A contratiempo

Paisaje después de la catástrofe

El tren se lo llevó todo por delante, Se erigió en desalmado protagonista del fin de curso, cuando la casa estaba voluntariosamente en paz. Una EPA histórica, una recesión amortiguada, unas cifras de turismo próximas al "boom" y más exportaciones de las soñadas.

La conjunción astral favorecía, una vez más, a Mariano Rajoy, a lucky man, un hombre con suerte, especialista en salirse con la suya sin más esfuerzo que sentarse a ver cómo pasan los problemas frente a su puerta hasta que el tiempo los desvanece. Así aguardaba la llegada del 1 de agosto, fecha de su disputada comparecencia ante el Parlamento, acolchado por un confortable edredón de buenas noticias. El nauseabundo islote de Bárcenas quedaría sepuldato en un océano de buenaventura.

Pero un maldito tren, que ni era de Alta Velocidad aunque circulaba por vías de Alta Velocidad hasta que pasó a vías de Baja Velocidad ("de tiempos del franquismo", llegó a escribir un amanuense ofuscado) consumó la tragedia y derribó de un papirotazo el amable panorama. Galicia, metáfora de España. Cuando ya se acercaba el AVE hasta Coruña, se acabó el dinero. Si no hay para AVE, tendremos para Alvia. La fatalidad no existe en casos como éste. Aunque el ejercicio de las primeras horas fue disparar sobre el maquinista, con ensañamiento y en forma precipitada, pues el conductor no había siquiera abierto la boca ante un juez para explicarse, voces sensatas y expertas recordaban algunas circunstancias concretas que pudieron colaborar en la consumación de la desgracia.

Curso espantoso

Una España apesadumbrada, que había sobrevivido malamente a su quinto año de crisis económica, con la carrocería echa jirones, el alma encogida y el corazón maltrecho, se disponía a tomarse un breve y austero descanso estival. Harta de estrecheces, sudores, angustias y desesperanzas, tocaba echar el cierre mental por unos días y olvidarse del drama cotidiano.

Pero el tren lo arrasó todo. Acabó con la alegría del Apóstol, los planes vacacionales, el brillo de las playas calientes, los reencuentros familiares, las largas veladas al fresco, las risas, el bullicio y el jolgorio. El tren, el maldito tren, puso un cierre de tragedia a un curso espantoso. Pero con lo que no pudo es con la moral cívica de un país, quejumbroso pero solidario, ceniciento pero vital. La admirable reacción de un pueblo, entregado y solidario, dio la vuelta a la noche más cruel.

Un dolor acompasado

Cientos de vecinos lanzados sobre los herrumbrosos despojos de un Talgo al rescate de cuerpos multilados. Decenas de médicos que abandonaron su descanso y se volcaron horas eternas en los quirófanos. Bomberos que colgaron el traje de sindicalistas en huelga y se calzaron el de la ardorosa faena. Hosteleros que habilitaban camas en sus atestados establecimientos para acoger a los familiares sonámbulos. Interminables filas de donantes de sangre frente a los hospitales, tan pulcras y silenciosas como las japonesas del Fukuyama. Las improvisadas mantitas de los vecinos de Angrois, cubriendo primorosamente a "los muertitos". Y claro, la Familia Real y el Gobierno, en su sitio. Todo un país con el dolor acompasado. Todo natural y cotidiano, hasta lo heroico y lo memorable. El tren, ese maldito tren sacudió el polvo de una España tan olvidada para algunos que hasta la celebraron con aplausos. Demasiado aspaviento. No hacen falta costosos estudios demoscópicos ni gurús de palabra hueca para confirmar lo que un maldito tren empotrado nos reveló en una noche de pesadilla. Una nación formidable que, unida, hace frente a un puñetazo insoportable.

Luego están los ladrones, los corruptos, los chorizos, los tramposos, los listos, los mafiosos, los aprovechados y los gandules. Y de esa costra ponzoñosa y malsana que se ha aposentado en el vértice de nuestra estructura estatal es de lo que toda esa buena gente va a pedirle a Rajoy que hable el jueves. No tanto del déficit y de la EPA. Ni de previsiones macro y realidades micro. Esa España que algunos obtusos descubrieron en el zarpazo del ferrocarril, pero que siempre esta ahí, tiene muy claro que, después de atender a los heridos, consolar a los familiares, enterrar y rezar a los muertos, el gobierno, la clase política, las instituciones, tienen que dedicarse a una sola cosa: a ganarse su respeto. Porque la próxima vez no será un Alvia lo que se lleve todo por delante. La próxima vez será algo más que un tren el que descarrile.

EL VARÓMETRO. Hace meses la ministra Pastor hablaba de relevar al presidente de Renfe. Ahora ya no puede // Dolores Cospedal, cada día más firme, cada mensaje más valiente// Mientras España lloraba a sus muertos, Artur Mas exigía a Rajoy por carta una respuesta a su reclamo de referendum. Actitud miserable.


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