A contratiempo

Farsantes e impostores

Tom Castro de uno de los impostores más fascinantes de cuantos tenemos noticia. No porque su historia resultara excelsa sino porque su engaño pasó a integrar el colorido muestrario de personajes extraordinarios recogidos por Borges en su peculiar Historia Universal de la Infamia, su primer libro de relatos.

Tom Castro era un personajillo anodino, ordinario, "sin otra irregularidad que un pudoroso y largo temor que lo demoraba en las bocacalles, recelando del Este, del Oeste, del Sur y del Norte, del violento vehículo que daría fin a sus días".

Pero este Castro se convirtió en alguien singular al hacerse pasar por el hijo de lady Tichborne, desaparecido en un naufragio en el lejano Caribe. El impostor, "de sosegada idiotez, hubiera podido (y debido) morirse de hambre, pero su confusa jovialidad, su permanente sonrisa y su mansedumbre infinita le conciliaron el favor" de las gentes. En especial de lady Tichborne, quien lo acogió como el hijo perdido en las lejanas aguas tropicales, impulsada por el dolor de la imborrable ausencia. A la muerte de la señora, los familiares y herederos, menos sentimentales que la fallecida y sin duda mucho menos románticos, emprendieron decenas de pleitos contra el joven Castro hasta dar con sus huesos en la cárcel.

El impostor más afamado de nuestros días se llama Francisco Nicolás Gómez Iglesias y atiende por "el pequeño Nicolás". Todo un revuelo mediático sin más sustancia que un puñado de autoretratos con famosos (selfies), su presencia irregular en una recepción en Palacio y el saqueo de unas monedas del bolsillo de algún empresario necio y zangolotino. Circulan ahora andanzas extraordinarias protagonizadas por este muchacho a quien, con apenas 20 años, le adjudican ya una biografía digna de un personaje de Ian Fleming cuando ni siquiera alcanza el de un espabilado muchachuelo salido de la pluma Mark Twain.  Eso sí, hay una persona con vínculos en el Gobierno y en el PP que en estas horas lo está pasando muy mal.

La construcción de la patria

Pero dejemos a un lado al pequeño Nicolás y hablemos en serio. Nuestro país está rebosante de magníficos y enormes impostores como para tener que entretenernos con las peliculillas de sexo y espías ideadas en torno al inofensivo Nicolás.

El mayor caso de impostura nacional lo tenemos en el venerable y nada honorable Jordi Pujol, quien durante 23 años compaginó el liderazgo de Cataluña y la construcción de su patria con la evasión de impuestos y el escamoteo al Fisco. Pujol sí es un gran impostor, pero tan mezquino y pedestre que ha terminado por arruinar su biografía. Decía luchar por 'fer país', 'hacer una nación' y terminó estafando a Hacienda (como poco). Por sus obras los conoceréis y por vuestros hijos os delataréis. Su prole está resultando incluso más ansiosa y ávida de lujos y cuentas corrientes que su progenitor, el padre padrone de la banda, que se creyó el mesías del virolai y no era más que un impostor envuelto en la senyera..

Artur Mas no alcanza la altura política ni roza siquiera el nivel de indigencia moral de su 'padre político'. Pero, desde su insípida nimiedad intelectual, también es buen ejemplo de impostura. Más zafia y ramplona, sin duda, pero impostura al fin. Artur Mas, como Tom Castro, también se cambió el nombre. Durante años era Arturo, ejercía de concejal en el Ayuntamiento barcelonés, veraneaba con su novia en Galicia, hablaba en castellano y juzgaba el independentismo como algo exótico y hasta huraño. Una cruel jugada del avieso Maragall le hizo ver la luz. Y una Diada tumultuosa le empujó a la senda del delirio y al camino de la farsa. Sin mencionar ni una sola vez la palabra independencia en sus discursos, sin incorporar tal objetivo en el programa electoral de su formación, Artur Mas se ha encaramado a la proa de un bajel que se dirige, inconsciente y a la deriva, hacia un estruendoso naufragio.

La Cataluña oficial se desenvuelve entre la falsedad y la impostura. Entre el impudor y la patraña. Entre la pantomina y el drama. Un expresident, Pujol, que timaba al Fisco mientras decía construir una patria. Un president, Mas, que airea la independencia en la que nunca creyó y a la que jamás aspiró. Un líder de la oposición, Junqueras, que habla de unas elecciones anticipadas que jamás deseó. Un adelanto electoral que nadie quiere, un plebiscito que no existe, un referéndum sin censo ni junta electoral, unas urnas de cartón, unos mossos con zapatillas de esparto y una mascarada sideral. En suma, un espejo infinito de mentiras.


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