de acuerdo con su particular criterio. De modo que ese señor pasa a ser la conciencia de su diputado. De haber en nuestro país listas abiertas o algún sistema de elección popular directa de los candidatos, Celia Villalobos sí podría decir que vota en conciencia y tendría que explicar su voto a quienes la auparon hasta el Congreso. Pero no es el caso.

Antes de que el Congeso planteara la votación sobre el anteproyecto de reforma de ley del aborto, Villalobos reclamó la libertad de voto. No lo ha pedido para abrir las listas electorales, para que se acabe con el dedazo, para que al fin los diputados españoles se deban a sus votantes y no a sus jefes, para que se imponga en su partido la singular costumbre de las primarias, para que entre algo fresco por las rendijas de nuestra democracia parlamentaria.

Sobre esos pequeños detalles no se pronuncia Villalobos. En esos anecdóticos casos, su conciencia no se siente zaherida. En esos particulares casos, su conciencia se va de vacaciones. Pero a ella se le consiente. Por una extraña ley no escrita, quizás una suerte de tradición, o de superstición, Villalobos puede hacer y decir lo que le viene en gana, o lo que le viene en gana a su singular ‘conciencia’, cuando asoman determinados asuntos por el horizonte del Parlamento.

La exalcaldesa de Málaga corretea por los pasillos del Congreso con esa sonrisa de comadreja, como de ratón de campo, tan accesible y campechana. Lo hace con determinación y soltura. Cuando sustituye en la presidencia de la Cámara al venerable Posada, suele actuar en forma resuelta y a veces algo impertinente. No es lo suyo la delicadeza ni la diplomacia. Vendería lechugas en la plaza con el mismo tono con el que le retira la palabra a algún diputado que se extralimita. Sus intervenciones tienen algo de ametralladora satisfecha.

Cartera de Sanidad

Villalobos tiene bula. Siguiendo una costumbre malsana inherente a nuestra ingenua democracia, Villalobos, como no podía ser menos, ocupó incluso la cartera de Sanidad. Por un extraño sortilegio del destino, muchos españoles lograron sobrevivir a tal experiencia. Claro que ese ministerio lo han ocupado delirantes tan pasmosos como Sancho Rof, Elena Salgado, Leire Pajín, Trinidad Jiménez o José Antonio Griñán. Sólo Ana Pastor, seguramente, desempeñó con solvencia el cargo.

Cuando Villalobos era la responsable sanitaria del Gobierno (Aznar sabría por qué) aconteció el llamado "mal de las vacas locas", epidemia mortífera que sirvió como excusa para que la ministra nos deleitara con alguna de sus más afamadas creaciones intelectuales. "El hueso de caña no tiene problema, está en el hueso de la médula, el espinazo que decimos las amas de casa". "La enfermedad de las vacas locas es un problema de salud animal". "No digo que todo el mundo coma solomillo porque no a todo el mundo le gusta y no todo el mundo puede pagarlo". Y así, astracanadas gloriosas hasta el infinito.

Vicepresidenta del Congreso. En efecto. Celia Villalobos se encarama en el segundo puesto del órgano representativo de nuestra democracia representativa y parlamentaria. Ahí la tienen. Digamos que, "en conciencia", el asunto suena tan angustioso como treinta años de insomnio. Pero nadie dijo que en política las cosas tienen que estar en los límites de lo razonable.

EL VARÓMETRO.- La cartera de Interior se ha convertido en el manantial de los problemas. Como el pato patagónico, el ministro Fernández, cada paso, una cagada. // "Bien vive quien bien se oculta". Así, Ana Mato, la reina del camuflaje. ¿Pero existe? // ¡Cuántas botellas de cava descorcharon en Ferraz al conocerse la fuga de Valenciano a Bruselas!


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