A contratiempo

Tiempo de cuchillos e infamias

La derrota nunca tiene padres y el PSOE se ha quedado huérfano. Ni Rodríguez Zapatero, todavía secretario general del partido, ni Pérez Rubalcaba, el vapuleado candidato en los comicios generales del domingo, han hecho amago alguno de asumir siquiera una mínima parte de la responsabilidad en la gran hecatombe electoral del 20N, la mayor sufrida por la izquierda socialista en nuestra reciente historia.

El desconcierto, la desconfianza y el desánimo se han adueñado de las filas socialistas, que han visto cómo, de golpe, súbitamente, más de cuatro millones de votantes renegaban del apoyo a sus siglas.

"Mas que un revés electoral, hemos vivido un cataclismo", confesaba en privado uno de esos barones dedicados ahora a avizorar un horizonte preñado de incógnitas. Bullen y puulan en estas horas los fariseos y trotadespachos por los pasillos diezmados del PSOE. El nombre del juego político/periodístico de los cenáculos madrileños consiste en elucubrar sobre qué socialismo emergerá de la gran noche de Otumba, del gran batacazo.

Rubalbaca, taimadamente humilde pero profundamente soberbio, no ha amagado con dar un paso al costado. Todo lo contrario, pretende dirigir, controlar y hasta capitanear el rumbo de la formación hasta el congreso ordinario de la primera semana de febrero, cuando al fin se pongan las cartas boca arriba y se avizore si serán galgos o podencos los supervivientes al descacharre. Es decir, si el PSOE se abraza a la necesaria catarsis de la renovación o se mantiene en sus trece, aferrado a la actual dirección para entregarse a un juego entre suicida, autista y descerebrado.

Apenas se escuchan estos días voces sensatas en la dirección socialista. Un coro unánime y tedioso insiste en trasladar toda la culpa del estropicio a la crisis económica internacional, una cantinela tan necia que ha sido, precisamente, la inapelable causa de su batacazo en las urnas. Zapatero y Rubalcaba se navajean intensamente fuera de los focos. Carme Chacón y Patxi López, los supuestos relevos, han mordido el polvo abruptamente en sus distritos periféricos. Sus opciones de futuro han quedado lastimosamente dañadas. Emergen por las quinielas apuestas apócrifas y personajes delirantes. Desde Madina a Lage, pasando por el inevitable flequillo del inquietante Bono. El PSOE es un carajal a punto de convertirse en una pesadilla. Y quizás, en una tragedia.

Mariano Rajoy, acolchado en un poder territorial sin precedentes, contempla este estruendoso sainete socialista con su habitual templanza. Ya se lo harán. O no. Bastante tiene con lo suyo. Organizar, pausada pero firmemente, un equipo de Gobierno para enfrentar una situación económica infernal.

Si la lógica fuera un concepto con algún predicamento en la vida interna de los partidos estaríamos ante una situación de libro. El PSOE abordaría una renovación profunda y radical, con nuevos nombres, renovado proyecto, nuevas estructuras y hasta un cambio de rumbo ideologico. Y se afanaría a construir con paciencia y sensatez una formación con la que afrontar la nueva era que será, larga, dura y difícil como entonaba machacona y bobaliconamente el responsable último de todo lo que le está ocurriendo al partido: Rodríguez Zapatero.

Es muy posible que el PSOE experimente no una, sino dos renovaciones. La inmediata e inevitable, la del congreso ordinario de febrero y, la definitiva, la que plante cara al PP en las próximas citas electorales. Para entonces, seguramente, ninguno de los nombres que ahora brujulean por los medios de comunicación como posibles elegidos para la gloria sean más que eso, pura ceniza mediática. Zombis que andan vagando entre los estertores de sus propias ruinas. Pero mientras eso llega, acomódense en sus butacas porque este socialismo desnortado promete protagonizar sesiones inconmensurables. Malo para el PSOE. Malo para España. Pero así es la política, en general espesa y maloliente.


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