OPINIÓN

El carnaval de los cobardes

Si Rajoy hubiera querido, con tan sólo un bufido le habría reenviado a Puigdemont al Ampurdán, a limpiar las calles de Gerona, el sitio del que nunca debió salir.

El carnaval de los cobardes.
El carnaval de los cobardes. EFE

Votaron en secreto, de tapadillo. Pretendían ser los parteros de una nación y no fueron más que unas pusilánimes ratas dirigidas por el gran cobardón. Carles Puigdemont no salió al balcón. Ni siquiera a la ventana. Encogido, se fue al retrete. Se ocultó, se tapó, enmudeció. No fue capaz de dirigir unas palabras en el Hemiciclo en el que, de tapadillo, mediante voto secreto, los padres de la nueva patria proclamaban una ‘república fantasma’, en feliz expresión de Alsina. Amparados en las masas, que movilizan esas agencias de la agitación callejera llamadas ANC y Omnium, bien engrasadas con dinero público, los señores diputados se acercaban a la urna de sor Carme, la jefecilla turulata del Parlament, para depositar casi a escondidas su papelito. Muertos de miedo, se abrazaban durante la penosa liturgia, entre temblores, para espantar el miedo.

Puigdemont y Junqueras, que casi se zurran en la víspera, ni siquiera acertaron a felicitarse con un abrazo

Puigdemont y Junqueras, que casi se zurran en la víspera, ni siquiera acertaron a felicitarse con un abrazo. Se dieron la mano, acollonados, con mirada de odio, frente a un coro de alcaldes paniaguados, bastón en ristre, sacados de una novela de Vizcaíno Casas, que entonaban su himno del ‘cop de falç’.

¿Dónde la épica? ¿Dónde el arrojo y la valentía que tan crucial momento demandaba? No hubo grandes mensajes, ni solemnes pronunciamientos, ni frases para el mármol. Junqueras, más necio de lo que aparenta, depositó un discurso incoherente  con referencia al ‘amor fraterno’. El domund había sido el martes. Redoblaban las campanas de algunas iglesias. Estrelladas en las sacristías.

Les urgían las ganas de salir corriendo, de abandonar raudos el Parlament antes de que llegara la autoridad. Judicial, por supuesto

Puigdemont, acogotado por la responsabilidad, se vio en la obligación de leer una apolillada cuartilla redactada a trompicones. Gran periodista el de Gerona. Les urgían las ganas de salir corriendo, de abandonar raudos el Parlament antes de que llegara la autoridad. Judicial, por supuesto.

Diez minutos duró el festejo, triste y maloliente. Un tufillo a pavor recorría la escalera magna del edificio.  “No tengo miedo de ir a la cárcel”, se pavoneaba antaño el ‘president’ ante los medios internacionales.  El viernes 27, que se pretendía jornada histórica, fue tan sólo la representación de un esperpento. Una colla de locoides empastillados, tras ciscarse en el Estado y la Constitución, pretendían hacer  historia. Hicieron el ridículo. Declararon la independencia cinco minutos antes de perder el poder.

Un drama chusco y cruel para media Cataluña y para España entera promovido por una colla de obsecuentes lamelibranquios, chusma idiotizada, fanáticos esdrújulos. Alguien definió el espectáculo como ’una gamberrada adolescente’. Una gamberrada que nos costará miles de millones, imagen internacional, credibilidad en los mercados. Más cerca de la recesión que del progreso. Se lo han cargado todo estos estúpidos engreídos, xenófobos de aldea, paranoicos de cotolengo.

Dejan a Cataluña moralmente derribada, civilmente malherida, socialmente envilecida

Dejan a Cataluña moralmente derribada, civilmente malherida, socialmente envilecida. El Gobierno les permitió llegar hasta allí. No pasaba nada. Se hunde el suflé. Son unos loquitos sin peligro. Está todo bajo control. Cuanta desidia, cuanta ineptitud en la sala de máquinas del Estado.

No hacen falta muchos ceneís para colegir que Puigdemont es un delirante cobardica, un auténtico inepto que no tiene media bofetada. Si Rajoy hubiera querido, con tan sólo un bufido le habría reenviado al Ampurdán, a limpiar las calles de Gerona, el sitio del que nunca debió salir. Contemporizar, negociar, dialogar. Había que llenarse de razones para pegarle el soplamocos. Qué estrategia tan errada. Qué gestión más torpe. Ahora ya se ha visto la catadura heroica del líder prometeico. Un bufón absurdo, de mirada esquiva y sonrisa estúpida,  que se creyó Braveheart  y se fue patas abajo.

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EL VARÓMETRO. Montilla se olvida de que, además de expresidente de la Generalitat también fue ministro del Gobierno de España. // Piqué acierta al afirmar que TV3 está ‘al servicio pornográfico de un delirio’. // Quizás Colau llegue a la Generalitat después de haber destrozado Barcelona. Ni capital financiera, ni capital editorial. Quizás ni capital del Medicamento. //


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