A contratiempo

Nace Vox, algo más que un síntoma

Ni Gamonal es la plaza de Tarhir ni España es Egipto. Pero se equivocan quienes desdeñan determinados episodios que ocupan con estruendo los telediarios. Protestas de vecinos contra iniciativas municipales ha habido en España casi tantas como alcaldes. Pero en la tranquilia y conservadora ciudad de Burgos han ganado los que siempre pierden

El estallido de Gamonal no habría llegado a superar la categoría de la anécdota de no mediar la torpeza de un munícipe, la desidia del ministerio del Interior, la descomunal repercusión mediática y, desde luego, aunque en segundo término, el hartazgo y el malestar de ese sector de la sociedad, donde cualquier yesca bien orientada, prende y se extiende.

Gamonal no es Tarhir, aunque haya muchos pescadores camuflados pretendiendo pescar en ese río revuelto. Ojo, tras la "primavera árabe" llegaron los barbas musulmanes. Pero La revuelta de Burgos evidencia algo que la clase política todavía está tardando en digerir. El cóctel crisis económica más corrupción política resulta explosivo. Y un modesto bulevar puede convertirse en pesadilla general. Algunos lo están intentando. La prepotencia (del alcalde, del ministro del Interior) no es buena consejera. Ni la soberbia. Porque hay cosas que están cambiando.

Nace un partido

La llegada del modesto Vox, el pequeño partido impulsado, entre otros, por Santiago Abascal y Ortega Lara, es otro síntoma, uno más, del corrimiento general de tierras que se está produciendo en nuestra geografía política. Los grandes mastodontes se ríen cuando aparecen, a derecha e izquierda, formaciones liliputienses con vocación de atender a los que están hartos de esa corrupción del juego político que consiste en repartir siempre el poder entre los mismos. Dos colosales partidos nacionales junto a dos parásitos nacionalistas dispuestos a ofrecer sus escaños al mejor postor.

Vox ha sido el último en llegar. Otro aviso. Rosa Díez, tras confirmar su escaso futuro en el PSOE, se inventó unas siglas que han carcomido votos a diestra y siniestra. Ciutadans, también antinacionalista, dio ya su pequeño salto en Cataluña sobre las cabezas del PP y CiU. También las derechonas xenófobas de Cataluña y País Vasco, es decir, PNV y CiU, viven procesos similares, unos con los filoetarras de Bildu/Sortu/Amaiur y otros con ERC y CUP. Hasta a la izquierda comunista le ha surgido un grupúsculo disidente con coleta.

El bipartidismo, por concepción y naturaleza, abona la estabilidad. Estados Unidos no anda mal desde hace dos siglos. Tampoco el bipartidismo con bisagra, al estilo del Reino Unido, es despreciable. El turnismo de Cánovas y Sagasta surgido tras el pacto del Pardo instauró en nuestro país la alternacia como forma de Gobierno y propició en España un final de siglo XIX ajeno a los sobresaltos del periodo isabelino. Una vacuna de caballo para evitar las convulsiones del periodo isabelino, más de treinta gobiernos entre 1840 y 1868.

Nuestra actual Constitución abona también una fórmula parlamentaria con dos grandes partidos prácticamente dueños y señores de la arena política. El sistema chirría cuando es CiU, un partido secesionista, quien ejerce el papel de bisagra y, por lo tanto, se convierte en factor clave para la "gobernabilidad".

La súbita aparición de estas fuerzas políticas desgajadas de las dos ominpotentes formaciones evidencian una cierta fatiga de nuestro actual sistema de reparto de poder. Todo iba como la seda tras una transición modélica y un largo periodo de normalidad institucional que nos permitió superar la larga dictadura e instalarnos en el corazón de las democracias occidentales.

Pero la crisis, la corrupción, la prepotencia bipartidista, el control de los resortes económicos y del aparato de la Justicia han propiciado un malestar cuyos primeros síntomas emergen por las férreas costuras del Estado. Quizás Vox sea finalmente tan sólo una saludable anécdota. Quizás Ciutadans no vaya más allá de donde ahora se encuentra. Quizás UPyD muera de éxito. A tenor de las encuestas, no lo parece. Más bien todo lo contrario.

El desapego del votante, el escepticismo del ciudadano, el cansancio del militante y el cabreo del contribuyente resulta palmario. Y si los dos grandes partidos que hasta ahora han liderado, conducido y controlado el periodo surgido desde la restauración democrática no se espabilan, posiblemente se llevarán un susto. Es meritorio el empeño de Mariano Rajoy y su equipo en devolver la tranquilidad económica a un país desfallecido. Y los esfuerzos de la vicepresidenta Sáenz de Santamaría por aliviar las herrumbrosas toneladas de edifico estatal. Pero no basta. Hay demasiados vicios pegados como lapas a las columnas del Estado que todo lo corroen y lo debilitan.

La aparición de Vox y sus pares podría ser una necesaria vacuna. O el síntoma del principio de un cambio. Cuando los mecanismos de control de una democracia se oxidan, el régimen chirría. Más o menos, es lo que está pasando.

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EL VARÓMETRO. Valenciano quiere huir a Europa, muy lejos de un Rubalcaba sin futuro. // O sea que Montilla no sabía apenas catalán cuando nos embarcó en el Estatut y en el Tripartito. Ya le vale. Y ahí lo tienen, todo un miembro del Senado español. // La imagen penosa de la semana: Montoro soltando la pasta de la lotería al representante del partido filoetarra de Bildu. Así es la ley, dicen. 


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