A contratiempo

Wert para creer: el estandarte del PP

En un Gobierno de perfil político voluntariamente bajo, en ocasiones casi átono, las palabras y la gestión de un ministro como José Ignacio Wert resuenan como un "sí" bemol en un teatro vacío. Un estruendo. La norma imperante en Moncloa es no hacer ruido, no azuzar polémicas, no levantar la voz, no entrar en el cuerpo a cuerpo, huir de las algarabías y centrarse en un solo frente: el económico. Todo lo demás es... pasajero, contingente, circunstancial y hasta anecdótico. El tiempo pone las cosas en su sitio, es la marca de la casa.

Wert, que llegó al Ejecutivo de carambola (iba directo al Pirulí) y que carece de carnet del partido (no milita ni militó en el PP, viene de la UCD) se ha erigido estas semanas en esa voz solitaria que clama en el desierto, en el único ministro que llama a las cosas por su nombre, dice las verdades del barquero y planta cara incluso en los escenarios más hostiles. Imprudencia, le dicen algunos compañeros de Gabinete. Valentía, responde buena parte de los votantes del PP.

No es Wert un político al uso. Profesor universitario, sociólogo, experto en comunicación, habla idiomas, se ha paseado por el mundo y antes de regresar a la actividad política activa tenía un buen pasar. También en esto es excepción. No necesita la poltrona para ganarse la soldada.

Entonces, ¿qué pasa con Wert? Bien simple. Ha incursionado en dos territorios en los que la derecha raramente asoma el hocico por miedo a que se lo rompan o por temor a molestar. La Educación es el primero. Su reforma educativa, necesaria y urgente en un país a la cabeza europea del fracaso escolar, del desempleo juvenil y en la cola de la calidad de la Enseñanza y del nivel de nuestros bachilleres y universitarios, ha sido recibida con arcabuces, movilizaciones y huelgas desde la izquierda, como estaba previsto.

Reforma educativa

La reforma, ya saben, apuesta por el esfuerzo, el mérito, el respeto, la superación y la exigencia, tanto a alumnos como a profesores. Unifica materias en todas las comunidades para evitar aberraciones y manipulaciones. Potencia asignaturas como Matemáticas, Inglés, Lengua y Ciencias y suprime bobadas como Conocimiento del Medio, vulgar "Cono", o Educación para la Ciudadanía. Se carga el coladero de la Selectividad y recupera las reválidas. Refuerza la Formación Profesional y apoya la orientación laboral del estudiante. Elemental.

Pero la masa enfurecida ha salido a la calle. En pequeñas dosis, la verdad. Incluso algunos padres irresponsables se sumaron a la huelga. Y algunos estudiantes, más bien cafres, irrupieron en una escuela extremeña al grito de "Dónde están los curas que los vamos a quemar". Le han tachado de franquista, fascista, golpista, etc.. Incluso han acompañado su apellido con un expresivo "pim, pam, pum".

Turbamultas aferradas a tópicos falsos. Masificación de aulas: falso, 11,5 alumnos por profesor de media, y salvo en Cataluña, no ha aumentado el número sencillametne porque no hay alumnos. Cosas del baby down. Reducción abrumadora del profesorado: falso, tan solo 800 menos de un total de 682.721 que el curso pasado. Supresión de becas: falso, ha aumentado la nota para no concedérselas a los alumnos jetas. Salvaje recorte presupuestario: falso, apenas un dos por ciento en unos presupuestos que han caído un 8 por ciento en la media de los ministerios.

La Enseñanza, en nuestro país, ha sido un coto vedado de la izquierda que perpetró ese pecado mortal llamado Logse en los tiempos del ministro Maraval y del secretario de Estado Rubalcaba. Allí empezó casi todo el desastre. Wert está decidido a revertir esa envenenada ecuación, como en su tiempo lo intentó Pilar del Castillo, y en ello anda. Parece que el Gobierno, por ahora, le respalda.

La Historia de España

El otro frente, derivado del anterior, es el nacionalismo. Piensa el ministro que es insano que en Cataluña se enseñe a los tiernos infantes una recreación delirante de nuestra Historia, con lindezas como la catalanidad de Cristóbal Colón, del Ebro, de Wifredo el Velloso... O presentar a España como enemigo desde 1714, o presentar a Cataluña como un Estado más de Europa. Además de nacionalistas, la educación de la Generalitat se basa en convertir a los niños en futuros imbéciles.

En esta disputa aconteció la famosa frase de "hay que españolizar a los niños catalanes" en respuesta parlamentaria a la consejera de Eduación de Cataluña y su "hay que catalanizar a los alumnos". Luego vino lo del reproche del Rey que parece que nunca existió y alguna otra escaramuza.

Estos ríspidos episodios han convertido al ministro de Educación, Cultura y Deporte en un héroe a su pesar, en el "hombre de moda" como le caracterizó Carlos Herrera en espléndida entrevista. Tanto foco, tanto estrellato emerge del tono gris marengo imperante en nuestra trastornada sociedad. Los mismos que aplauden al juez Pedraz por subrayar en un auto "la reconocida decadencia de nuestra clase política" son los que apedrean al ministro Wert por defender el derecho, amparado por el Supremo, a elegir el castellano como lengua vehicular en contra de los dictados de esa norma totalitaria de la "inmersión linguïstica".

En la Enseñanza, en la Cultura, en el reto soberanista, en el desafío de los nacionalismos, Wert está dando una batalla casi en solitario. Apenas algunos compañeros de Ejecutivo le secundan. Soraya Sáenz de Santamaría o García-Margallo han apuntado tibiamente en su línea. María Dolores de Cospedal, desde la secretaría general del partido, se ha mostrado asímismo contundente. Pero poco más. En privado, inopinados ministros le menosprecian o le huyen. Otros, se ocultan bajo un manto de silente cobardía. Incluso los hay que cuchichean sobre sus supuestos afanes protagónicos o su espíritu exhibicionista. Ya se sabe: amigos, enemigos y compañeros de partido.

De ahí que Wert, súbitamente y casi sin proponérselo, se ha erigido en la referencia ideológica del Gobierno en algunos aspectos cruciales de la gestión política. Ha asido el estandarte de los proyectos y propuestas más significativas con las que el PP se presentó a las urnas y venció por arroladora mayoría. Es como el antagonista de aquella película de Godard que confesaba: "Veo claramente la situación pero no sé qué papel me toca". Wert lo tiene muy clarito.


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