A contratiempo

Ni Merkel ni el BCE: la salvación está en nosotros

Los homéricos esfuerzos desarrollados estos días por Mariano Rajoy en su empeño por ablandar el granítico corazón del BCE y la inexpugnable fibra sensible de Angela Merkel en sus fatigosas citas de Chicago y Bruselas han atraído más bien poco el interés de la opinión pública española, que también ha asistido con relativa desidia al nacimiento de un banco público surgido de las cenizas de Bankia en el que tendrán que volcarse fondos y activos de los que carecemos para sacarlo adelante. La cotización de la prima de riesgo aparece ya en televisión en el mismo emplazamiento que lo hacen la temperatura o el estado del cielo. Es decir, 380, 28 grados, nublado. El drama cotidiano transmutado en rutina. Total.

No es que nos hayamos acostumbrado a vivir al borde del precipicio, pero sí que hay un cierto determinismo en el ambiente que nos ha paralizado como a la víctima de la picadura tóxica de un venenoso ofidio. Algunos episodios vividos estos días nos muestran el verdadero aspecto del fantasma que nos tiene atenazados, que no son ni los malévolos mercados, ni la inhóspita canciller alemana, ni la maldición del euro malparido. El problema está en nosotros mismos.

En el Congreso, sede la Soberanía Nacional, los Presupuestos más restrictivos de la Historia apenas despiertan el interés de algunos diputados somnolientos. Los ministros se afanan en sus presentaciones en comisión ante una apretada representación de parlamentarios bostezantes. El Gobierno los saca adelante sin que se apruebe ni una sola de las más de 3.000 enmiendas presentadas desde los escaños de la oposición. "Estamos aquí para gobernar", dicen. Y gobiernan. Qué menos.

De escándalo en escándalo

Mientras miles de bachilleres y universitarios se afanan afrontar sus exámenes finales con mayor o menos fortuna, unos sindicatos de profesores con camiseta verde/estulticia organizan una serie de huelgas para recordar que ellos también fueron jóvenes y corrieron ante los grises en los setenta. Los rectores de las Universidades públicas le dedican un sonoro plantón al ministro del ramo que no se aviene a negociar unos aumentos en las tasas que ellos mismos habían reclamado hace dos años al gobierno del PSOE. Nos enteramos así de que esos personajes, grandes culpables de la endogamia universitaria y de la catástrofe de los campus, se pasean por España en despampanantes Audis y BMW cobrando dietas y gabelas a mansalva. AENA anuncia que 30 aeropuertos de los ¡47! que salpican la geografía nacional no sirven ni de adorno y que permanecerán cerrados cuando no tengan vuelos. Los nacionalistas identitarios, para proclamar su derecho a odiar al que es diferente, organizan una pitada futbolística a los símbolos del Estado, en un akelarre aldeano y zafio, mientras sus diputados hacen el fantoche vistiendo camisetas de sus clubes de fútbol a lomos de los leones del Congreso. El circo autonómico en acción.

Un rasgo positivo

Tan depauperados y encogidos están nuestros ánimos que ya ni nos alegra que Madrid supere el corte olímpico (remember el drama de los Juegos de Atenas, siete mil millones de déficit) y hasta algunos rezaban para que España no ganara el Festival de Eurovisión, símbolo, otrora, del poderío de una Nación, ya ven. Por si faltaba algo, los británicos vuelven a tocarnos el Peñón manteniendo violentamente a raya a nuestros pesqueros en Gibraltar. Y no nos adentremos en el proceloso panorama en que se ha transmutado el PSOE, aferrado a la tediosa y estéril cantinela del “de qué se trata, que me opongo”.

Sombrío panorama ante el que los empresarios del IBEX se han visto en la obligación de organizar un animoso acto de presencia conjunta para transmitir la idea de que 2013 será el año del final de la crisis y que se crearán 700.000 puestos de trabajo. Un gesto positivo en pro de nuestra credibilidad y nuestra solvencia, bienvenido sea, algo es algo. Pero de escaso brillo entre tantos nubarrones.

Eso sí, el Gobierno, ya digo, gobierna. Y saca adelante reformas, ajustes, recortes de toda índole sin conseguir siquiera un venturoso signo de victoria. Un viejo amigo del Presidente del Gobierno comentaba en la intimidad el desconcierto (no demasiado apesadumbrado) de Mariano Rajoy, ante la inhóspita reacción de Europa y los mercados después de tantos esfuerzos y sacrificios como se están llevando a cabo en tan breve periodo de tiempo. Esto no se lo esperaban los estrategas del Partido Popular. ¿Qué más tenemos que hacer?, se preguntan. Bien sencillo: hacer lo que se tiene que hacer. Hacerlo bien. Y hacerlo pronto.

Estamos en los momentos más duros de la crisis. En los que la desesperación se ha instalado en nuestras vidas y la angustia empieza a hacerse un hueco en nuestro paisaje cotidiano. Ya hemos visto. La crisis no es sólo económica. Es una crisis moral, ética, de valores. Que tiene que ver mucho más con el abatimiento interior que con las galopadas de la temible prima de riesgo. Y eso no se encarrila en dos años. Ni lo arregla el BCE. Ni la señora Merkel. Eso depende estricta y exclusivamente de nosotros mismos.


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