A contratiempo

Rajoy tiene pendiente su discurso de Bercy

"Estamos poniendo los cimientos, es muy pronto para juzgar". "Son medidas muy duras pero la situación es de extrema gravedad". "Los próximos meses no serán buenos pero saldremos adelante". "Hemos hecho en cien días lo que los laboristas no han hecho en trece años". "Estábamos obligados a ejecutar el plan de ajuste más severo de las últimas décadas"... Y así. ¿Les suena?

Son las palabras de David Cameron al cumplir sus primeros cien días en el Gobierno británico. Parecen calcadas de las que hemos escuchado esta semana a Mariano Rajoy, unas horas antes de que su ministro de Hacienda presentara los Presupuestos Generales del Estado con división de opiniones.

Cameron se había encontrado un país hundido económicamente, con un déficit del 11 por ciento y la obligación de bajarlo dos puntos en cinco años (!!!), una deuda de más de 175.000 millones de euros, y una sociedad atribulada y desencantada. Cogió el toro por los cuernos y puso en marcha un paquete de reformas valientes e impopulares. Recorte de presupuestos ministeriales de un 40 por ciento, rebaja de prestaciones sociales, aumento de la edad de jubilación, impensables iniciativas en sanidad y educación, cambios en el sistema fiscal (incluido el aumento del IVA) y en las pensiones... ¿Resultado? cayó su popularidad en diez puntos y en el Reino Unido muchos empezaron a añorar al desastroso Labour Party.

En sus primeros cien días, el Gobierno del Partido Popular ha ido mucho más allá. Harían falta miles de folios para resumir las iniciativas y reformas que ha llevado a cabo en este breve periodo, algunas de enorme calado, como la laboral, la financiera, la fiscal. Y preferentemente, los Presupuestos más austeros y agresivos de la Historia.  

Demanda de comprensión

El discurso de Mariano Rajoy ante el Comité Ejecutivo de su partido es seguramente uno de los más difíciles de cuantos ha tenido que pronunciar hasta la fecha. Miró a los ojos de la sociedad española y desgranó, sin adornos, la severidad de las medidas que ha adoptado para evitar el precipicio. Y aun así, no logró transmitir la sensación de seguridad y de confianza que es norma de la casa. Asumió la impopularidad de las medidas, las justificó como inevitables pero no logró ir más allá. En efecto, ya sabemos que la crisis es elefantiásica, que los socialistas nos engañaron con alevosía, que Europa aprieta porque no acaba de creernos y que los mercados dudan entre ultimarnos con el arcabuz o la dinamita. Rajoy abrió una pequeña rendija a la esperanza pero, en vez de transmitir responsabilidad, nos endosó tristeza.

Ahí empieza el conflicto y es cuando surgen de forma atropellada pero abundante las críticas a la falta de comunicación y a la necesidad de adentrarse en el debate de las ideas. No siempre la derecha española es dada a estos ejercicios. Quizás por desconfianza en la eficacia del empeño, quizás por algún sedimento de extraños complejos, quizás por una clamorosa ausencia de convicciones, esta baza se la ha entregado torpemente a la izquierda, que la maneja con una desfachatez y aprovechamiento dignos de mejor causa.

Actitudes cínicas

Estamos asistiendo a un ejercicio sideral de cinismo por parte de la dirigencia socialista y sindical a los firmes pasos que en materia económica y social está intentando el Gobierno de Rajoy. Lo propio sería que las huestes de Rubalcaba, después del estropicio que han perpetrado, permanecieran ocultas debajo de una mesa o, en el mejor de los casos, ejercieran su papel de oposición colaboradora y responsable. Eso, me temo, no lo veremos. Por eso insisten las voces que reclaman al presidente del Gobierno que deje de lado sus miedos y sus temores, que convoque con entusiasmo a la gran mayoría social que le ha llevado abrumadoramente en volandas a la Moncloa y que plante cara a esa vocinglería absurda pero corrosiva, que amenaza con desvirtuar los méritos de su labor gubernamental.

Se reclama a Rajoy un discurso al estilo del memorable  Sarkozy en Bercy, pronunciado en 2007 y en el que el ahora algo alicaído presidente de la República francesa le cantó las verdades a la izquierda, sin balbuceos ni timideces. Dijo allí lo que la sociedad gala quería escuchar. "La izquierda ha acabado con la familia y la sociedad. Ha asesinado la ética y los escrúpulos. Da lecciones e impone reglas y compromisos que jamás cumple. Loa los transportes públicos que nunca utiliza. Defiende la escuela pública a la que no lleva a sus hijos. Invoca el interés general mientras fomenta el clientelismo y el corporativismo". Y seguía: "Ha renunciado al mérito y al esfuerzo. Los vándalos son los buenos y la policía, los malos. Vive en la hipocresía y en la frivolidad". Y al final: "Debemos volver a los valores antiguos del respeto, la educación, el mérito, el sacrificio, la cultura y las obligaciones antes que los derechos". Rajoy, que ha llevado a cabo una tour de force irrepetible en estos cien días, con medidas cuyos resultados están por ver, debería aventurarse cuanto antes en lanzar su mensaje a lo Bercy. Explicar las medidas económicas, eso está muy bien, es imprescindible. Pero elevar también el tiro y, abandonar lo coyuntural y cotidiano, zafarse de los agobios cortoplacistas y transmitir su idea de lo que piensa para España y los españoles. Mensaje ideológico frente al bombardeo incesante de la izquierda, esa “gota malaya” de la que hablaba Pasqual Maragall.

Se espera y se reclama. Pasaron cien días. Ya es hora.


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