A contratiempo

¿Feliz Año peor?

Con el cabo del año concluye la nefanda era Zapatero y dentro de unos días ya habrá formado Mariano Rajoy su primer gobierno. Son tiempos de imponerse tareas y de comprometerse a cumplirlas. Nunca lo hacemos. Ni dejamos de fumar, ni volvemos al gimnasio ni aprendemos inglés.

El nuevo presidente del Gobierno no puede apoltronarse en esa cómoda atonía mental que nos caracteriza. La sociedad española, los electores, le han concedido una mayoría absoluta y le ha encomendado una exigente labor, preñada de dificultades y de obstáculos. Nada menos que rescatar a España del negro agujero moral, político, social y económico en el que se encuentra. Rajoy tiene que tomar decisiones muy importantes en un tiempo récord. Nadie espera milagros pero sí, actividad y resultados. Es consciente de que tiene que sepultar cuanto antes siete años de ineficacias, errores, ocurrencias, disparates, mentiras y mucha soberbia. El periodo más oscuro, dañino y doloroso de nuestra tierna democracia.

Para empezar, ya, está forzado a adoptar una serie de decisiones urgentes, como qué se hace con el IVA, los salarios de los funcionarios, las pensiones...y hasta el recibo de la luz. Menudencias que van directas al bolsillo y al corazón de la gente. Un déficit de mas de treinta mil millones no se enjuga con voluntad y buenas palabras.

Otro capítulo es recuperar la credibilidad internacional, la serenidad de los mercados, la confianza del tándem letal Merkel/Sarkozy, el respaldo de Washington y lo que es más perentorio, el pulso de una sociedad átona, atónita, desmoralizada y descuajeringada. Tanto dentro como fuera, todo son dificultades. Solo un iluso como Zapatero pensaba que gobernar es un ameno pasatiempo. Tarde aprendió que hay mas hiel que miel en el empeño. Actuaba por intuición y descreía de la razón. Un botarate sin juicio ni criterio.

Rajoy es consciente de que llega a la Moncloa para sudar tinta china. Y cabe pensar que su Gobierno también. No nos libramos de un peligro evitándolo, sino haciéndole frente y pasando por él. Hasta quemarse, si fuera preciso.

Europa esta desmadejada. La famosa cumbre europea de la refundación diseñó un horizonte quizás necesario pero plagado de incertidumbres. Nadie sabe si esa chalupa de emergencia francoalemana navegará en la dirección adecuada y si llegará a buen puerto. Pero estamos embarcados en ella, no había alternativa. El euro es la única salida. Confiemos.

En el terreno interno, la pesadilla de los cinco millones de parados puede tornarse aún más cruel. Izquierda Unida, como bien escribió en este periódico Cristina de la Hoz, se prepara para echarse al monte. Ídem los sindicatos. Inestabilidad social en las calles. Veremos en los territorios. Los acercamientos del PP al PNV y a CiU, incómodos y de mala venta popular, no son imprescindibles pero sí necesarios. Rajoy algo sabe de Administración territorial y de consensos autonómicos.

Y Bildu, en el Congreso, en el templo de la soberanía popular, dispuestos a hacer marketing político de las exigencias de sus concubinos de ETA. Lo han querido evidenciar nada más poner el pie en el Congreso. Una Cámara con doce partidos, muchos de ellos liliputienses y con el único objetivo de despiezar España, pero, afortunadamente, con un partido en el Gobierno reforzado por una mayoría abrumadora. A lo que hay que añadir un PSOE desnortado y herido, sin líderes ni proyectos, al que cabe reclamarle altura política para encarar este dramático trance de nuestra historia.

Difícil confiar en ello. Una crisis es un cincuenta por ciento un desastre y otro cincuenta una oportunidad, decía la conocida máxima de Churchill. Mariano Rajoy, en estos larguísimos meses de campaña electoral ha tenido la valentía de confesarnos las cosas que no quiere. Ahora tendrá que transmitirnos las que quiere. Y ponerse inmediatamente a ello. Gobernar es preocuparse del progreso y el bienestar de la gente. Así de sencillo. Y así de enrevesado.

En diciembre de 1974, aún en dictadura, Cambio 16, semanario glorioso, ilustraba su portada con un título que se convirtió en lema: "Feliz Año Peor". ¿Estamos ahora mismo ante idéntica tesitura? Al menos se nos permitirá introducir en la frase unos interrogantes de esperanza. ¿Feliz Año Peor?. Ojalá la respuesta sea "no".


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