A contratiempo

Ministros Pastor y Fernández: Así los quiere Rajoy

Como los entrenadores amarretes, Mariano Rajoy no gusta de hacer cambios en el descanso. Pretende terminar el partido con la alineación de salida. Ello implica una total confianza en el cuadro titular o una absoluta desconfianza en el suplente. Es decir, que carece de banquillo.

Para el presidente del Gobierno todo cambio es sinónimo de crisis. Las cosas cuando andan bien, no se tocan. Y si se han de tocar es porque andan mal. Tocarlas, pues, implica el reconocimiento de un fallo o de un error. Esa aversión por la mudanza es propio de un espíritu conservador o de un escéptico mayúsculo. Nada se toca porque nada es susceptible de mejora. ¿A qué cambiar a un ministro, por prescindible que éste sea, si el que recambio seguramente lo hará bueno?

Rajoy es de esas personas que, como a los gatos de Baroja, le gustan los sillones cómodos, el fuego, el pescado y los halagos; y le molestan la calle, el ruido, la solemnidad y la retórica. Un suponer.

Antes de dejarse la barba, alguien le debió aconsejar: "Que la inquietud no te haga atacar, siempre vence quien sabe aguardar". Y en ello está. Es un antídoto contra la impaciencia y el arquetipo de la indiferencia. "Tanta serenidad da dolor", dejó escrito Claudio Rodriguez, zamorano como Ana Pastor, la ministra de Fomento nacida en Cubillos del Vino, disfrazada tiempo ha de gallega.

Pastor es la ministra del momento (y de Fomento). Representa a la perfección los valores que Rajoy sitúa en la cima de lo imprescindible. Leal, discreta, vocacional, levemente efusiva, minuciosa hasta la obsesión y trabajadora a tiempo completo. Decía Napoleón al respecto: "Un hombre al que yo hago ministro ya no debe poder mear al menos al cabo de cuatro años". Pastor, que antes fue titular de Sanidad, sale cada mañana con sus necesidades despachadas porque jamás sabe cuándo va a tener diez minutos de soledad. En plena Navidad la enviaron a Panamá, un itsmo lejano tan sólo concebible para una novela de espías. Se trataba de sofocar un incendio que se organizó en tiempos de Zapatero y nadie había remediado. Y ejerció bien su función, mediática, cosmética y epidérmica. De vuelta a casa, otra vez a hacer la maleta y a colocarse el casco de reparar averías. Rumbo a Riad, a lo del AVE. Con su aspecto de señorita de provincias, pulcra y discreta, Pastor se conduce por el mundo con la soltura de alto ejecutivo de una multinacional de teleserie. Dicen los suyos que es eficaz hasta el pasmo y tenaz hasta la obsesión.

En el otro extremo aparece Jorge Fernández Díaz, hijo de militar, ingeniero e inspector de Trabajo, gobernador civil en Asturias con 30 años y toda su carrera política a la vera de dios padre, es decir, de Mariano. También le adornan a Fernández algunos de los méritos de Pastor, es decir, el empeño, la entrega y el amor por el trabajo. Pero le faltan algunas de sus luces. Es nervioso, tiene más tics que ideas excelentes y da la impresión de estar siempre al borde de ofenderse de modo definitivo. Criado en Cataluña, alcanzó la cima del PP en su región dado el páramo de su entorno. Eso sí, tuvo que verse las caras con Vidal Quadras, la más radical de sus antítesis. Fernández Díaz fue un eficaz secretario de Estado allá donde Rajoy ejercía de ministro. Cumplía su función con creces y jamás pisó el palito (ahora le dicen "líneas rojas"). Su ascenso a la categoría de ministro del Interior fue un regalo envenenado. En nuestro país, el jefe de los guardias tiene casi asegurado un rincón en la estima popular. No es el caso. Fernández siempre aparece como el ministro menos conocido del Gobierno.¨Lo que podría ser virtud si no fuera por lo que a él ofende. Quizás con razón. Tras varios intentos por protagonizar un patinazo terrible, al fin lo logró con la detención anunciada de un grupo de abogados de ETA.

Pastor y Fernández son posiblemente los ministros más leales a Mariano. La vicepresidenta es otra cosa. Es necesaria, con todo lo que implica. Y tiene agenda propia. Margallo es el simpático amigo de francachelas de toda la vida. Y Montoro... es Montoro.

Andan diciendo quienes no tienen en qué ocuparse, que el presidente del Gobierno quizás mueva algún peón de su Consejo de Ministros en fechas próximas. No está por la labor, ya lo ha dicho. Su idea es terminar el segundo tiempo (ahora comienza la segunda parte de su mandato) con el mismo equipo que lo empezó. Pero hay que ponerse en su lugar. ¿Dónde, en que rincón del hipermercado político encuentra Rajoy a dos ministros con la trayectoria de adhesión inquebrantable de Pastor y Fernández? Rajoy, en un ministro, busca otra cosa, al margen de su idoneidad para el puesto, de su brillantez, de su nivel intelectual y de su rigor mental. Busca políticos que no hagan ruido, que no molesten, que no den que hablar, que estén donde han de estar y que mantengan los piés dentro del correspondiente tiesto. De esos, la verdad, y basta con echar una ojeada al Gabinete, hay pocos. Realmente lo más difícil en esta vida es aprender a no hacerse ilusiones para las próximas tres horas.

EL VARÓMETRO.- Viene lleno el patio de los rumores sobre aventuras (sí, de esas) en el sector varonil del banco azul. Nuestros pequeños Hollande.// Urkullu, que no es listo pero tampoco lo parece, dice aquello de que "la República armonizaría las naciones del Estado". Ya lo vimos en el 31. // Si Valenciano, como cuentan, se va a la lista de Bruselas, el agit prop anti ley de Gallardón se queda en nada.


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