A contratiempo

Igualitarismo social, el rasante por lo bajo

El debate sobre la educación ha resultado caliente. Salvo un detalle. Nadie está hablando verdaderamente sobre educación, sino sobre algunos aspectos de la Ley Wert, que no es lo mismo. Sobre becas, la lengua, la asignatura de Religión... Esto es, sobre presupuestos (económicos e ideológicos).

Mejor había sido debatir en profundidad sobre aquello que reivindicaba Josep Pla. "Los hombres y las mujeres reciben en la escuela enseñanzas concretas. Se les enseña historia, gramática, aritmética, física, gimnasia y francés. Yo no sé porqué no han de recibir lecciones de idealismo, de cordialidad, de amor. Los programas escolares son muy poco prácticos porque estas asignaturas podrían añadirse sin que sufriera la moralidad general. Mientras el "Romeo y Julieta" no forme parte de los programas escolares, los hombres y las mujeres saldrán de las escuelas sabios pero vulgares". Ahora salen ignorantes y mediocres.

Wert, hombre ingenioso y cultivado, no ha pensado en el amor al pergeñar su reforma. Ni siquiera en el latín o en la filosofía, lo que es más reprochable. Sí ha incluído en su ley ciertos aspectos urgentes, como el respeto al profesor o las materias comunes obligatorias para toda España.

La plaga de los rectores

Pero los políticos y ese magma informe bautizado "comunidad educativa" (a saber, rectores obsecuentes de universidades prescindibles,  asociaciones politizadas de padres estrambóticos, estudiantes gandules y profesores con camiseta del Ché) la han armado gruesa con el asunto de las becas. No les preocupa la calidad de la enseñanza, sino la igualdad. O sea, el igualitarismo social, el rasante por lo bajo, esa falsaria democracia de la tumultuosa mediocridad.

Nos ha recordado el informe de la OCDE recién publicado que pese a los recortes en inversión educativa, del 21 al 15 por ciento, seguimos por encima de la media europea. También menciona que el ratio alumno/profesor, tan denunciado en las marchas de las camisetas verdes, se mantiene en estándares europeos. Asímismo recuerda que nuestros profesores cobran por encima de la media  y tienen un horario laboral más concentrado y cómodo que sus colegas occidentales.

Universidad popular

Pero a los agitadores del colectivismo académico les preocupan las becas. Y agitan cifras apocalípticas sobre decenas de miles de jóvenes que quedarán excluídos de la enseñanza superior por problemas económicos. La famosa nota del 6,5. "Una universidad sólo accesible para los ricos", denuncian esos analistas, catedráticos y comentaristas, con hijos en Estados Unidos o en las privadas españolas. En lugar de reividicar el esfuerzo jalean la pereza. Un Michavilla, catedrático de la Politécnica de Madrid, decía hace horas: "La cultura del esfuerzo nos lleva al pasado, cuando sólo estudiaban los ricos y los listos". Misma categoría, ricos y listos. Michavilla nos quiere pobres y burros.

El estrambote de este esperpento ha sido el previsto. Wert ha cedido en parte, ha dejado como estaba la nota requerida para el acceso gratuito a la universidad y ha mantenido su exigencia en las ayudas más gravosas como son las de desplazamiento. Gran error. La beca no es una subvención, para eso están otras instancias administrativas. La beca es una recompensa al mérito, a la entrega, a la dedicación, al afán de abandonar la molicie intelectual. La beca es una patada en la boca al tenebroso imperio de los birretes peronizados. "Subir las becas rompe la cohesión social", he escuchado a algún pollino en debate televisivo. Pronunciaba "cohesión" sin hache. De esos que quieren otorgar las becas mediante sorteo.

Estudiar más es fascista

Una oportunidad perdida. Un paso en la buena dirección nuevamente truncado. Exigir a los alumnos que estudien más seguirá siendo un planteamiento fascista o reaccionario. Wert lo ha intentado pero los barones regionales, esos intelectuales prodigiosos, temblequean ya ante la proximidad de la cita electoral.

Y aquí el famoso encuentro de Borges con un profesor español, símbolo quizás de lo que hablamos. "Él se titulaba dialectólogo. ¿Sabés que enseñaba? Quechua y guaraní (que, de paso, no son dialectos) Me dijo que iba a enseñar lunfardo. Yo le dije que el lunfardo no es un dialecto, es una broma. Ah -me contestó- si es una broma, no lo enseñamos".

No andan en nuestros campus discutiendo sobre el quechua, pero casi. Apenas se habla de la calidad de la enseñanza. O sea, de la España del futuro. Nos hemos abonado a la mediocridad del 5 raspado. Sigamos fracasando con alegría y entusiasmo.

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EL VARÓMETRO.- Ahora o nunca. Ministro Gallardón mueve intensamente sus piezas. ¿Volverá a estamparse? // Un Gobierno tiene problemas cuando el ministro de Hacienda es la estrella // Ministra Pastor no está muy feliz con la marcha de Renfe. Los españoles, tampoco. // "Ya, tal". Expresivo Rajoy esencial // hay más periodistas que han comido con Bárcenas de lo que se sospecha.


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