A contratiempo

Rivera y el “efecto Pictolín”

Rajoy despreció al acuerdo suscrito entre PSOE-Ciudadanos al bautizarlo como 'Bálsamo de Fierabrás', ese bebedizo compuesto de aceite, vino, sal y romero que ayudó a Don Quijote a escapar de unas fiebres y postró a Sancho Panza en el retrete. "Eso te pasa por no ser caballero andante", le reconvino el ingenioso hidalgo.

En estos días de jamboree parlamentario, se comentaba en el Congreso que el discurso de Rajoy sonaba a rancio, a medieval. Quizás fuera porque incluyó, amén de ironías cáusticas, y referencias vitriólicas, un buen puñado de palabras extrañas al actual vocabulario que manejan nuestros diputados, tan ramplón y escueto que discurre entre el balbuceo de las tronistas y el espasmódico tuiteo de los adolescentes.

La oratoria de Rajoy tiene más altura que su audiencia parlamentaria, de ahí la estupefacción y hasta el rechazo que produce

La oratoria de Rajoy tiene más altura que su audiencia parlamentaria, de ahí la estupefacción y hasta el rechazo que produce. Ahora al Parlamento se va a otras cosas. A amamantar a un bebé, a exhibir fraternales ósculos entre perillas, a chismorrear sobre amores súbitos, a berrear vivas a no se sabe qué repúblicas... Apenas dos o tres diputados y algún conserje (seguidores de la ‘Isabel’ televisiva) tenían nociones del pacto de Guisando al que se refirió el jefe de filas de los populares. No son víctimas de la Logse sino del Gran Hermano. La consejería de Educación andaluza, por ejemplo, habla en sus formularios de "excolarizar" a los alumnos. Pobres. No hay bálsamo que eso alivie.

Así las cosas, y dejando a un lado al independentista Gabriel Rufián, inaudita criatura surgida de un melodrama de Douglas Sirk, el campeón de la jornada fue Albert Rivera, según subrayan los sondeos. En tan acalorado debate, el discurso del líder de Ciudadanos actuó como el caramelo Pictolín del maestro Pepe Domingo, con ese efecto balsámico, tranquilizador, casi anestésico que alivia las gargantas y serena los espíritus. Entre la socarronería cáustica de Rajoy, la intemperancia excluyente de Sánchez y la cal viva de Iglesias, las palabras de Rivera caían sobre los escaños como un suave manto de vaselina, una lluvia melosa, un eficaz disolvente para tanto vinagre.

Dígaselo con flores

Rivera, que no lee sus discursos sino que enjareta frases hechas y epidérmicos mensajes, recurre a una prosa sin aristas, ligera y cortante como una cuchilla de afeitar. Fue capaz de formular su 'váyase, señor Rajoy' como si se tratara de la despedida a un viejo compañero de oficina más que el patadón inmisericorde a un político que sobra. 

Rivera es como el ‘Hola’. Elabora su mensaje en positivo. Hasta los ataques más furibundos los sirve en edulcorado envoltorio. “No pedimos que nos voten, sólo que nos dejen construir”, les dedicó a Podemos y PP, a quienes unció en el ‘bloque del no’. Algo falsaria la apuesta ya que el tándem PSOE-Ciudadanos necesitaba el sí de Pablo Iglesias, y no la mera abstención. En sus acometidas contra el PP, acusó a Rajoy de votar con Bildu (mera cuestión coyuntural, quien votó junto a los proetarras hace apenas quince días en el Parlamento Vasco, y contra la Constitución, fueron los socialistas, ahora socios de Ciudadanos), y hasta denunció que el presidente en funciones había dado ‘un jaque al Rey’, (fue Sánchez quien comprometió a la Corona al lanzarse al ruedo sin tener atado siquiera el voto de la diputada canaria, que en segunda vuelta se arrepintió). Se carcajeó del ‘gobierno a la valenciana’ que propone Podemos, al tacharlo de ‘gobierno de traca’, y le sacudió también con la memoria del PCE de la Transición, “épica verdadera y no de laboratorio”. Y así sucesivamente.

El “efecto Pictolín” forma parte de la esencia de Rivera, inspirada por Juan Verde, que fue asesor de Obama. “El mundo es un campo de fútbol en el que siempre hay un balón que nos invita a correr tras él para jugar nuestro mejor partido”, refiere una de sus máximas. Y otra: “Al final, todo estará bien, y si no lo está, es porque no es el final”. Optimismo a espuertas en el país del enanito gruñón. Aspira a convertirse en el centro del centro, el Suárez de Badalona. En ello está, empeñado en redibujar el tablero político con el PP a un extremo y Podemos al otro. Difícil propósito cuando uno de ellos te dobla en número de votos.

Rivera es consciente de los riesgos. Ha suscrito un acuerdo imposible con los socialistas que el 90 por ciento de sus votantes, por suerte, seguramente no habrá leído

“No somos ni de derechas ni de izquierdas, ni rojos ni azules; no tenemos enemigos, sino compatriotas; no somos liberales ni intervencionistas”. ¿Sino todo lo contrario? Lo dejó dicho uno de sus padres fundadores, Albert Boadella, en los albores de la formación: “Lo mejor que ha conseguido Ciudadanos es su indefinición. Si sólo somos un partido de centro tenemos los días contados”. Ahora, la fuerza naranja se ha despojado del sayal de su pureza. Se ha unido al PSOE en una jugada audaz y peligrosa, en un emparejamiento a que muchos les suena contranatura.

Rivera es consciente de los riesgos. Ha suscrito un acuerdo imposible con los socialistas que el 90 por ciento de sus votantes, por suerte, seguramente no habrá leído. Nadie se lee los programas. “Es un error la lectura en voz alta de esos cuentos”, decía Borges sobre Paladión, escritor imaginario. Mucho más eficaz es aparecer en los debates, en la tele, su biotopo natural, con su templanza, su ilusionante sonrisa, su moderación. Como en la película de Corman: “¿Y tú en qué crees?. En nada, soy demasiado civilizado”.

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EL VARÓMETRO. El gran descubrimiento de la nueva política es Patxi López, y su inenarrable debut. A su lado, hasta Celia Villalobos parecería un referente institucional// Todos sabían, en especial Sánchez, que aquello era el comienzo de la nada. // No se sabe muy bien qué hacía el padre Ángel junto a los sindicalistas en la tribuna de invitados. // Se sospechaba que Urdangarín es de una mediocridad superlativa. En efecto.


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