A contratiempo

El atizador del 23-F

En 'El atizador de Wittgestein', una obrita que dicen de culto, dos periodistas de la BBC escrutaron un acontecimiento de apenas diez minutos, un pasaje anecdótico. Con la salvedad de que sus protagonistas no lo eran. El libro versaba sobre el enfrentamiento que sostuvieron en el club de Ciencia Moral de la Universidad de Cambridge dos de los más influyentes pensadores del siglo XX, Karl Popper y Ludwig Wittgenstein. Dos colosos de nuestro tiempo. Un episodio recreado y manoseado.

Ante un reducido grupo de alumnos, a lo sumo una docena, Popper enumeraba una serie de problemas filósoficos. Wittgenstein, divino e irascible, le interrumpió, agarró el atizador de la chimenea, gritó algo, Popper elevó la voz y su interlocutor abandonó la sala de un portazo. Y no hubo nada.

La verdad imposible

Asunto tan nimio produjo cataratas de tinta. Quién tenía razón, quién dijo qué, si hubo o no atizador. Incluso si en esa pequeña cámara universitaria existía una chimenea.  En 'El atizador de Wittgenstein' estos periodistas pretendieron desentrañar el enigma. Tras su ardua investigación, y apenas transcurridos unos treinta años del incidente, por lo que pudieron contar incluso con las versiones directas de algunos de quienes fueron testigos, de quienes allí estuvieron, no sólo no lograron establecer la verdad de lo sucedido sino que demostraron que jamás lo podremos averigüar. Diecisiete asistentes, una docena de testimonios vivos y una verdad imposible de esclarecer.

En estos días, en los que el pasado ha vuelto a emerger en nuestra actualidad cotidiana con el fallecimiento de Adolfo Suárez y la aparición del polémico libro de Pilar Urbano sobre el 23-F, ha emergido de la nada, o de las sombras, una gavilla de sabiondos que han puesto en cuestión aquellos hechos o que han pretendido establecer la verdad inconmovible de cuanto entonces ocurrió.

Amar la mentira

"Que no sepamos toda la verdad no significa que lo que sepamos no sea verdad", sentenciaba el periodista Juan Luis Cebrián en un campanudo artículo titulado 'Gato por liebre'. Todo un enunciado que define a la perfección lo ocurrido durante estos días, reflejo de lo que ha pasado en estos últimos 25 años. Nos han servido en estas décadas tanto guisote de gato sobre aquella noche golpista, que resulta casi imposible rastrear las tajadas de la liebre.

La propia Urbano, excelente periodista de aquilatada trayectoria,  pretende arrearnos también una ración de verdades que pesan más de mil páginas, envueltas en ruido y furia, elementos fundamentales para alcanzar la cima en la lista de 'best sellers'. Dice la periodista que "a quien le duele la verdad es que ama la mentira", al hilo de la nota descalificatoria emanada desde la Casa Real. ¿Verdad? ¿Mentira?. Más de una treintena de volúmenes se han publicado sobre aquellos episodios. Muchas coincidiencias y un aluvión de discrepancias.

¿Un golpe, dos golpes o tres golpes...? Desde la Lérida de Armada a la Carrera de San Jerónimo pasando por los tricornios acharolados y los tanques de Milans del Bosch, hemos leído versiones con más colorines que el arco íris. ¿Quién manejó el atizador de un teniente coronel con bigotes? ¿Quién era el 'elefante blanco'? ¿Quién dio el portazo y abandonó intempestivamente la reunión?

Batiburrillo y discrepancia

La docena de testigos supervivientes a aquel encuentro entre Popper y Wittgenstein no lograron ponerse de acuerdo más que en lo esencial: en que ambos filósofos estuvieron allí. Todo lo demás es batiburrillo. Unos no escucharon la chanza de Popper que provocó el cabreo de Wittgenstein, otros no oyeron lo que éste gritó antes de irse. Alguno ni recuerda si hubo discusión alguna. Ni siquiera si existió un atizador. El estudiante encargado de levantar acta del encuentro pergeñó unas notas tan anodinas que resulta imposible establecer esa verdad a la que algunos se refieren, estos días, en forma tan prepotente. 

"La historia es una ciencia cargada de imaginación", venía a concluir Vargas Llosa en un memorable artículo sobre el atizador. "El componente ficticio de la historia es tan inevitable como necesario", añadía. En esta semana, para colmo de males, nos dejó Gonzalo Anes, director de la Academia de la Historia, a quien le llovió una catarata de críticas y descalificaciones a costa del portentoso Diccionario Biográfico, colosal obra de cincuenta volúmenes y cuarenta mil voces, porque a algunos personajillos, en especial políticastros ágrafos y escribidores zopencos les pareció inadecuada alguna de sus páginas. Gabriel Albiac ha dejado escrito en ABC que "tanto en el Gobierno como en el Parlamento se proclamaron competentes para juzgar la obra, para condenarla e incluso recomendar su censura". No les gustaba la voz 'Franco', ni la de 'Negrín' tampoco. Y así. Buscaban "los provincianos nombres de los jefes de sus partidos o de sus tribus" y no les gustó lo que leyeron. ¡Qué animales!

Los universitarios de Cambridge fueron incapaces de recrear lo ocurrido treinta años atrás, en una noche memorable y única, pese a haberla vivido en persona. "No significa que no sea verdad lo que sabemos", sentencia Cebrián. Una aseveración, como se ve, arriesgada. En especial cuando incluso se pretende manipular a la memoria. Algo que ocurre en estos tiempos cada día a día. La memoria, al cabo, es de la última vez que lo recordamos. No neguemos la existencia de la historia, una rama del conocimiento sumamente respetable, pero como concluye Vargas Llosa, convengamos en que se trata de una ciencia cargada de imaginación. Lo estamos viendo.


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