A contratiempo

Pactos con el diablo

"No debemos ser los escudos frente a nadie, ni pasarela de otros". Escudos, pasarelas. Se impone la jerga Juego de tronos. Sólo falta el 'matareyes'. Susana Díaz, imponente y colérica, vino a Madrid para dictarle a Young Sánchez una teórica sobre los pactos.

Ni frentismos ni abrazo de oso, resumió la lideresa andaluza, que aún no tiene un perrito que le pacte. Los pactos son como esa receta que se trampeaba en las reboticas del estraperlo. Iba el paciente a por una cataplasma y le endosaban un sobre de bicarbonato. ¿Pero no había ganado Esperanza? ¡Ah, se siente, que va a gobernar Manuela!

Las admoniciones de la faraona del sur retumban aún por las paredes de Ferraz. Aquí pactamos con todos o se rompe la baraja. Y con los de Podemos, quizás ni en pintura. Pulso entre perdedores. Ni Díaz acertó en su precipitación electoral ni Sánchez ha logrado su consagración en la primavera electoral.

Hay quien no repara en que el PSOE ha tenido los peores resultados de la historia en unos comicios municipales y autonómicos. El batacazo del PP lo tapa todo. Pero al PSOE se le esfumaron 670.000 papeletas. Sólo coronó en dos comunidades (Asturias y Extremadura) y en cinco capitales de provincia (Soria, Segovia, Huelva, Gerona y Tarragona). En núcleos clave como Madrid, Barcelona, Valencia, Zaragoza, Coruña o Bilbao no alcanzó siquiera el papel de segundón con frase. Un desastre que ahora se apresura a camuflar con pactos y componendas.

Y en ello está. Pedro Sánchez, después de pasarse meses arremetiendo contra aquel Podemos venezolano, mudó su discurso en plena campaña. "No pactaremos ni con Bildu ni con el PP", aseguró. Una frase miserable, se escuchó en Génova. El líder socialista vivió unos meses atemorizado por el ascenso de Iglesias en las encuestas. Fueron los meses más duros de su mandato. Tanto que incluso 'podemizó' su discurso y hasta su indumentaria. Gesto fiero, camisa blanca arremangada, mentiras arriesgadas y palabrería de barricada. Llovían críticas desde la interna del partido y Susana Díaz enseñaba las uñas. Tras las andaluzas, casi todo se calmó. Podemos no volaba tan alto y la presidenta en funciones se quedaba colgada de la brocha a la espera de una mayoría que no llega.

La hora del camuflaje

Tras el 24-M, Sánchez ha visto puerta. El PP ha hecho un Casillas y por ahí le van a entrar todas. Por el rincón de los pactos. Se trata de arañar presidencias autonómicas, ayuntamientos y concejalías a cualquier precio.  Todos los balones para Iglesias y que él reparta juego. Entregarles ciudades simbólicas como Madrid, Valencia o Barcelona a cambio de Extremadura, o Castilla la Mancha. Un negocio algo desparejo. Bueno para Iglesias y para el ambicioso Page, un bonista escaso de escrúpulos que tiene el cuajo de dar una rueda de prensa a las puertas del palacio de Fuensalida cuando la presidenta aún está dentro. Si hace falta, se resucita el cordón sanitario.

Unas elecciones son un combate por el poder. Sánchez lo sabe. Quiere el mapa de España limpio de azules. Rojo y morado, que se note el cambio. Pero Iglesias tiene la manija y está disfrutando. Le hace burletas al joven socialista. "Para llegar a acuerdos con nosotros, el PSOE deberá dar un giro de 180 grados". Y le dedica una frase de amor vitrióloco: "Pedro Sánchez antes no me llamaba y ahora sí me llama". Una tragicomedia de teléfonos blancos. Que se vea quién es el príncipe y quién el mendigo.

Los viejos socialistas del puño y la rosa, los de Felipe, piensan que la humillación nunca es buena consejera. Podemos era, hasta ahora, el enemigo público número uno del PSOE. El que le saquea el granero, le levanta las gallinas y hasta la camisa...blanca. Ahora se va a convertir en su compañero, si no de cama, sí de baile.

De ahí la advertencia de Susana Díaz: "No debemos ser la pasarela para nadie". O sea, cuidado con pactar con el diablo que te fulmina. La camada de Sánchez piensa que bueno sea pasar este trago para llegar a diciembre. Ya se ve en la Moncloa con Iglesias de monaguillo. Un planteamiento quizás ingenuo. El objetivo de Podemos pasa por embaularse al PSOE con patatas fritas como ya hizo con Izquierda Unida.

El tablero político español ha cambiado. Cuatro protagonistas se reparten ahora cargos y poltronas. Un panorama inédito. Ya no hay que dorarle la píldora a los nacionalistas catalanes. Ahora hay que jugar con otras reglas. "La cultura del pacto", le dicen los muy cursis. Y en la puerta aguarda una hornada de inmisericorde de gobiernos tripartitos, cuatripartitos y hasta pentapartitos para dibujar un fresco que da pavor. ¿Un panorama ingobernable? Como decía Revel, lo malo del comunismo viene después.

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EL VARÓMETRO. Zapatero quiere ser de mayor el vicepresidente de Iglesias. // Y a todo ésto, Arenas sigue agazapado. // Un comunista, Francisco Guarido, alcalde de Zamora. Amen. // El estilismo de Ada Colau llama mucho la atención a la prensa extranjera. // El carnicero de mi mercado, centro de Madrid, aterrado: un treinta por ciento menos de ventas desde que ganaron éstos. // Rajoy acaba de darse cuenta del efecto de las teles en el resultado electoral. Un poco tarde, quizás.


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