A contratiempo

El que no afana es un gil

Pues no era el corralito, sino la corrupción. Las admoniciones sobre la argentinización de nuestro país la erraban. Nada, por ahora, de entidades bancarias cerradas a cal y canto y cajeros automáticos sin fondos. Nada de cuentas bloqueadas y devaluaciones al anochecer. Resulta que nuestro parecido con la era más negra de la reciente historia de Argentina tiene que ver con la corrupción, con el latrocinio, el pillaje y el cambalache. "El que no afana es un gil", aquel tango de Discépolo.

Cada mañana nos desayunamos con un nuevo caso, un nuevo granuja, un nuevo escándalo. Con un denominador común: político en activo o recientemente retirado que mientras pregonaba valores y defendía principios, arramblaba con fondos públicos y los colocaba a buen recaudo lejos del control de la Agencia Tributaria.

Corrupción transversal

No es la Argentina de De la Rúa o de Kirchner, afortunadamente, repleta de chorros, malevos y compadritos. Pero de esta España de desaliento y crisis emana unos efluvios nauseabundos que, por momentos, la tornan irrespirable. He aquí una lista escueta de lo más reciente: EREs andaluces, Blanco, Baltar, Duran Lleida, Palau, Pretoria, Pujoles, SGAE, Bankia, Marsans, Urdangarin y, ahora, para rematar la jugada, el presunto Bárcenas. Todos los rincones de España, todos los colores políticos, todos los cargos, todos los sectores, casi todos los partidos. La corrupción es transversal y no discrimina ni credos ni ideologías. 

De los 400 imputados que aguardan juicio en la Audiencia Nacional, tan sólo ocho permanecen en este momento en prisión. Procesos que se eternizan, ingenierías jurídicas, escasez de medios, quizás desidia. La Justicia si no es rápida, no es Justicia, dice el enunciado. Un ex ministro del Interior austríaco acaba de ser condenado a cuatro años de cárcel acusado de corrupción y cohecho luego de un proceso que apenas se prolongó durante un año. Qué vértigo.

¿Nos puede pasar a cualquiera?

La presidenta del PP de Madrid, Esperanza Aguirre, nuevamente mediática y activa, ha sugerido que debe ponerse un fiscal anticorrupción en todos los partidos. Ingeniosa sugerencia. Todos bajo sospecha. Pero con una Justicia independiente y un Código Penal firme quizás bastaría. Y con unos dirigentes políticos que denuncien y destierren la mangancia y unos medios de comunicación dignos de tal nombre.

Un Gobierno puede ponerse sentimental y bordear incluso las lágrimas, como le ocurrió la otra tarde a la vicepresidenta del Gobierno al hablar de los desahucios. Soraya Saénz de Santamaría, emocionada y compungida, sentenció: "Esto nos puede pasar a cualquiera". Cierto. Lo que no nos pasa a cualquiera, salvo a la cofradía del latrocinio, coche oficial y cargo público, es que por eludir el imperio de la ley, por saquear los presupuestos, por adueñarse del sudor de nuestros impuestos, al final, apenas sí conozcan lo inhóspito de unas rejas. Hágalo cualquier mortal y ya me dirán dónde acaba.

EL VARÓMETRO. Valiente y certera Ana Botella al proponer que desaparezcan las organizaciones juveniles de los partidos. Nido de futuras nulidades políticas... El ministro Fernández Díaz pierde crédito por horas... Cuando escuchan a Elena Valenciano, veteranos socialistas no saben si llorar o carcajearse... Martín Prieto, cada columna una lección de periodismo.


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