A contratiempo

Estado catalán: Y eso, ¿quién lo paga?

"El proceso de transición ya está en marcha, veremos dónde nos lleva", ha dicho Artur Mas, cada día menos Bismarck y más Bolívar. Primero el pacto fiscal, después el Estado. La manifestación de la Diada fue un plebiscito callejero. Luego vendrá el referendum. Y al final, la independencia. Es el momento, piensan los nacionalistas catalanes. En el País Vasco, el PNV también afila un plan Ibarretxe II tras las autonómicas.

Un Gobierno central atribulado por una crisis económica sin precedentes. Obsesionado por cumplir con el déficit, todo lo demás son "algarabías", el singular término utilizado por Mariano Rajoy para interpretar la riada de banderas esteladas en las calles barcelonesas, quiere quitarle hierro al "bon cop de falç" (golpe de hoz), como reza el himno catalán.

Quizás ni siquiera sea el momento de preguntarse con Josep Pla: "Y esto, ¿quién lo paga?" El nacionalismo, esa religión laica contemporánea, ignora las cifras, los números y los datos contables. Ignora que Cataluña está en quiebra, que tiene que aporrear las puertas del Estado para pagar las nóminas, para pagar las pensiones, para subvencionar su cine en catalán, su tele en catalán, sus embajadas en catalán, su enseñanza en catalán. Y hasta el paño con el que CiU produce miles y miles de banderas independentistas para pasárselas a Rajoy por el morro. Así de sencillo.

Sarajevo o Quebec

En los círculos de poder en Madrid este reto soberanista se percibe de forma desigual. Entre el descreimiento y la alarma. El estrecho círculo  de la Moncloa le quita importancia. Es lo de siempre y se arregla con dinero, piensan.  España es su único mercado y la UE no lo respalda. Cataluña sería Sarajevo. Otros están convencidos de que no hay marcha atrás, que el aprendiz de brujo ha puesto en marcha el mecanismo de ensoñación masivo, de hipnosis colectiva y más pronto que tarde Cataluña intentará dar el salto hacia Quebec.

Lord Salisbury, primer ministro británico cuando nuestro crepúsculo del 98, incluyó a España entre las "naciones moribundas". Años después, Azaña, en discurso memorable, declaró que "la unidad nacional carece de tradición entre nosotros". Ya saben, la nación, ese concepto "discutido y discutible". Como reacción al hecho catalán, la II República transformó a España en un "Estado integral", término de laboratorio para no incurrir ni  en lo federal ni en lo unitario.

Aquí empezó casi todo

La padres de nuestra actual Constitución se inventaron el café para todos y el singular término "nacionalidades". El referendum andaluz rompió el débil consenso alcanzado entre todas las fuerzas políticas en los albores de la Transición, que dibujaba una España con tres territorios "históricos" de trato especial y el resto, un bloque autonómico muy descentralizado. Blas Infante y el orgullo anzaluz se llevó el proyecto por delante. Y nació el artículo VIII de la Constitución, desordenado, deficiente, inacabado, indefinidamente abierto, en palabras de Tomás y Valiente.

Y así, mientras unos empujan, armados de mentiras y mitología, y otros se hacen los suecos, enfrascados en las oscilaciones de la prima, Esperanza Aguirre declara desde su sensatez primigenia que "Hay que replantearselo todo". Y todo es todo. Después de 33 años de Estado de las autonomías no hemos sido capaces de integrar ni a Cataluña ni al País Vasco en nuestra estructura institucional. Y España, en las palabras de Ortega, "está todavía por hacer". O Gaziel, en 1931: "España ha muerto, vivan las Españas". Que no sería el caso. De "Españas, nada". Más bien ese "choque de trenes" con el que nos amenaza Pujol desde hace años. Lo malo es que hay demasiada gente junto a las vías, de brazos cruzados, haciendo apuestas sobre cual de los dos descarrila.


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