A contratiempo

Pactos, consensos, pastiches

El consenso es el sucedáneo posmoderno del pacto. Pensamiento líquido. Se pacta cuando no se puede hacer otra cosa. Se consensúa cuando no se sabe hacer otra cosa. Por aquí se empezó con el pacto/apaño constitucional entre Guerra y Abril Martorell (lo de los "padres de la patria" es la historia oficial) y desemboca ahora en el conseso/pastiche de la Ley de Transparencia. Entre medias, decenas de acuerdos, consensos, pactos, generalmente nefastos como el "pacto para la Justicia" de 1985 que arrasó con el más nuclear de los poderes del Estado, el Judicial; el "pacto del Majestic" que hizo de Pujol un gigante, y otros más vergonzantes: pactos de silencio, pactos de gobierno o pastos de los montes. No olvidemos los idealizados "pactos de la Moncloa" (ahí empezó el baile), el "pacto de Toledo" (que consolidó la política sindical del tardofranquismo) o el bienintencionado "pacto Antiterrorista" que ideó Zapatero casi al tiempo que lo dinamitaba.

Andan ahora felices los analistas centristas, los prestidigitadores del camelo, los aduladores de lo correcto, porque se avizoran pactos en el skyline del Congreso. Qué felicidad. Pérez Rubalcaba, pura tiña, tras desvelarse que Mariano Rajoy recibió a Felipe González, confesó que él sostiene conversaciones telefónicas secretas y frecuentes con Moncloa. Y tras una acaramelada sesión de control sin aristas ni disputas, propuso esta semana al Gobierno un pacto sobre política económica y Europa. PP y PSOE, juntos contra Merkel, podía ser el enunciado.

Síntomas de ira social

El CIS nos enseña que vivimos un proceso de creciente ira social ("anarquía disolvente" lo llamó González) acompañada de un incipiente desvanecimiento del bipartidismo. Las grandes formaciones, desde su inalcanzable inopia, han empezado a intuir que algo se quema en la cocina. Desgalichados movimientos sociales, espasmódicas agitaciones callejeras, descamisados, populistas, demagogos de prime-time alientan el griterío. Del 70 por ciento de los sufragios entre los dos grandes partidos a un esquílfido 55 por ciento. Se anuncian abstenciones apocalípticas y llueven advertencias demoscópicas sobre fracturas sociales, generacionales y trasversales.

Algo hay que hacer. Pues un pacto. Los medios bienpensantes aplauden con las orejas, las portadas se tiñen de rosa y los reproches al limbo partidista baja unos enteros. "Vamos a estar detrás de usted", le dijo Rubalcaba a Rajoy. (Viniendo de quien viene, más que a apoyo sonaba a amenaza... trapera) Pero ¡quiá!. Dos cabalgan juntos. Mariano y Alfredo, Alfredo y Mariano, unidos contra el dragón de la crisis, contra el bullicio, la turba y eso que llaman desafección. Música de Cole Porter y coreografía de Busby Berkeley.

Opaca transparencia

En esas estábamos cuando, la primera en la frente. Esta nueva era del consenso mostraba una inquietante calavera tras la angelical sonrisa. La Ley de Transparencia, tan democrática, moderna y ejemplar, nacía emponzoñada. El PP cedía ante el PSOE y, en especial, ante los nacionalistas de CiU y PNV, esos patriotas, el control de las sanciones a autonomías y ayuntamientos en caso de excesos e irregularidades. Puro cambalache. Un Consejo de Transparencia y Buen Gobierno, nombrado por los partidos, ejercerá las funciones de gran totem del paripé. El Ejecutivo renuncia a su potestad sancionadora en aras de la conllevancia con los nacionalismos disgregadores, que, por supuesto, no abandonan a su obsesivo desafío rupturista a la Constitución y al Estado.

¿Para esto sirve el consenso? ¿Para ésto los pactos? Bienvenida sea una Ley de Transparencia que introduzca orden, rigor y penas a los desmanes, trapacerías y despilfarros de las administraciones, partidos, sindicatos y demás. Pero no en las condiciones que nos anuncian. El Gobierno de Rajoy ha abdicado de sus responsabilidades de restablecer las prioridades del Estado para conseguir el hipócrita respaldo y el aplauso falsario del chantaje nacionalista.

El PP llegó al poder impulsado por una abrumadora marea que le encargó, no sólo hacer frente a la crisis económica, sino también y fundamentalmente, reorganizar una estructura territorial desmesurada, hipertrofiada, carcomida por la corrupción y oxidada en su inoperancia. Tenía ahora, con la transparencia, una excelente ocasión para hacer valer su incontestable músculo parlamentario y proceder a sacar adelante la regeneración necesaria de ese inmenso corpachón inerme y obsoleto. Pero se ha achicado y ha tirado la toalla. Temeroso quizás de aparecer en solitario con esa crucial ley bajo el brazo,el Gobierno de Rajoy ha optado por abrazarse a sus enemigos. Viva el cambalache. Viva el pacto. 

EL VARÓMETRO. La inutilidad impertinente de su equipo de comunicación potencia las falencias, no siempre superlativas, del ministro Fernández Díaz // Una vez al mes desayuna Duran Lleida con los españoles en RTVE. ¿A qué tanto miramiento con el derecho a decidir en la tele de todos? // Soraya Rodríguez, obsecuente vocera del PSOE, aún no se ha excusado por relacionar la educación diferenciada con la violencia de género. Neuronita ágrafa // Ministra Pastor y su AVE reinan en Brasil. Luego, ¿vuelta a Sanidad?


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