A contratiempo

Monsieur Sánchez, tome usted nota

Fuese Rubalcaba como si nada, después de haber participado, colaborado, urdido e impulsado algunos de los episodios más grotescos, negros y vergonzantes vividos por nuestro país en los últimos treinta años.

Fuese Rubalcaba y ha llegado Pedro Sánchez, a quien tanto aplauden y de quien tan poquito sabemos. "Denle tiempo", recomiendan en su casa quienes también desconfían de lo que hasta ahora ha mostrado este joven entusiasta (más joven era González cuando llegó a la presidencia del Gobierno), de excelente planta y no mala sonrisa. "Lo mejor de Zapatero es su sonrisa", dijo en su día el malvado Tony Blair, que de mercadotecnia política sabía un congo.

Todo en el nuevo líder de la izquierda española está por hacer y casi todo está por decir. Es normal. Ha tenido apenas unas semanas para mostrarse y en unas circunstancias muy especiales. En campaña electoral, ese lapso en el que cualquier político es capaz de cualquier cosa excepto de decir la verdad y de comportarse con sinceridad.

¿Qué hay de las primarias?

Démosle tiempo, pero en estas últimas horas ha empezado a mostrar levemente la patita y ha hecho y dicho cosas que mueven a la desconfianza. El voto anti Junker en Europa, por ejemplo, es una de ellas. Su debut en la arena internacional no ha podido resultar más trapacero, por buscar la rima. O prometer primarias y luego guardarlas en el cajón hasta que convenga. O esa referencia a Mariano Rajoy, apenas unos días antres de su primer encuentro en Moncloa, de quien dijo que "representa otra generación de políticos más del pasado, de los últimos 35 años, que del presente y del futuro".

Del futuro, qué sabe nadie. El futuro de Sánchez también está por escribir. En cuanto al presente, Sánchez debería pensar en que desacreditar a un político por la edad es de necios. Merkel tiene la misma edad que el presidente del Gobierno español y no parece que su presente sea anecdótico.

Joven triunfador

La izquierda española, como la europea, tiene pendiente no sólo una profunda reflexión y un serio debate interno. Tiene, fundamentalmente pendiente, una refundación, como gusta decir ahora. No se ha recuperado de la caída del Muro, no ha logrado recuperar su espacio, no ha sabido encontrar las nuevas respuestas. La izquierda en Europa es un fantasma groggy que busca torpemente su sentido. Y para lograrlo, para 'reinventarse', como gusta decir ahora, necesita localizar algunas realidades imprescindibles, algunos referentes, ideas, valores, desafíos y algo de humildad. Sánchez ha asumido el papel de joven triunfador, excelente para arrasar en contiendas electorales pero quizás no demasiado adecuado para la acción de Gobierno. "Denle tiempo".

Por aquí ha pasado esta semana Manuel Valls, primer ministro de Francia y de origen catalán, como es sabido. No es que Francia esté en condiciones de dar muchas lecciones en la actualidad. Pero sigue siendo Francia, una potencia en tantas cosas. Pues bien, Valls, que también dedicó unos minutos a conversar con el nuevo líder socialista español, ha dejado algunos consejos que no deberían caer en el olvido. Por ejemplo, cuando dice que "tanto la derecha como la izquierda nos hemos olvidado de hablar de la patria, de la República, de la nación". Y ha añade: "Europa necesita más que nunca la fuerza, la unidad y la coherencia. Como socios, deseamos una España fuerte y unida".

El mantra de la "tercera vía"

No habla mucho Sánchez de la nación. Más bien, poco. Habla de reformar la Constitución sin saber para qué o hacia dónde. Habla de un federalismo como cliché, sin detalle ni matices. Y, cuando se le requiere algo más específico sobre el particular, se abraza al mantra de la "tercera vía", que es un invento de un PSC moribundo para evitar desaparecer de la faz de Cataluña. La "tercera vía" es el escapismo, es la fórmula de quien no tiene fórmula, es la equidistancia boba, es ponerse de perfil, es mirar hacia otro lado para no afrontar los problemas. La "tercera vía" es el camino que no conduce a ninguna parte. Ya lo dejó claro el viernes Sáenz de Santamaría tras el Consejo de Ministros, que se largó toda una lección sobre el particular que es para tomar nota. Y luego, eso sí, el nuevo líder socialista comenta que llegado a este punto le preguntará a Rajoy qué está pensando para resolver este problema.

Valls, quien acaba de rebajar de un plumazo el número de regiones de 22 a 13 (en la Francia centralista de Napoleón, las regiones son una anécdota) ha dejado dicho que sus compatriotas tienen que cuestionarse más veces "lo que significa ser francés". No le vendría mal a Sánchez que también esgrimiera esa pregunta, "qué significa ser español", algo en lo que da la sensación de que no se ha parado a meditar ni un minuto.  Ni él, ni en su partido ni menos aún en otras formaciones a las que pretende imitar o a las que no duda incluso en amparar.

No hay un PSOE con una visión clara, homogénea y lúcida sobre lo que es España. Tampoco Sánchez parece tenerla. "Denle tiempo". Bien, sea. Pero tiempo es quizás lo único que no tenemos. 


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