A contratiempo

Mesías y profetas en una Cataluña de truhanes

Sin un enemigo exterior al que achacarle sus males, el nacionalismo se diluye. Se convierte en un movimiento puramente sentimental carente de armazón ideológico y de proyecto político. En una agitación permanente, en una proclama falsaria y elemental.

Al frente de tanto griterío soberanista se necesita unos dirigentes entre iluminados y proféticos. Más bien, farsantes. El nacionalismo catalán es un ejemplo palmario. El libro de memorias de José María Aznar retrata, en dos plumazos, a uno de ellos. Pasqual Maragall, travestido en salvador de su patria al frente de un desquiciado Tripartito, le confesó al entonces presidente del Gobierno que él quería ser como el gobernador de Nueva York, que mandaba en todas las áreas de gobierno y en la policía federal. "Le contesté, escribe Aznar, que ni el gobernador de Nueva York ni ninguno otro tiene poderes sobre el FBI, la policía federal de los Estados Unidos". Pero Maragall insistió: "Yo quiero ser como el gobernador de Nueva York". Y tan pancho. Luego le reclamó un AVE de Barcelona a Bilbao, otro de Barcelona a Valencia, porque eso era lo justo y lo conveniente. Y que supendiera el AVE Madrid-Barcelona. Una locura.

Elecciones plebiscitarias

Pero nada es lo de Maragall comparado con la gran trampa de Artur Mas, reivindicando la falsedad de una futura Cataluña convertida en un Estado independiente dentro de la Unión Europea. Una añagaza que quizás sólo una parte de la sociedad catalana ha sido capaz de creerse. Maragall promovió un Estatut desaforado con la misma pasión que defendía un tramo de Metro hasta Montjuic, tan inneceesario como estúpido. Mas reclamaba un referendum ilegal para recuperar una independencia que Cataluña nunca tuvo. Maragall, ese iluminado, llegó a creerse sus tontunas. Artur Mas, algo más cuerdo, ha llegado a creerse su papel de figura prometeica y hasta se disfrazó en el vídeo electoral de CiU de una especie de Moisés conduciendo a su pueblo a la tierra prometida.

Dos delirios estrambóticos inasumibles por cualquier cerebro medianamente sensato. Dos dirigentes políticos alejados diametral y obsesivamente de la realidad. Maragall pasó a la historia como un President quijotesco y errado. Lo de Artur Mas es mucho más grave porque su reto independentista ha coincidido, premeditadamente, con uno de los momentos más dramáticos de la realidad económica de nuestro país.

España nos roba

Pero el actual presidente de la Generalitat, enfangado en un piélago de corrupción, de deudas, de penosa gestión y con un horizonte político muy comprometido, optó por la vía más asequible desde un planteamiento nacionalista. Tirar hacia adelante culpando a los demás de todos sus desastres. "España nos roba" y "España nos ataca" han sido los lemas de su campaña. Un tema único, un leit motiv excluyente. Transformó la cita electoral en un referendum anticipado. Unos comicios autonómicos en un plebiscito de carácter personalista. De ahí tanto ruido y tanto estropicio, político, mediático y social. Uno quería llevar el metro a Montjuic. El otro, quería llevar a Cataluña lejos de España, a un limbo cuyo perfil él mismo desconoce. Demasiadas instancias económicas, financieras, políticas y culturales catalanas han colaborado en el absurdo, entre la hipocresía y la cobardía.

El agitado estrambote de esta estrategia secesionista ha reflotado la mugre macilenta que reposaba en el fondo del estanque dorado catalán. Cuentas privadas en Suiza y Leinchenstein, fundaciones tapadera para ocultar financiación ilegal de Convergencia, donaciones espúreas, comisiones ilegales de empresas constructoras, dirigentes políticos con fondos millonarios lejos del radio de acción de la Agencia Tributaria...en suma, ese patio de Monipodio de corsarios y truhanes en el que las principales fuerzas políticas catalanas han convertido su "petit país". Una gavilla de malvivientes envueltos en la senyera y al ritmo de Els Segadors. En suma, se nos ha recordado, y con más empeño que nunca, que la Cataluña oficial apesta, con una cohorte de jueces, empresarios, fiscales, políticos y funcionarios que han colaborado activa y afanosamente en este suculento reparto del botín.

Al fondo de esta tramoya de pasiones y ladrones, de esta escapada hacia la nada, está la figura de Jordi Pujol, el inventor del gran teatro de la Cataluña independiente, sibilino, maquiavélico, gran hipnotizador y excelente conocedor de los resortes que logran mover a un pueblo. "Cualquier tarugo misarable que no tiene nada en el mundo de lo que pueda sentirse orgulloso se aferra al último recurso: vanagloriarse de la nación a la que casualmente pertenece", dejó dicho Shopenhauer.


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