A contratiempo

Gobernar entre ruidos, tormentas y espasmos

Rajoy puede ser cualquier cosa menos cortoplacista. Al contrario que Zapatero, se maneja mal en el regate, en la jugada corta, en el efectismo banal. Sería un buen centrocampista, de pases largos y mirada alta, mucho más que un estilete en punta de remate. Y ese es su problema. En estos últimos días, sin duda los más agobiantes de su breve periodo de Gobierno, ha dado esa sensación, la de la improvisación, la de ir al remolque de los acontecimientos, la de repentizar medidas para salir del atolladero.

El lunes de Pascua los dirigentes del partido habían amanecido en disposición de difundir la buena nueva por toda España. Alcaldes, diputados provinciales, delegados del Gobierno habían organizado encuentros con estamentos sociales, empresariales y sindicales para desentrañar los aspectos más oscuros de los controvertidos Presupuestos Generales del Estado con el afán de reclamar comprensión y ayuda. Una mañana a fondo de catequesis. Pero, a media tarde, se cambiió el libreto. Moncloa evacua una nota de Prensa en la que se informa de ajustes en las sensibles parcelas de Educación y Sanidad por valor estimado en 10.000 millones de euros. ¿Qué ha pasado? ¿Alguien lo sabía, además de los ministros del ramo convocados en Moncloa a tal fin? ¿Es la antesala a la temida intervención?  La prima de riesgo y la cotización del IBEX dispararon todas las alarmas el Viernes Santo. Pero... ¿era para tanto? ¿Hay algo que no sabemos? No comment. Ni mú.

El político más previsible de Europa Occidental, el más ponderado, formal, serio y riguroso había incurrido, de pronto, en otra improvisación. Esta vez de más calado interno que el regateo de la rebaja de la previsión del déficit en Bruselas. Ese lunes de Pascua incluso algunos de sus fieles dieron en dudar sobre algunas líneas de la gestión del Gobierno.

Creer o no creer

La credibilidad es otra de las virtudes políticas de Mariano Rajoy frente al frívolo zigzagueo de Zapatero. Es un activo eficaz que cotiza en los mercados. Pero da la sensación de que algo ha empezado a quebrarse. Monti, el primer ministro italiano, no nos ha ayudado mucho. Ni Sarkozy y su accidentada campaña electoral. Ni siquiera Draghi, el factótum del BCE, pieza clave en este breve periodo de bonanza merced a esos imprescindibles manguerazos de liquidez. En una economía en situación límite como la española, cualquier pedrusco en el camino es un Everest. De ahí estos días de gestión por espasmos a los que se ha visto obligado el Gobierno de Rajoy, tan lejos de su característica previsibilidad. Los mercados, implacables, reclaman medidas drásticas y suficientes... y las quieren ya. Tenemos serios problemas con los ingresos (tan sólo le queda a Montoro el recurso del IVA y algunos impuestos especiales) y problemas con el gasto, donde entra en danza el descontrol de las cuentas autonómicas, un carajal que se pretende atajar con la Ley de Estabilidad Presupuestaria. Un Estado elefantiásico que manotea como un borracho sin ginebra después de años de juerga. "¿Nos creen o no nos creen?, comentaba en privado un miembro del equipo económico de De Guindos. De momento, Merkel sí nos cree. Eso es lo que importa".

El momento más difícil

En el peor de los momentos, entre tormentas financieras y turbulencias políticas, reapareció el mejor Rajoy. Fue ante su grey parlamentaria, en el Congreso, después de reprocharle a Rubalcaba su hipócrita oposición constructiva, que esa es otra, el papelón de un PSOE sin talla ni rumbo. El presidente del Gobierno, fiel a sus principios, transmitió las líneas de actuación para este presente farragoso ("el de los sacrificios sin frutos aparentes") basadas en su principal máxima: Tenemos un plan, un rumbo y un apoyo social. Todo lo demás, vino a decir, es "ruido". Hay que centrarse en lo importante y no distraerse con lo que dura 24 horas. Es decir, el cortoplacismo, la improvisación, la gestión urgente a golpe de titulares, las críticas (bienintencionadas o no) y las trompadas, vengan de donde vengan.

Toda una legislatura por delante, si la intervención lo permite, y mucha tarea por hacer. Reformas y más reformas. "Desescombrar los lastres" y acometer si titubeos las gigantescas tareas pendientes. Puede que haya aumentado estos días el batallón de los descreídos y, por supuesto, el de los escépticos. Pero no tanto como muchos pretenden demostrar. Eso es un disparate. En resumen. Rajoy tiene un plan y cuatro años. Y hay que olvidarse de los gritos, sí. Pero también de los espasmos.


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